Estimado David:
Te cuento: era un lugar muy hermoso. Debías pasar por un tronco derrumbado sobre un riachuelo para llegar a ese islote lleno de fresas silvestres y desde ahí, mirando más allá de la fuente, advertir el sendero cubierto de hojas secas caídas de los ahuehuetes.
Podías refugiarte y perderte en medio de la ciudad inmensa. Hay una edad apropiada para el romanticismo más vigoroso, siempre y cuando pienses de manera constante en la muerte.
En ese tiempo, “más allá del río de color marrón tabaco resguardado por los árboles llorones”, tú también huías hacia lugares enaltecidos y soñabas, acogido por la belleza, con un instante decisivo.
Han pasado muchos años y ahora el sitio del que te hablo está rodeado por rejas inaccesibles, la fuente se encuentra llena de basura y el sendero no sorprende en la mañana calurosa. Y entonces la muerte, sin el disfraz del amor o de las palabras magnificentes, es tan sólo vacío, cenizas, nada. Cuando al fin la reconoces, a la segadora, ya no importa.
Disculpa que te mencione a la muerte, tu compañera eterna. Ella es sólo silencio y debería ser innombrable. Y sin duda es de mal gusto “mencionar la cuerda en casa del ahorcado”. ¿Te arranca acaso una sonrisa el triste sarcasmo que sella mi reflexión?
Ves, uno duda. Manda una carta a la mansión de los muertos donde ellos reposan en su sueño eterno. Ponle un sello postal cualquiera, pero no te olvides de escribir muy claro tu nombre y del destinatario, para que le lleguen tus palabras y de esa manera interrumpas un momento tanto descanso. “Tome señor, despierte, le manda esta carta un colega inoportuno”.
Muy bien, no vayas a regañarme, ciertamente la metáfora es grotesca. Como si no existieran ahora los correos electrónicos y a medianoche, perdido uno en la hora oscura, los ojos deslumbrados por luz brillante se cierran un momento para imaginar así una sala vacía con una computadora flotando frente a cuya pantalla el diablo te lleva y sostiene, querido fantasma, para descifrar los mensajes absurdos.
Mira, debo decirte porque me caíste bien. Una vez leí que te desesperabas en tus clases de literatura porque tus alumnos no entendían cuando les explicabas que Kafka era un escritor humorista. “¡No lo tomen tan dramático!”, exclamabas. Y leías en voz alta pasajes kafkianos y sólo tú te reías a carcajadas y seguías leyendo frente a un salón de alumnos impacientes o aburridos. Le fueron a avisar en su tumba de Praga al bueno de Franz: “¡Levántate esmirriado, alguien al fin se está desternillando de risa con tus textos!”. “Y el escarabajo mueve sus patitas… jajajaja”. Y el maldito Diablo es quien realmente se ríe siempre, porque él sí sabe, ¿no crees?
Y me dije, “algún día voy a leer a este profesor inteligente: inteligencia+sentido del humor+desesperación= escritor interesante. Te quité la etiqueta pedantesca de posmoderno y disfruté tu novela inconclusa El rey pálido, caray, qué tomo, maestro, algo repetitivo —pero ya sabemos que no te diste tiempo para corregir el manuscrito— aunque una maravilla, un logro hacer con tu libro una épica de ese tema: el aburrimiento. Ríanse malditos, después del aburrimiento viene el éxtasis y la diversión más absoluta, como de locos.
Bueno, mi David, esta carta se ha alargado un poco y debo despedirme. Espero que ahí flotando en medio de la mansión infinita te permitan asomarte a la pantalla brillante o, a la antigua, llegue a tus manos el periódico y puedas leer estas líneas como un gesto fraterno y admirativo de un amigo lejano. Y más allá del horizonte lleno de óxido, te digo, como un recuerdo compartido a partir de la más indecente nostalgia, está ese lugar maravilloso al borde de un estanque y te juro que ahí se podían arrancar fresas silvestres para aplastarlas dentro del puño, escuchando a lo lejos el sonido de autos furiosos. Y piensa que cuando éramos jóvenes soñadores y románticos, lugares así nos hacían conjurarla a ella. Y así podíamos aceptar la sangre como si fuera una mancha de fresas rojas destruidas, sin la resignación final frente a todas las derrotas y a la extinción del alma.
Quisiera quitar la máscara sórdida de tu muerte y darte un abrazo, amigo, amigo querido.
Obras
»La niña del pelo raro (1989) »La broma infinita (1996) »Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997) »Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999) »Extinción (2004) »Hablemos de langostas (2005) »El rey pálido, obra inconclusa (2011)