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Rafael Rojas

El último golpe soviético

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

Mikhail-Gorbachev-1991
Mikhail Gorbachev, expresidente de la Unión Soviética, en una foto de archivo. 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Foto: Especial
Por:
  • Rafael Rojas

Los días finales de la URSS, tan bien narrados por Héléne Carrere, Moshe Lewin y Serhii Plokhy, ofrecen lecciones que no todos están dispuestos a asimilar. Una de ellas es que el golpe de Estado, en el siglo XX, no fue una práctica exclusiva de las derechas anticomunistas. Otra es que la historia de América Latina era algo más conocido de lo que se cree en la alta jerarquía soviética.

El 18 de agosto de 1991, Mijaíl Gorbachov, que se encontraba con su esposa Raísa, su hija Irina y sus nietas, veraneando en Foros, Crimea, fue incomunicado. El presidente soviético tenía pensado regresar a Moscú el 19, para firmar un nuevo tratado de unión entre las repúblicas soviéticas. La perestroika y la glasnost, impulsadas por el mandatario, generaban fuertes rebrotes nacionalistas y abiertos secesionismos, por lo que Gorbachov intentaba dotar de mayor autonomía a las repúblicas socialistas.

En Moscú se había improvisado un Comité de Emergencia que encabezaban el Vicepresidente Guennadi Yanáyev, el Primer Ministro Valentín Pavlov, el jefe del KGB Vladimir Kryuchkov y el del ejército Dmitri Yázov. Una delegación de este grupo voló a Crimea y presentó a Gorbachov la oferta de que renunciase por motivos de salud —el presidente se recuperaba de fuertes dolores en la región lumbar—, que decretara el estado de excepción y cediera el mando al vicepresidente Yanáyev.

Gorbachov se negó y propuso que se convocara de manera urgente una reunión del Soviet Supremo y el Congreso de los Diputados para volver a debatir, si era el caso, la propuesta de nuevo tratado de la unión. De no seguir ese rumbo, la facción inconforme adoptaría plenamente la vía “extraconstitucional” por medio de un golpe de Estado. Al no lograr la firma de Gorbachov, los complotados decidieron seguir por su cuenta.

De vuelta a Moscú convocaron a una rueda de prensa, en la que aseguraron que el presidente no podía gobernar por enfermedad e “incompetencia”. Dijeron también que la perestroika había llegado a un “callejón sin salida”, que el país era un caos ingobernable y que el líder había perdido la confianza del pueblo y de las naciones que conformaban la URSS. Durante el tiempo que medió entre el cautiverio de Gorbachov y la conferencia de prensa de los golpistas, la televisión suspendió los noticieros y trasmitió una y otra vez El lago de los cisnes.

En cinco años, la glasnost había hecho su obra y la joven periodista Tatiana Malkina logró acceder a la rueda de prensa. Con voz firme preguntó si lo que estaba pasando era un golpe de Estado, si era comparable a lo que sucedió en 1917, cuando las revoluciones de febrero y octubre, o en 1964, cuando un grupo muy parecido depuso a Nikita Jrushchov. Con ironía, alguien más preguntó si los funcionarios al mando habían conversado recientemente con Augusto Pinochet.

La suerte del golpe se decidió en las calles de Moscú. Boris Yeltsin, presidente de la república rusa, que había renunciado al Partido Comunista soviético el año anterior, desconoció a los golpistas. Se acuarteló en el congreso regional de Moscú, llamó a los militares disidentes a rechazar el golpe, se encaramó en un tanque, apostado frente a la sede legislativa, y arengó al pueblo.

Luego de algunos enfrentamientos entre militares golpistas y fuerzas leales a Yeltsin, el Comité de Emergencia retiró los tanques de Moscú. Yeltsin envió a su vicepresidente Aleksandr Rutskói a Crimea en un avión, con el fin de trasladar a Gorbachov al Kremlin. Gorbachov y su familia llegaron a Moscú el 22 de agosto en la mañana. El golpe había fracasado en tres días.

El liderazgo de Yeltsin en la resistencia moscovita aceleró las reformas y el secesionismo, que Gorbachov intentaba contener. Las corrientes comunistas latinoamericanas, encabezadas por Fidel Castro en Cuba, simpatizaron con el golpe. Historiadores y biógrafos todavía discuten cuál fue el papel de Vladimir Putin, coronel del KGB, en aquellos días infames.