Gabriel Morales Sod

De nuevo: Netanyahu vs. la democracia

VOCES DE LEVANTE Y OCCIDENTE

Gabriel Morales Sod *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Gabriel Morales Sod 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Gabriel Morales Sod

El escenario no podía ser más bizarro. Esta semana, Aharon Barak, antiguo presidente de la suprema corte israelí, vaca sagrada del sistema judicial y una de las figuras más odiadas en la derecha israelí por su activismo judicial, sorprendió a todos cuando decidió interceder por Benjamin Netanyahu, pidiendo al procurador general que llegue a un acuerdo para liberarlo de sus tres juicios por corrupción a cambio de dejar la política.

Queda aún poco claro por qué Barak decidió defender a Netanyahu, y sus declaraciones nos dejan con un sabor amargo, que parece indicar que el país esta gobernado por una antigua élite, que más allá de sus diferencias ideológicas, está ahí para protegerse a sí misma.

Un acuerdo de clemencia de este tipo significaría, sin lugar a dudas, un gran regalo para Netanyahu, quien está hundido en problemas legales que con mucha probabilidad terminarían llevándolo a la cárcel. Más allá de esto, para muchos, un acuerdo entre el fiscal y Netanyahu no sería sino la confirmación de que el sistema está podrido hasta el tuétano. La figura más divisiva de la sociedad israelí, un líder que no dudó ni un segundo en usar todos los recursos a su alcance, atacando las bases de la democracia israelí sólo para salvarse el pellejo, podría salir ileso de las investigaciones por corrupción más serias de la historia del país.

Después de cuatro elecciones en menos de dos años y una labor activista sin precedentes, hace tan sólo seis meses, la entonces oposición logró formar una extraña coalición de derechas e izquierdas con el objetivo de poner fin al gobierno de Benjamin Netanyahu. Desde que en 2015 comenzaran en paralelo cuatro investigaciones distintas en contra del entonces primer ministro, Netanyahu se lanzó en un ataque en contra de la policía, el procurador general, las cortes y los medios de comunicación para tratar de liberarse de las investigaciones. El entonces primer ministro no conoció límites. Sus seguidores acosaron a los procuradores del caso en sus propias casas, los ministros de su gobierno atacaron la legitimidad de las cortes y, en paralelo, Netanyahu ideó el plan perfecto para quedarse en el poder: una serie de reformas legislativas que le permitirían cambiar la ley para crear una figura legal que le daría inmunidad ante los procesos judiciales.

Sin embargo, ni siquiera la guerra sucia del entonces primer ministro contra sus rivales, ni el apoyo del expresidente Trump, le dieron a Netanyahu lo que deseaba. Desde su derrota, Netanyahu ha sido incapaz de retar seriamente al nuevo gobierno y se ha dedicado a tratar de mantener control sobre su propio partido, mientras sus juicios siguen su marcha. La posición de Netanyahu es débil. Es precisamente por esto la sorpresa de muchos ante el propuesto tratado de clemencia, que, en lugar de cárcel, obligaría a Netanyahu a hacer servicio comunitario y a retirarse de la política por siete años. Algunos argumentan que un acuerdo que saque a Netanyahu de la vida pública es preferible a una batalla legal de años que podría profundizar aún más la polarización de la sociedad israelí. Sin embargo, después de haber mentido sin cesar ¿por qué habríamos de creer en la palabra de Netanyahu?, ¿qué trucos tendrá bajo la manga para tratar de incumplir el acuerdo y hacerse de nuevo con el poder? Y aún más importante, ¿qué mensaje le dará a la sociedad israelí que el sistema termine perdonando a quién en los últimos seis años ha tratado de destruir las instituciones democráticas del país para mantenerse en el poder?