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Valeria López Vela

Discutir con insensatos

ACORDES INTERNACIONALES

Valeria López Vela
Valeria López Vela 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Valeria López Vela

La pregunta central que Aristóteles busca responder en la Ética a Nicómaco es la siguiente: ¿cuáles son las decisiones que debo tomar y cuáles las que debo evitar si quiero ser feliz? A partir, de esta pregunta desarrolla su teoría de la virtud que, en libro de la Política, trasladará a los términos de la convivencia social.

Así, la pregunta clave de la Política sería ¿qué cualidades debe tener una sociedad, sus leyes, sus gobernantes y los ciudadanos para que todos puedan ser —en mayor medida— virtuosos y felices?

Antes de iniciar la exposición, el príncipe de los filósofos plantea un par de precondiciones al diálogo. Primero, la sincera búsqueda por utilizar argumentos verdaderos y evitar las falsedades —ambigüedades, medias verdades, planteamientos falaces—; segundo, buscar tanto el beneficio de la ciudad y del ciudadano. En otros términos, Aristóteles pide que los argumentos se hagan con buena razón y con buena intención.

Por ello, señala que no ofrece ninguna ventaja ni aportación al diálogo discutir con las personas que están privadas del cabal uso de la razón; con niños, pues carecen de experiencia y conocimientos necesarios y, finalmente, excluye a los insensatos que son adultos carentes de razón, experiencia y conocimientos.

Dice Aristóteles que: Pues nadie podría llamar feliz al que no participa en absoluto de la fortaleza, ni de la templanza, ni de la justicia, ni de la prudencia, sino que teme a las moscas que vuelan junto a él, y no se abstiene de las peores acciones, si le acucia el deseo de comer o de beber, sino que sacrifica por un cuarto a sus más queridos amigos, y semejantemente también, en lo que concierne a las cualidades de la mente, es tan insensato y falso como un niño o un loco.

Y, lamento decirlo con tanta claridad, los antivacunas o están privados de la capacidad mental, como menores de edad intelectual, o son egoístas insensatos. Por ello, creo que el presidente Macron ha acertado al pedir un certificado sanitario para poder asistir a los eventos masivos y señalar sin ninguna vergüenza: “Esta vez, los antivacunas son los que se quedan en casa, no nosotros”.

Como era de esperarse, los niñetes acudieron a las prerrogativas de su ciudadanía y tildaron al presidente de “dictador sanitario” pues, a falta de argumentos y de razones, lo único que queda son las descalificaciones.

Aunque, algo muy dentro de mí, me dice que la molestia no tiene que ver con la vacuna sino con la responsabilidad. Macron ha respetado su derecho a no vacunarse —por estúpido que sea— pero los antivacunas —respaldados por la radical Le Penn— abrazan el capricho y repelen la responsabilidad. Y, en una democracia de adultos, esto no es posible.

No creo que Macron haya ido demasiado lejos; yo habría dado un paso más: si alguien que rechazó la vacuna, contagiara a otra persona vacunada deberá asumir los gastos médicos correspondientes.

Pero, ni Macron ni yo llegamos al absurdo: ninguno negaría los servicios de salud a un enfermo. ¡Ni que fuéramos niñetes irresponsables!