Ya usó la fórmula contra México y ahora la repite contra Guatemala. El presidente de Estados Unidos ha descubierto que el comercio es una herramienta de presión a los países latinoamericanos para que apliquen medidas de contención migratoria. Lograr que Guatemala acepte la condición de “tercer país seguro” es el objetivo y una amenaza de subida de aranceles puede funcionar.
“Vetos, aranceles e impuestos a las remesas” ha dicho Trump, en una formulación más contundente aún que la amenaza contra México. Gravar las remesas de los emigrantes en Estados Unidos, para un país como Guatemala o cualquier otro de Centroamérica y el Caribe, puede implicar una catástrofe económica y la forma más perversa de restar incentivos a la emigración. Si los migrantes no pueden ayudar a sus familias en su país de origen qué sentido tiene emigrar.
Algo parece haber aprendido el mandatario de la crisis con México y es que la mayor parte del flujo migratorio no proviene del gran país fronterizo sino del triángulo norte de Centroamérica. Sin embargo, repite la misma gramática inamistosa y racista para culpar a Guatemala por una emigración que se origina también en Honduras y El Salvador. Ahora dice el presidente que no es México sino “Guatemala quien ha estado formando caravanas y enviando grandes cantidades de gente a Estados Unidos, algunos con antecedentes criminales”.
Los países son personas potencialmente criminales, según Trump, en un uso de las palabras muy parecido al del viejo antimperialismo latinoamericano, donde Estados Unidos era una encarnación del mal. Las naciones son sujetos que dañan al vecino y no sociedades marcadas por problemas estructurales como la pobreza, la injusticia y la inseguridad, que generan la emigración. Por eso supone que amenazando con una política proteccionista, que niega décadas de impulso al libre comercio de Estados Unidos con América Latina, se pueden aminorar los éxodos masivos de la región.
Trump presiona a Guatemala, además, en medio de un proceso electoral, que deberá resolverse en una segunda vuelta a principios de agosto. La candidata puntera, Sandra Torres, se ha opuesto claramente al intento del presidente saliente, Jimmy Morales, de negociar con Washington el status de “tercer país seguro”. Torres ha respaldado el pronunciamiento de la Corte Constitucional del país centroamericano en contra de dicha negociación, por violar los principios de política doméstica e internacional de esa nación.
Frente a este tipo de fricciones no cabe menos que asombrarse ante el giro que da la política hemisférica de Estados Unidos. Hace apenas tres años, como pudo constatarse en la mayoría de las candidaturas republicanas a la presidencia, el libre comercio y los acuerdos migratorios bilaterales eran dos líneas maestras de la estrategia regional de Washington. En muy poco tiempo, Donald Trump nos ha llevado a otro planeta y, por lo visto, allí permaneceremos por un buen tiempo.

