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Guillermo Hurtado

Ensayo sobre la confusión

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
Por:
  • Guillermo Hurtado

La confusión es el mal de nuestro siglo. Reina la confusión cuando la verdad y la falsedad están mezcladas de manera indescifrable. En medio de la niebla, ya no se sabe en qué creer. Nada queda fuera del campo de batalla de las opiniones. El griterío produce fatiga, desinterés y de-

silusión. Si no hay manera de distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y la malo, entre lo justo y lo injusto, ¿qué sentido tiene tomar una posición? Y si se toma una posición, ¿qué se gana en buscar razones o evidencias para defenderla en el foro público? ¿Para qué discutir de manera civilizada si no hay claridad acerca de nada?

He dicho que la confusión es el mal de nuestro siglo. ¿Por qué? ¿Acaso la hay ahora más que antes? ¿Acaso es más nociva?

Hay ciertas condiciones materiales que favorecen la confusión de nuestros tiempos. Una de ellas es la ruidosa expansión de las redes de comunicación. Si antes eran pocos los individuos que participaban en cualquier discusión, incluso en las de índole pública, ahora son cientos, miles, millones de personas las que tienen oportunidad de opinar sobre cualquier asunto. Y no sólo tienen las condiciones de hacerlo por un rato, sino que pueden pasar horas, días, años enfrascadas dentro de la polémica. Pero el problema no se reduce a la cantidad de agentes o la disponibilidad de tiempo. Los medios de comunicación, como sabemos muy bien, carecen de filtros para separar las verdades de las falsedades: dejan pasar todo por igual. Por ello, aunque ahora quizá tengamos la oportunidad de conocer más verdades, también padecemos la condena segura de enfrentarnos a más falsedades.  

La confusión no sólo tiene causas tecnológicas, también hay una abundancia de sujetos y corporaciones que se encargan de sembrar mentiras en los medios de comunicación. A los seres humanos nos atrae el dulce aroma de las mentiras. Son como golosinas. Toda la publicidad —técnica avanzadísima que ha superado con mucho a la retórica antigua— nos tiende sus redes para que creamos las cosas más inverosímiles: que seremos más saludables o más bellos o más exitosos por consumir esto o aquello. La confusión universal en la que vivimos no es una casualidad, no es accidente, es un fenómeno deliberado, sembrado por quienes se benefician de ella. Hay quienes ganan dinero, muchísimo dinero, con la confusión padecida por la sociedad, pero no menos preocupante, es que también hay quienes ganan poder, muchísimo poder, gracias a esa confusión que ellos mismos alimentan subrepticiamente.

La democracia supone que los individuos se pueden poner de acuerdo y tomar decisiones colectivas. Para ello, es necesario que comprendan sus razones, que comprendan el fondo de sus afirmaciones. Todo esto requiere claridad en el diálogo. Pero cuando hay demasiada confusión, la democracia ya no es posible. No obstante, el ejercicio del poder no desaparece en esa situación. Lo que se pierde es la posibilidad real de que el pueblo pueda gobernarse a sí mismo.

Para que seamos libres de los poderes económicos y políticos que nos dominan es preciso que combatamos la confusión en la que estamos atrapados. Luchar por la claridad en la vida social es el primer paso para que podamos alcanzar la justicia y el bien común. Ahora más que nunca hemos de recordar aquello de que “la verdad os hará libres”.

La confusión es el peor artilugio de la mentira porque dentro de su denso humo no hay manera de distinguir lo que vale de lo que no vale. Para dispersar ese humo hay que abrir las ventanas de par en par. Ventilar nuestros aposentos. Mirarnos al espejo tal y como somos, sin afeites ni disfraces. Mirar a los demás a la luz del día, conocerlos en su realidad elemental, sin envidia ni desprecio. Pero sobre todo, lo que es preciso es deshacernos de los distractores que se han apoderado de nuestras mentes y nuestros corazones. Desprendernos de las fantasías y las quimeras que nos han alejado de las verdades más simples. Sólo así podremos ponernos de acuerdo acerca de cómo vivir juntos de manera armónica. Sólo así alcanzaremos el estado interior que nos permitirá vivir en paz con nosotros mismos.