Lunes 19.04.2021 - 07:12

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Guillermo Hurtado

¿Cómo hacer filosofía de la vejez?

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
GUILLERMO HURTADO
Por:
  • Guillermo Hurtado

La filosofía de la vejez es parte de un proyecto más extenso: la filosofía de la vida humana. Ni la primera se entiende sin la segunda, ni la segunda sin la primera. Surge entonces la pregunta de cómo definir la vejez. Es común dividir nuestra existencia en cuatro etapas: niñez, juventud, madurez y vejez. El paso de una a otra no es abrupto: es un proceso continuo en el que los cambios se van dando gradualmente. Es por ello, que una filosofía de la vejez debe estar ligada a una filosofía del envejecimiento.

El proceso de envejecimiento comienza, en la mayoría de los seres humanos, alrededor de los cincuenta años. La experiencia de este proceso afecta a las personas de diferentes maneras. Una filosofía del envejecimiento plantea numerosas preguntas que tienen que ver con los cambios que sufren las relaciones que se dan entre nuestra persona y nuestro cuerpo; y los ajustes que hacemos a las expectativas, los compromisos y las responsabilidades que se desprenden de nuestro proyecto de vida.

Se empieza a envejecer antes de ser un viejo, pero también se sigue envejeciendo una vez que uno ya es un anciano. Hay quienes distinguen entre una vejez temprana, la tercera edad, y una vejez tardía, la cuarta edad. La frontera entre ambas se traza, aproximadamente, a los ochenta años. Las diferencias entre estos dos periodos de la vida humana no pueden ser ignorados por una filosofía de la vejez.

Además de la distinción anterior, me parece que conviene plantear una filosofía de la senilidad como un conjunto de problemas diferente a los de la filosofía de la vejez. Hay ancianos de noventa años que poseen buena salud física y mental, y son autosuficientes. Pero hay ancianos, de cualquier edad, que no se bastan a sí mismos y padecen problemas de salud física y/o mental que requieren cuidados especializados. La filosofía de la senilidad supone una serie de problemáticas morales y sociales que involucran otros elementos: la responsabilidad de los parientes, el funcionamiento de las instituciones de salud, las acciones gubernamentales.

En cada uno de estos casos, una filosofía de la vejez debe tomar en cuenta las diferencias de cultura, de género y de clase social. Aunque hay interrogantes filosóficas que conciernen a todos los ancianos por igual, hay muchas otras que deben especificar los parámetros anteriores.

¿Quién hace la filosofía de la vejez? Conviene comparar este caso con el de la filosofía de la niñez. La filosofía de la niñez no la hacen los niños, la hacen los adultos. Si bien se reconoce que hay niños artistas, matemáticos y músicos, aún no se acepta que haya niños filósofos. De manera análoga, se podría observar que la filosofía de la vejez normalmente la hacen los adultos o, por lo menos, los ancianos de la tercera edad, no los de la cuarta y, mucho menos, los seniles. En respuesta, habría que insistir que los ancianos deben ser los sujetos de su propia filosofía. Ellos deberían tener la voz cantante, así como las mujeres la tienen en el feminismo o los grupos subalternos en la filosofía descolonizadora.

Un problema para dar a los ancianos una voz en la filosofía académica es que las instituciones de educación superior, en donde normalmente se practica esa filosofía, tienen políticas, cada vez más estrictas, de jubilación obligatoria. Los espacios de la filosofía académica se le cierran a los filósofos de la tercera y, no digamos ya, de la cuarta edad. Éste es uno de los problemas que debe abordar una filosofía de y para los ancianos.

Insistir en que sean los viejos quienes determinen la agenda de la filosofía de la vejez no significa que dicha filosofía esté desvinculada de otras semejantes. Una filosofía de la vejez debe ser interseccional. Me parece que la relación con el feminismo es particularmente importante. Los ancianos no sólo tienen mucho que aprender de la lucha política de las mujeres, sino también de la filosofía teórica que se ha construido alrededor de ese movimiento. Entre los ancianos y las mujeres se ha tejido una red muy estrecha. No olvidemos que las mujeres no sólo son quienes, por lo general, cuidan a los niños, sino también a los ancianos.