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Valeria Villa

Empezar de nuevo

LA VIDA DE LAS EMOCIONES

Valeria Villa
Valeria Villa
Por:
  • Valeria Villa

Ahora mismo, en el instante en que leas estas palabras, porque es posible que en medio del caos, haya una sola cosa clara: que la salud y la vida es frágil, aunque en algunos lugares geográficos y económicos lo sea más que en otros. Quizá podrías hacerle frente a la lista de todo lo que no pudo ser, de las cosas que perdiste, de la desaparición de lo conocido, para afrontar el cambio irremediable del mundo en el que vivías. Ese en el que despertabas antes de las siete de la mañana, te tomabas un café y te ibas a nadar. Empezabas a entrenar a las ocho, medio dormida y si era lunes, un poco malhumorada. Una hora más tarde salías sonriente después de recorrer dos mil metros. Te sentías fuerte y no sabías que la vida era más vivible. Hoy ese recuerdo te hace llorar. También pensar en los domingos de almuerzo con algunas de las mujeres de tu familia. Juntarse un par de horas en domingo, abrazar y besar a tu madre, reírte y hacerla reír. Pensar en eso también duele. Los largos paseos del fin de semana con tu perro, que no se enteró de la pandemia y que fue tu sol y tu aire durante muchos meses, sacándote del claustro doméstico varias horas por semana. Lo sabías pero lo sentiste en todo el cuerpo cuando se acabaron los paseos. Desde entonces no has dejado de llorar todos los días. El hilo conductor del amor se rompió.

Y que nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo, escribió Cortázar. Se lee tan bonito pero es tan difícil de sentir y de encontrar la fuerza para pensar en lo que sigue, en lo que se encontrará más adelante. Está bien aceptar que cuesta trabajo, lágrimas, semanas, noches de insomnio, fines de semana de melancolía, mientras se camina hacia eso que puede aparecer mientras se está perdida. En su libro Una guía sobre el arte de perderse, Rebeca Solnit (Buenos Aires 2020, Ed. Fiordo) aborda la importancia de aprender a relacionarse con lo imprevisto, de aceptar la sorpresa, de colaborar con el azar, de aceptar que hay misterios esenciales que jamás serán resueltos. Dice también que nuestros cálculos, planes y control, tienen un límite. Afirma que acariciar el borde de lo desconocido sirve para tener sentidos más agudos y angustiarse menos frente a las pérdidas, pero sobre todo, frente a la pérdida de una misma, con rutinas, horarios, certezas, amores, compañías, espacios de diversión, libertad de tránsito, estado aceptable de salud física, emociones más o menos reconocidas y con suerte, más o menos gestionadas.

Da miedo perderse, pero no perderse nunca se parece a no vivir, a rechazar la oportunidad de descubrir que hay del otro lado de la desesperación, de la tristeza y de la pérdida del deseo. Da menos miedo perderse en este contexto de pandemia global. La salud y la vida recuperaron su importancia y la palabra tragedia recobró dimensión. Estar vivo el día de hoy es mucho más valioso de lo que habíamos sentido nunca. Tal vez todas esas cosas que nos hacen llorar son menos tristes si pensamos en todos los que dejaron de existir sin siquiera un funeral. Hoy habrá que empezar de nuevo, con un solo plan inmediato y urgente: Quedarse en casa y renunciar a nuestros espacios habituales de alegría, celebración y descanso.

(Esta columna volverá a publicarse el viernes 15 de enero de 2021)