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Julio Trujillo

La rebeldía de Henri Bergson

ENTREPARÉNTESIS

Julio Trujillo
Julio TrujilloLa Razón de México
Por:
  • Julio Trujillo

Durante la ocupación nazi de París, los soldados alemanes dispensaron a un viejo filósofo, que había ganado el Premio Nobel de Literatura en 1927, de irse a registrar en el padrón de los judíos. Estaba enfermo, sus ideas parecían haber caducado y ni siquiera el enemigo le concedió su crueldad. No obstante, el filósofo ignoró la exención y salió a las gélidas calles, en bata y pantuflas y del brazo de un pariente, a registrarse. Ese minúsculo heroísmo, esa personalísima y muda resistencia, le provocó una congestión pulmonar que acabaría con su vida hace exactamente ochenta años, un 4 de enero de 1941. Ése fue el último acto de rebeldía de Henri Bergson.

Una elegante, fina rebeldía caracteriza al pensamiento de Bergson, cuya educada y suave prosa nos hace olvidar exactamente eso, que se trata de una constante resistencia. Y eligió némesis formidables: el positivismo, el determinismo, la ciencia mecanizada y la costumbre. Podríamos decir que Bergson se opuso, quijotescamente, a los relojes, que no son más que una herramienta con la que creemos medir el tiempo porque lo proyectamos en el espacio, como hizo Zenón de Elea, cuyas divisiones y subdivisiones lo llevaron a negar el movimiento. Para Bergson, traicionamos al tiempo haciéndolo coincidir con nuestros instrumentos de medición, igualando (ay) todos los instantes, como si fueran soldaditos desfilando mecánicamente… ¡No! La conciencia, y no un reloj, percibe al tiempo como un cambio perpetuo, como rememoración del pasado y anticipación del futuro, y ese enlace se llama, para él, duración. Somos duración, nuestros estados de conciencia no se suceden de forma lineal y homogénea sino diversos, diferenciados, influyendo y penetrando unos en otros. El tiempo real es el tiempo interior, que se brinca la cuadrícula y se percibe cualitativamente, no cuantitativamente, de tal forma que hay horas más largas que otras, como las horas de la espera… ¿De qué sirve parcelar la vida para estudiarla? Mejor será profundizar en la vivencia, entregarse a la experiencia y no a la instrucción. La vida, para ese poeta, no era una simple materia organizada por leyes, un continuo espacio-tiempo, sino un dinamismo interno que sólo se revela en la intuición, que es el instinto iluminado por la inteligencia.

Bergson creía en la intuición como un camino hacia la libertad, hacia la comprensión del ser como totalidad viviente y en cambio permanente: en eso consistió su cruzada. La libertad, para él, es vivir conforme al tiempo de la durée (que no es cuantificable), oponiéndonos al determinismo y la costumbre. Cuando nuestros actos son costumbres adquiridas, procedemos mecánicamente y cancelamos nuestra libertad: cuanto más profundicemos en la duración, más libres seremos. No hay dos acontecimientos idénticos, cada instante tiene un significado distinto y distintivo, y el tiempo es duración, vida irreversible que se renueva constantemente. “Existir consiste en crearse indefinidamente”, escribió, y ésa parece ser la mejor definición de su famoso élan vital, fuerza que nos impulsa a realizarnos.

Tamaña rebeldía también puede hacerse en bata y pantuflas. Sólo tenemos que ahondar en el momento presente y atrevernos a pensar.