Rafael Rojas

Bonifaz Nuño y el clasicismo americano

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

Rubén Bonifaz Nuño
Rubén Bonifaz NuñoFoto: El Colegio Nacional (México)
Por:
  • Rafael Rojas

Este fue el año del centenario del poeta veracruzano Rubén Bonifaz Nuño. La editorial El Equilibrista, en coedición con varias instituciones, reunió sus poemas y ensayos más representativos. En prólogo al volumen, que lleva por título Rubén por nosotros (2023), Vicente Quirarte dice algo que no por conocido merece ser pensado a fondo: la obra poética y ensayística de Bonifaz Nuño está signada por un clasicismo que se nutrió de su trabajo como traductor de griegos y latinos.

Se dice fácil, pero aquel poeta, hijo de telegrafista, nacido en la misma casa donde Agustín de Iturbide y Juan O’Donojú firmaron los Tratados de Córdoba, en 1821, tradujo al castellano escrito y hablado en México a Homero, Virgilio, César, Eurípides, Cicerón, Catulo, Propercio, Ovidio, Lucano y Píndaro. De algunos de ellos, como los poetas latinos Catulo y Propercio, dejó escritas páginas reveladoras que se reúnen en este libro.

Catulo encarna, para su traductor mexicano, el sufrimiento juvenil: la pasión y el odio por la amada o el amigo, el dolor por la muerte del hermano, la rabia y la impotencia frente a los desmanes de la república romana. Ese Catulo rabioso, según Bonifaz, era la “iluminación de una ponzoña”, que afirmaba una fuerte personalidad en la literatura latina. Casi como subversión del orden virtuoso de la república, Catulo sacaba a la luz los vicios de los romanos.

Propercio, en cambio, era el poeta lírico y elegiaco por excelencia, entregado al testimonio del amor por Cintia. No encuentra en él las típicas fluctuaciones pasionales de Catulo sino el sentimiento amoroso como batalla contra la muerte. A la vez, hay en Propercio una tendencia a la humillación, al conformismo con la imperfección de la amada, muy distante de aquella rebeldía de Catulo.

Atento a las traducciones de la poesía nahua de Miguel León-Portilla y Ángel María Garibay, Bonifaz intentó hacer lecturas paralelas del clasicismo mexicano y el greco-latino. Sus discursos de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en 1963 y a El Colegio Nacional en 1972 contienen pasajes que se internan en esa ruta. Pero más que una helenización de mexicas y mayas, lo que Bonifaz proponía era una revelación de las confluencias entre aquellas antigüedades.

En el primero de los discursos anotaba que mientras Homero decía “ni la piedad dará demora, a la instante senectud y a la indomada muerte”, en uno de los Cantares mexicanos, un poeta de este lado advertía: “no para siempre estamos en la tierra; sólo un poco aquí”. En el Códice matritense y en Los romances de los señores de la Nueva España encontraba, no ecos sino atisbos similares a los de las Odas de Horacio, las Geórgicas de Virgilio y las Elegías de Propercio.

En el segundo discurso, el de El Colegio Nacional, titulado “La fundación de la ciudad”, se aventuraba en una interpretación comparada de la Eneida de Virgilio y el Chilam Balam de Chumayel. En ambos se narraban guerras y éxodos, dioses actuantes y héroes melancólicos, juegos fúnebres y ciudades incendiadas. Las fundaciones de Roma y Chichén adquieren en los textos antiguos una representación equivalente.

Lo más sorprendente, sin embargo, del clasicismo de Bonifaz Nuño, es que no deja de ser profundamente americano. Existe en la crítica literaria latinoamericana una desproporcionada tendencia a asociar la identidad regional con el barroco. Pero en este escritor mexicano, como antes en Alfonso Reyes o el uruguayo José Enrique Rodó, helenismo, latinismo y americanismo van de la mano.

Para el poeta veracruzano, la fundación misma de una cultura es un descubrimiento: “la ciudad existe por siempre; existió, existe y existirá en la eternidad”. Más que una génesis, su fundación es un develamiento. De ahí que el nacimiento de Roma o el de Chichén produzcan “una coincidencia, en un instante dado, entre el plano del tiempo y el de la eternidad, entre la labor del hombre y el trabajo universal”.