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Carlos Olivares Baró

Tinturas de Carlos García de la Nuez

LAS CLAVES

Carlos Olivares Baró
Carlos Olivares Baró 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Carlos Olivares Baró

Carlos García de la Nuez (Marianao, La Habana, Cuba, 1959): artista plástico egresado de la legendaria Academia de San Alejandro de La Habana, Cuba. Posgrado en el Instituto Superior de Arte de La Habana y maestría en Artes Visuales en el Massachusetts College of Art: Exposiciones individuales en Rusia, Alemania, Estados Unidos, Italia, Brasil, Francia, Costa Rica, México y Cuba, entre otras naciones.

Sus obra plástica ha sido adquirida por importantes museos y galerías del mundo: Museo Nacional de Bellas Artes (La Habana, Cuba), Housatonic Museum of Art (Connecticut, Estados Unidos), Museo de Arte Costarricense (San José, Costa Rica), Galería Artuel (París, Francia), Galería Domberger de Stuttgart(Alemania), Galería Nina Menocal (México, DF), La Siempre Habana(Ciudad de México), Centro Cultural Casa Lamm (Ciudad de México), Museo de Arte de Fort Lauderdale (Florida, Estados Unidos) o Universidad Iberoamericana (Ciudad de México ).

Me detengo en estos días otoñales, escoltado por la liviandad de la Covid-19 --al parecer en sigilosa retirada--, al álbum/catálogo Carlos García (Editorial Talento Arte Visual, 2008) conformado por más de 200 reproducciones de piezas pictóricas: códigos en diálogo con la irradiación: alborozados tintes que colindan con el azoro: contornos de zozobrante espejismo: noche transfigurada en soles de sombras. La pintura de García de la Nuez está suscrita en cartillas consonantes: reminiscencia flotando en circularidad animosa; ensueño danzando en sinuosidades del deseo. Huerto que pronuncia el atajo: vergel que adosa el árbol de la pausa: tregua en los preámbulos de la vendimia.

El gris se abre a la conjetura; el ambarino, a la sospechada llovizna; el nogal, al entrevelo de la ofrenda. Disimulado añil que dialoga con el asomo del carmín. La tapia recibe el manto: el muro se deja consolar por los abrojos del jardín que Carlos ha teñido con la escisión de su mirada perturbadora. “Las texturas son como las escamas de un pez que se burla del significado del sueño”, apunta el poeta Raúl Ortega Alfonso.

Hay empeño en cualquier barrunto que la luz define. Hay en toda travesía una perseverancia. Hay en toda conmiseración un afán de flujos que se bifurcan por los barrancos del obstinado rojo que, en las iconografías de Carlos, parece disolverse en cautelosa procesión: arco tortuoso que se refugia en la lubricidad del blanco.

“Las pasiones se incuban y hierven en su soledad. Encerrado en sus formas prepara sus explosiones o sus proezas, y todos sus pasados, sus goces, sus deseos, todos sus compromisos y sus influencias se convierten inconscientemente en materia dispuesta”, escribió la poeta cubana Elena Tamargo después de ver las cepas de las florestas preñadas en los corredores de este libro: muestrario de la trayectoria de un pintor que se apropia de la brizna superpuesta en el verde: soliloquio en los meridianos del ópalo. Una muchacha atraviesa la penumbra, las redecillas de su cabellera se columpian en la aridez festiva de una dársena que caligrafía el trazo de la orquídea dispuesta en los recodos.

“A mitad de camino entre un concreto muro de concreto y la idea que ese mísero panel encierra, pinta mi amigo Carlos Alberto García de la Nuez sus enormes y bien templadas telas.”: comentó el escritor Eliseo Alberto cuando vio las molduras gigantes que utiliza Carlos para plasmar sus tentaciones gráficas.

Allegro que guarda en la espuma del Adagio quimérico: densidades de unos sotos untados de clamores. “El jardín como insistencia para sembrar el desarraigo. El jardín como un vientre fecundado” (Raúl Ortega Alfonso). Pintor de profunda sabiduría, ha sostenido su oficio en una insistente intermitencia abstracta bordeada de inflamaciones espejeantes. Girasoles con airones que desafían los vientos australes y los soplos de la ventisca que nos anuda a la ventura impredecible admitida por la ausencia de Dios.

Cada trazo de Carlos es un mohín, embozo, ritual que acosa la posibilidad del límite a sabiendas de que el horizonte es una falacia: engaño del azogue: jácara de vestigios presurosos. Insistente confirmación de vida: pretexto para que la tinta se diluya en la pulsación del ansia. Sosiegos exaltados: el silencio se arremolina en la estancia. Rumores.

Sueño a una niña detenida frente a la cartulina de técnica mixta El plumaje de las flores: sus ojos se articulan con los encajes del marfil, las proporciones de la grana y los preludios del dorado. Se queda quieta varios minutos. La floresta la resguarda, la arropa. Sonríe en las sendas de las cuatro encrucijadas centrales del cuadro. Los pétalos del prado persisten en sus ojos. Camina ensimismada: la suculencia del boscaje la posee.

Carlos García asume los secretos de lo real absoluto que Piet Mondrian preconizaba: reflujos cavilosos que apelan a Theo van Doesburg, Wassily Kandinsky y Kazimir Malevich. Suerte de naturalismo/simbolismo/abstraccionismo de cubanizada semántica: yuxtaposiciones en ondulante geometría que pone a dialogar la lobreguez con la incandescencia. Persistencia discursiva que transita entre lo abstracto y lo representativo. Paisajes simbolistas que se balancean entre signos naturales muy vitales y una fantasía abstracta provocativa y tentadora.

Escucho a Maurice Ravel mientras las gradaciones de las hojarascas de este libro cabalgan por el hambre de mis párpados. Pulsaciones de Cuba pero sin palmeras ni folclorismo banal de maracas y frutas tropicales. Carlos es un creador de universalidad retadora. Espeso bosque de la plástica cubana contemporánea. Sigo escuchando el Concierto para Piano en sol, de Ravel. Sigo detenido en las brozas de este álbum/catálogo de áureas que presagian el sueño de una noche sostenida en la mirada mágica de un viajero porfiado.

Carlos García
Carlos García
  • Autor: Carlos García
  • Género: Álbum/ Catalogo de obra plástica
  • Editorial: Talento Arte Visual
Carlos García