El lenguaje de la izquierda mexicana

El lenguaje de la izquierda mexicana
Por:

Si asumimos que Andrés Manuel López Obrador es el líder de la izquierda mexicana real, el actual manejo de la crisis con la administración Trump plantea preguntas ineludibles. La izquierda mexicana, tanto en la tradición cardenista como en la socialista, compartió siempre un lenguaje nacionalista revolucionario, que anteponía la defensa de la soberanía nacional a las ventajas de la vecindad con Estados Unidos.

Lo mismo desde la perspectiva de Lázaro Cárdenas que de la de Vicente Lombardo Toledano, las relaciones con Washington debían responder a una mezcla perfecta de principismo y realismo. Sin desembocar en la confrontación, el lenguaje de la política exterior mexicana tenía que proyectar un patriotismo irreductible. La fascinación que ejercieron Fidel Castro y la Revolución Cubana tuvo que ver, justamente, con el hecho de que el conflicto de la isla con Estados Unidos adoptó una modalidad extrema, que México siempre evitó.

Por medio de la solidaridad con Cuba y la adopción, en las dos ramas de aquella izquierda, del lenguaje antimperialista, se sublimaba el límite al que la izquierda mexicana no estaba dispuesta a llegar. Hasta el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien, de manera insólita, preservó la cercanía con Cuba mientras desmantelaba los pilares teóricos y prácticos del nacionalismo revolucionario, aquel fue el eje simbólico de la izquierda mexicana.

“Desde la campaña presidencial López Obrador se negó a poner un alto a las constantes muestras de desprecio hacia México de Donald Trump. En su difuso programa de política exterior, la única prioridad parecía ser la buena relación con Estados Unidos”

Algo muy profundo ha cambiado con el tránsito, en el liderazgo de esa izquierda, de Cuauhtémoc Cárdenas a Andrés Manuel López Obrador. El nuevo líder no habla como un nacionalista revolucionario ni como un socialista del siglo XXI. Su lenguaje, de hecho, no se parece al de nadie en la izquierda latinoamericana: ni al del viejo PRI ni al de Fidel, al del populismo clásico o al de cualquier socialismo. Ese cambio se plasma cabalmente en el manejo de la crisis con Estados Unidos.

Desde la campaña presidencial López Obrador se negó a poner un alto a las constantes muestras de desprecio hacia México de Donald Trump. En su difuso programa de política exterior, la única prioridad parecía ser la buena relación con Estados Unidos. No había llamados a la diversificación de las relaciones internacionales, ni declaraciones soberanistas, sino la apuesta clarísima por una renegociación del tratado de libre comercio y una colaboración privilegiada con Estados Unidos en materias de seguridad y migración.

López Obrador llegó al gobierno en medio de una intensificación de la ruta mexicana del éxodo centroamericano y caribeño. La administración anterior, de Enrique Peña Nieto, respondió a aquel desafío manteniendo la política de asilo de México e insistiendo en la renegociación del tratado de libre comercio, aunque ripostando las expresiones racistas e intervencionistas de Trump. López Orador, en cambio, ejerció un mayor control del flujo migratorio, deportó a más inmigrantes centroamericanos y, a la vez, evitó rigurosamente cualquier desencuentro verbal con Trump.

En un acto en Poza Rica, Veracruz, en marzo de este año, el presidente mexicano se refirió al incremento del flujo migratorio, y dijo “no nos vamos a pelear con el gobierno de Estados Unidos”, “amor y paz”, “o ¿quieren ustedes que yo le conteste?”. Luego del grito de ¡No! del público, agregó “vamos a ayudarle (a Trump) todo lo que podamos”. Y volvió a preguntar, retóricamente: “¿verdad que debemos llevar buenas relaciones con el gobierno de Donald Trump?”

“El nuevo líder no habla como un nacionalista revolucionario ni como un socialista del siglo XXI. Su lenguaje, de hecho, no se parece al de nadie en la izquierda latinoamericana: ni al del viejo PRI ni al de Fidel, al del populismo clásico o al de cualquier socialismo. Ese cambio se plasma cabalmente en el manejo de la crisis con Estados Unidos”

Cuando la amenaza de subida de los aranceles, López Obrador envió una carta donde hizo público su de-

sacuerdo de principios con la Casa Blanca. Pero el tono fue extremadamente cuidadoso, muy alejado del lenguaje tradicional del nacionalismo revolucionario. En el actual diferendo, México, por lo visto, está ofreciendo mayor control de su frontera con Guatemala a cambio de libre comercio. La izquierda mexicana admite su plena reformulación ideológica.