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Guillermo Hurtado

Páradais

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo HurtadoLa Razón de México
Por:
  • Guillermo Hurtado

Después del éxito de Temporada de huracanes, la expectativa que se creó en torno a la aparición de la siguiente novela de Fernanda Melchor desbordó los límites habituales de las novedades editoriales. Pues bien, Páradais cumple con todo lo que se esperaba de ella.

No hay en el universo literario de Melchor lugar para el sentimentalismo, las explicaciones reduccionistas, las justificaciones. Eso no significa que la descripción de los personajes y las situaciones sean unilaterales. En Páradais se cruzan los planos de la injusticia social, la explotación económica, la discriminación racial, la falta de opciones para la juventud, la plaga del narcotráfico, la impunidad de la delincuencia, pero ninguno de ellos acapara la novela. Páradais es más que todos esos planos juntos. Es una novela sobre la génesis del mal. Sobre la misteriosa y, al mismo tiempo, desesperadamente trivial, génesis de la maldad, de la más nimia a la más terrorífica. Dos adolescentes con problemas entran en una espiral que los llevan a cometer un crimen espantoso. Desde el principio de la novela sabemos lo que va a suceder y, sin embargo, no es el desenlace lo que ocupa el centro de la narración, sino lo que sucede dentro de los protagonistas que los lleva a cometer un acto de locura criminal. ¿Son víctimas de sus circunstancias? ¿Merecen el perdón? No hay respuesta a estas preguntas, ni siquiera hay un atisbo de respuesta. O dicho de otra manera: no hay en el universo literario de Melchor vestigio alguno de moralización. El mal brota por todos lados porque en ese mundo selvático no hay rastro alguno del bien. El mal reina a sus anchas.

Sobran a montones novelas con temas de sangre, violencia y crímenes. Lo que distingue a Páradais es el contraste impresionante entre el despliegue de todos esos sucesos horribles y la calidad literaria de la prosa de la autora. Hay momentos en que dan ganas de soltar el libro. El nivel de sordidez resulta insoportable. No hay respiro o apenas lo hay en algunas descripciones muy hermosas, muy bien escritas, de la naturaleza de la costa veracruzana. Pero, entonces, ¿por qué no deja uno de leerlo? No me parece que sea por morbo. Hay algo casi magnético en la prosa de Melchor que nos encadena a la lectura, a pesar de que nos resulte repugnante. Me atrevería a decir que lo que nos ata es el encuentro con el mal más puro, más destilado, más crudo. El efecto me resulta semejante al de una visita a la sala de las pinturas negras de Goya en el Museo del Prado. Lo que encontramos ahí es la representación de la locura y la brutalidad humanas de la mano de uno de los pintores más talentosos de la historia. Son obras de arte, del arte más alto, que se ocupan de las obras de maldad, de la maldad más primaria, de la humanidad. Algo parecido es lo que nos provoca la lectura de la literatura de Melchor: una mezcla de admiración y rechazo.

Páradais es literatura de la más alta intensidad. No podemos escatimar sus virtudes. Sin embargo, me parece que debemos tener cuidado de no quedarnos atrapados dentro de su escenario de tinieblas. Hablo ahora como un filósofo, no como un crítico. Al acabar de leer el libro, dejamos su mundo de ficción y volvemos al mundo real. En este mundo real —o real a medias, si se quiere, porque siempre está entreverado de ficciones— el mal no es como lo pinta Melchor. Su literatura, aunque no sea reduccionista, como ya dije antes, no deja ser simplificadora o, dicho de otro modo, monocromática. Como si tuviera un telescopio o un microscopio metafísico, Melchor se enfoca en el núcleo del mal y eso hace que su literatura sea tan impactante. Pero en el mundo real, el mal nunca logra invadir todo nuestro entorno, como sucede con aquellas plantas selváticas que cubren las casas abandonadas en el litoral. No se puede retratar de manera fidedigna la experiencia de la vida humana sin dar cuenta del bien que, aunque no siempre lleve las de ganar, nunca deja de estar presente.

El mundo de Melchor, por poderoso que sea, no deja de ser un mundo de fantasía.