La escatología como arenga en Charlotte Roche

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Foto: larazondemexico

Carlos Olivares Baró/carlos.olivares.baro@hotmail.com

A la escritora inglesa Charlotte Roche (1978) le interesa la proclama, el edicto, el informe y la soflama como recursos para fabular. Zonas húmedas (Editorial Anagrama, Panorama Narrativa, Barcelona, 2009), su primera novela, es un texto estructurado en la cartografía del hedonismo: crónica de confesiones con incisivo desembarazo. Discurso que apela a la escatología no en sentido insultante (Cela, Quevedo, Bukowski o Sade), sino en los cordeles únicos de supervivencia y contestación a un mundo de hipócritas gestualidades. Helen se burla de los tabúes de una sociedad farsante y proclama su ética sexual sin disimulos.

A Sade le importa “descifrar” las leyes del goce en genealogías donde el deseo es una moralidad; la adolescente protagonista de la ficción que nos ocupa sólo está preocupada por experimentar las complacencias de su cuerpo en una gnosis dictada por ella misma. Soledad y angustia que se traducen en prédica: gritos interiores que se aquietan en la práctica desbordada del sexo.

“Mantengo un íntimo contacto con mis excreciones corporales. Lo de la mucosidad del coño, por ejemplo, me llenaba de orgullo cuando me magreaba con los chicos. Acercaban el dedo a los labios de la vulva y, ¡zas!, para dentro, como en el tobogán de la piscina”, confiesa Helen. El cuerpo, razón de ser; la sexualidad, curiosidad excitante: “…me he ocupado de los pliegues y repliegues de mi coño desde que empecé a razonar.” Pocas veces en la literatura occidental el cuerpo ha sido un actante tan minucioso y acuciante. Si en Las 120 jornadas de Sodoma Sade pone de manifiesto una especie de éxtasis metafísico pornográfico; estas “correrías” sexuales de Helen, sin embargo, conforman —bajo la lupa del sicoanálisis freudiano— una ejemplificación de “perversión clínica” que la narradora inglesa sabe convertir en literatura.

El deseo en la caligrafía de las escisiones que padecemos: sujetos a fin de cuentas, estructurados en los aguaceros de la voluntad de goce --- diría Lacan---; Roche ha escrito un relato de ponderaciones múltiples. Cuerpo disidente que prefiere sus humedades naturales y rechaza cualquier sustancia industrial que pueda empañar sus evacuaciones corpóreas.

El refugio de nuestra heroína es el lenguaje. Transgresora, apela a todos sus efugios: conmoción y sorpresa de una cronista que, a pesar de lo fragoso de algunos pasajes de su historia, logra poner a los lectores de su parte. Disertación metonímica (“Hace años que mi cara y el agua no hacen buenas migas”), metafórica (“Yo utilizo mi esmegna como otros sus frascos de perfume”), irónica (“Mamá me formó para ser una buena mentirosa”) y siempre redundante para apuntalar el desasosiego de una adolescente inolvidable por su feminismo punzante.

Las hemorroides o las signaturas de lo estrafalario de nuestro cuerpo en reconciliación con el apetito sexual. Escatología que nos deletrea y nos dibuja. Irradiaciones y temeridades lingüísticas de una prosista que deberemos seguir de cerca.

Nora Emilia

La Chulanga. Una mujer sin pudores registrados

Esta mujer/narradora se desnuda frente a los lectores; expone su libido sin vergüenza ni tapujos. Libertad que cifra gestos en alocución espontánea que conmueve por su certeza. Discurso en primera persona que puede descodificarse como suerte de una crónica de lo cotidiano: el sexo, el erotismo, el amor enaltecido, el deseo, la familia, la amistad… Madre soltera que asume su responsabilidad y se presenta frente a sus hijas en las extensiones desafiantes de su pasión a flor de piel. Texto placentero, cachondo, sin alardes retóricos y estructurado como un cuaderno de apuntes que, sin embargo, trenza confesiones atajando los terrenos de la novela. Una Catherine Millet entre nosotros despojada de cinismo y bañada de una ternura que nos atrapa. Su amiga Victoria cita a Sartre: “Ser libre no es hacer lo que uno desea, sino desear lo que uno puede hacer”. Postulado de esta chilanga que ha decidido convertirse en una auténtica Chulanga.

Ignacio Padilla

La vida íntima de los encendedores

El incansable narrador y ensayista mexicano Ignacio Padilla (1968) nos entrega otro libro. Miembro de la Generación del Crack y autor de Amphitryon (Premio Primavera Novela 2000), Padilla ha sido considerado por la prestigiosa revista francesa Lire como uno de los 50 narradores más influyentes para el siglo XXI. Controvertido y osado, su obra ha sido traducida a más de 15 lenguas. La vida íntima de los encendedores (Páginas de Espuma, 2009) le ha valido el Premio Málaga de Ensayo 2008. El fuego y la “generosidad de Prometeo” como pretexto argumental para exponer preocupaciones sobre la pulsión animista de la ultramodernidad en relación con la pulsión icónica expuesta por el semiólogo Roman Gubern. Rituales que nacen de los paradójicos engranajes del desarrollo científico donde el fuego ha sido piedra angular y asimismo asombro adánico. Matices marcados por incisiones y conjeturas teóricas desafiantes.

fdm