Putin y la geopolítica al desnudo

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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Vladimir Putin ha anunciado una serie de reformas constitucionales a las que resulta difícil encontrar sentido. Las reformas, según la controlada información que ha liberado el propio mandatario, buscarían un reforzamiento paralelo de órganos ejecutivos y legislativos del Estado. Por un lado, intentarían aumentar la autoridad del Consejo de Estado esa reliquia institucional del sovietismo que también se preserva en Cuba, del cargo de Primer Ministro y del aparato de Seguridad Nacional. Por el otro, buscarían intensificar el papel de la Duma y el Consejo de la Federación, las dos cámaras del poder legislativo, con mayores potestades para elegir al gobierno.

Como la reciente reforma constitucional cubana, la rusa intenta, a la vez, un reforzamiento de los mecanismos ejecutivistas y parlamentarios del Estado. Pero si desde el punto de vista de los equilibrios y contrapesos del poder es difícil descifrar la lógica del cambio, desde una perspectiva más cercana al liderazgo de Putin y su visión del papel de Rusia en el mundo, el sentido último de las reformas se vuelve más claro. Para Putin, la mejor política interna es la exterior.

Es indispensable tener en cuenta la centralidad que, dentro de las reformas, tiene la cuestión geopolítica. El ajuste constitucional busca hacer intocables los principios de seguridad nacional en los que Rusia basa su política exterior. La rivalidad con la Unión Europea y Estados Unidos, derivada de una política cada vez más abiertamente expansionista, adquiere, por tanto, rango constitucional

El objetivo central de la reforma es debilitar al presidente en detrimento del Primer Ministro. A los mejores observadores del fenómeno ruso no ha escapado la realidad de que ese desplazamiento está relacionado con la próxima sucesión de poderes en 2024. Con el frío rigor que lo caracteriza, Putin está planificando dicha sucesión desde ahora. Dado el rol insustituible que el líder se asigna a sí mismo en el presente y el futuro de Rusia, es absurdo pensar que esos movimientos no están dirigidos a asegurarle un lugar en el poder ruso, en los próximos años.

Una primera hipótesis es que Putin, con una popularidad por encima del 70%, estaría ganando tiempo para evitar el desgaste de su Primer Ministro, Dmitri Medvedev, que apenas rebasa el 30%. En cuatro años, desde los poderosos organismos de seguridad nacional, Medvedev cumpliría funciones que levantarían su perfil internacional —y su popularidad interna—, y lo prepararían para suceder a Putin. Pero la sucesión supondría el ejercicio de un poder presidencial mucho más acotado y sin derecho a una segunda reelección.

Otra hipótesis es que Putin quiere preparar el terreno para ocupar él mismo el cargo de Primer Ministro o cederle esa posición a un político de lealtad probada como Medvedev. A ese nivel del proceso sucesorio, es importante señalar que la reforma, al dar mayores potestades electorales al parlamento en la elección del Primer Ministro, impacta también el papel del partido oficial, Rusia Unida. Putin estaría buscando un mecanismo que mantenga la hegemonía del partido oficial en el parlamento, de tal manera que asegure la elección de un Primer Ministro todopoderoso.

Como la reciente reforma constitucional cubana, la rusa intenta, a la vez, un reforzamiento de los mecanismos ejecutivistas y parlamentarios del Estado. Pero si desde el punto de vista de los equilibrios y contrapesos del poder es difícil descifrar la lógica del cambio, desde una perspectiva más cercana al liderazgo de Putin y su visión del papel de Rusia en el mundo, el sentido último de las reformas se vuelve más claro

Por último, es indispensable tener en cuenta la centralidad que, dentro de las reformas, tiene la cuestión geopolítica. El ajuste constitucional busca hacer intocables los principios de seguridad nacional en los que Rusia basa su política exterior. La rivalidad con la Unión Europea y Estados Unidos, derivada de una política cada vez más abiertamente expansionista, adquiere, por tanto, rango constitucional. Putin estaría buscando que un futuro liderazgo no tire por la borda la reconfiguración imperial que ha dado a la política rusa en el siglo XXI.

La fascinación que Putin ejerce en tantos y tan disímiles líderes en el mundo, desde Donald Trump hasta Nicolás Maduro, tiene que ver con el reemplazo de la ideología por la geopolítica. La doctrina putinista subordina todo el diseño del Estado al “interés nacional”. Sus valores no tienen que ver con la justicia, la libertad o la igualdad, que ve como abstracciones, sino con la “grandeza de Rusia”. En ese sentido, Putin da con una de las claves del (des) orden global en el siglo XXI: la vuelta al nacionalismo del XIX, pero sin su ideología.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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