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Guillermo Hurtado

Sin zapatos

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

Todos los pisos de la casa de mi infancia estaban alfombrados. A pesar de ello, mi madre nos prohibía a mi hermana y a mí que anduviéramos descalzos. No era saludable, decía ella, que se enfriaran los pies; además, se veía feo.

En los años sesenta del siglo anterior, todavía caminaban por las calles de la Ciudad de México muchas personas descalzas, que recién habían llegado del campo para buscar mejores condiciones de vida. A mí me conmovía ese espectáculo de pobreza extrema. ¿Cómo era posible que ni siquiera usaran chanclas? ¿Cómo no se cortaban las palmas de los pies? ¿No se les quemaban con el calor o se les congelaban con el frío?

Mi madre me explicó que se les formaban extensas callosidades. ¿Qué eran las callosidades? No entendí la explicación. Tuve que observarlas, años después, para saber de lo que se trataba. La experiencia me impactó. Mi cuerpo era distinto del de las personas que no habían tenido los privilegios que yo había disfrutado desde la cuna. La diferencia de clase se manifestaba en una diferencia física.

No conozco las estadísticas, pero es evidente que hoy en día el número de mexicanos que no usan calzado es muy reducido. El precio de los zapatos ha bajado. No sólo se hallan en el mercado los que se producen en León y otros sitios del país, sino los que se importan desde China, que son incluso más baratos que los huaraches. Los hogares mexicanos adquieren, en promedio, cinco pares de zapatos al año.

Cuento esto porque leí en una revista extranjera que en los países ricos ahora se defienden las ventajas de caminar descalzo. Se argumenta que el calzado deforma los pies, que les resta sensibilidad, que afecta nuestro esqueleto y que, a fin de cuentas, las callosidades son buenas porque son naturales. El artículo que leí recuerda lo obvio: durante millones de años los seres humanos viajamos descalzos por el mundo entero y no nos pasó nada. Desde ese punto de vista, los zapatos son uno más de los males de la civilización. La moda, entre algunas celebridades, es caminar descalzos por las calles de los barrios más elegantes del planeta.

Mi madre, que pertenece a otra época, me comenta que no entiende por qué los nietos de algunas de sus amigas, van descalzos por todos lados. ¿Acaso sus papás no los cuidan? ¿No les preocupa que sus hijos se corten los pies? ¿O que pesquen un resfriado? Le explico a mi madre que el mundo ha cambiado, que ahora se permite que los niños anden descalzos para fortalecer su salud. Le recuerdo, además, que esos niños viven en entornos acomodados. Y no dejo de pensar que los cuerpos de esos niños ricos serán distintos del mío. Quizá en un futuro, las callosidades en sus pies serán un símbolo de su privilegio de clase.