El 68 mexicano: un capítulo de la Guerra Fría

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En su reciente libro Historia mínima de la Guerra Fría en América Latina (2018) el historiador de El Colegio de México Vanni Pettinà estudia la forma en que el conflicto bipolar se reprodujo en la región.

Sostiene Pettinà que en América Latina y el Caribe el choque entre los grandes bloques mundiales adoptó modalidades propias en cada contexto nacional. Aunque las izquierdas comunistas prosoviéticas y las derechas católicas conservadoras eran fuertes e influyentes, ya en los años 60, cuando arranca la détente, se habían transformado lo suficiente como para decidir el conflicto.

En muchos países latinoamericanos se libraba entonces una lucha campal entre dictaduras militares y guerrillas marxistas, inspiradas en la experiencia cubana, pero que no buscaban, necesariamente, la construcción de un sistema inscrito en el modelo de la URSS y Europa del Este. En 1967 el Che Guevara había sido asesinado en Bolivia y, aunque la Habana había dado un impulso decisivo a las guerrillas en las reuniones de la Tricontinental y la OLAS, las ideas libertarias del 68 complejizaban las demandas juveniles.

En el movimiento estudiantil de 1968, en México, predominó la búsqueda de una democratización del sistema hiperpresidencialista y de partido hegemónico. Esa democratización, que tuvo en la defensa irrestricta de la autonomía universitaria uno de sus puntos centrales, contenía ideas socialistas pero no mayoritariamente dirigidas a la reproducción del modelo cubano o soviético. José Revueltas o Heberto Castillo, quien había participado en las reuniones habaneras, hablaban de un socialismo no reñido con las libertades públicas.

Las Juventudes Comunistas jugaron un papel importante en la movilización estudiantil de 1968, en México, especialmente en la famosa marcha del 26 de julio, pero tanto los protagonistas o cronistas como los historiadores profesionales del movimiento coinciden en que el comunismo no fue la fuerza dirigente central. El Partido Comunista había sido ilegalizado y luego de las manifestaciones de julio fue reprimido por el régimen. A pesar de que el PCM había sostenido diálogos con el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, desde el verano de 1968 el discurso oficial acusó a los comunistas de ser los instigadores del movimiento.

Sin embargo, la línea de Arnoldo Martínez Verdugo y el PCM era pro-soviética y no se identificaba con las causas libertarias del movimiento estudiantil, que giraban más en torno a las premisas de la Nueva Izquierda occidental. De modo que la Guerra Fría se manifestaba en el 68 mexicano por medio de la construcción de una trama oficial que adjudicaba el liderazgo del movimiento a “agentes extranjeros”, especialmente vinculados a la Unión Soviética y Cuba, cuando los gobiernos de estos países sostenían buenas relaciones con el régimen de Díaz Ordaz. El choque bipolar formaba parte de lo que Roger Bartra ha llamado las “redes imaginarias” del autoritarismo en México.