Guillermo Hurtado

El cuarto mandamiento

TEATRO DE SOMBRAS

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

Los códigos de moralidad de todos los pueblos han enfatizado la obligación de los hijos de honrar, respetar y escuchar a sus padres. Ese mandamiento no sólo vale para los hijos pequeños, sino para los que ya son adultos, es decir, para toda la vida.

En la sociedad contemporánea, la norma de honrar, respetar y escuchar a los padres se ha ido debilitando. Todavía se espera de un niño pequeño que siga esa regla, porque de otra manera la labor de cuidado y educación de los padres sería muy difícil, pero a partir de la adolescencia, la regla se relaja al punto de desvanecerse bajo ciertas circunstancias.

Hoy en día, se diría que no hay una obligación de un adolescente de honrar, respetar y escuchar a su padre o a su madre si éstos no son o no han sido un buen padre o una buena madre. En otras palabras, que la relación entre los hijos y los padres debe partir de un principio de reciprocidad. Si un padre es malo —y aquí podríamos dar una larguísima lista de los atributos de un mal padre— entonces sus hijos no están obligados a nada con él: no están obligados a amarlo, perdonarlo, respetarlo, escucharlo, cuidarlo, buscarlo. Es más, cuando se considera que alguien fue un mal padre —o madre, el género no importa en estos casos— y vemos que sus hijos lo siguen amando, perdonando, respetando, escuchando, cuidando y buscando, nos parece incorrecto, incluso injusto que así sea. Lo que se diría es que ese padre no se merece que sus hijos lo traten así, como si el trato de los hijos a los padres dependiera de una relación de equivalencia proporcional, como la existe en otro tipo de relaciones, por ejemplo, entre los amigos.

No cabe duda de que los padres pueden hacer mucho daño a sus hijos. A veces, ese daño resulta criminal —no hace falta que demos ejemplos crudos— y, muchas otras veces, traumático. Cada quien es, hasta cierto punto, víctima de sus padres. Incluso los padres más amorosos, responsables y mejor intencionados cometen errores en la crianza, proyectan sus emociones negativas en sus hijos, llegan a ser violentos de algunas maneras, incluso de las más sutiles. ¿Acaso esto justifica a los hijos a ignorar el cuarto mandamiento? Quienes defienden la moral tradicional responderían que no. El mandamiento no contempla excepciones: su formulación es simple y llana, como la de toda regla moral universal.

Se podría insistir en que es injusto honrar, respetar y escuchar a quien nos trató mal, a quien nos ha dañado, a quien nos abandonó o incluso abusó de nosotros. Lo que se respondería es que sí, que sí es injusto, pero hay mandamientos que van más allá de lo justo y de lo injusto, porque son normas supremas del corazón humano que se elevan por encima de las circunstancias.