Guillermo Hurtado

Guerra y conflicto

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Guillermo Hurtado 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

La distinción entre guerra y conflicto es muy simple, pero a veces se olvida en las discusiones sobre los temas de actualidad. Una guerra es un tipo de conflicto, pero no todo conflicto toma la forma de una guerra.

Digamos que una guerra es un conflicto armado. En algunos casos, el objetivo de la guerra es destruir por completo al enemigo; en otros casos, es someterlo; y, en otros casos, simplemente debilitarlo.

Acabar con una guerra es difícil, pero acabar con un conflicto es todavía más difícil. El final de una guerra rara vez equivale al final de un conflicto. A menos de que se borre de la faz de la Tierra al enemigo, siempre que el derrotado siga en pie, existe el riesgo de que el conflicto permanezca, es más, que se ahonde con el paso de los años e incluso de las generaciones. Una guerra puede acabar en minutos, pero los conflictos pueden perdurar durante siglos, incluso milenios.

Uno de los mayores ideales de la humanidad ha sido el de acabar por siempre con las guerras. Podemos imaginar un mundo en el que ya no haya ejércitos ni armas de destrucción masiva. Un mundo organizado para la paz perpetua. Lo que ya no resulta tan sencillo es imaginar un mundo sin conflictos.

Un pacifista podría responder que, con tal de que no haya guerras, los conflictos le vienen sin cuidado. Es más, hay quienes consideran que el conflicto es inevitable. El verdadero problema de la humanidad no es el conflicto, se diría, sino la guerra, es decir, el intento de resolver el conflicto por medio de las armas, de la destrucción, de la muerte.

Este tipo de pacifismo me parece miope porque se queda en la superficie de las cosas y no atiende las causas. Una es la paz entendida como la ausencia de la guerra y otra es la paz entendida como la ausencia de conflicto. A la segunda se le conoce, a veces, como concordia.

A mí me parece que el ideal más ambicioso, más hermoso de la humanidad no es la paz sino la concordia. La paz se puede imponer de manera externa, pero la concordia requiere de la transformación interior de los seres humanos: quien le hace un mal a otro debe reconocerlo, dejar de hacerlo, arrepentirse y enmendar su daño; quien ha padecido ese mal debe perdonar a quien lo afectó, debe aceptar la reparación y debe aceptar la reconciliación posterior. Sabemos que todo esto es posible porque lo hemos atestiguado en un nivel personal. Aunque no sea común, acontece en la vida diaria. ¿Por qué no habríamos, entonces, de suponer que lo mismo puede suceder entre comunidades, pueblos y naciones? Hay que rezar por la paz mundial, por supuesto, pero no hay que dejar de rezar por la concordia universal.