El mundo es el tumulto. Intrigas, turbas, furor. Era el año de 1314 y Dante se encontró en Rávena con la soledad del exilio, la desesperación de la derrota y el fin de sus ilusiones políticas —la liberación de Florencia— al haber muerto el emperador Enrique VII sin cumplir su misión —por lo menos la que en sus sueños y sus cartas dirigidas a él le asignara el poeta florentino.
Pero en ese momento, su destierro era también un alejamiento del “mundanal ruido”, una oportunidad para terminar de construir La Divina Comedia. En sus alforjas llevaba terminado ya el infierno y sus siete círculos en la residencia de Satanás —nueve si se incluyen los dos fuera de esos muros, donde padecen los fraudulentos y los traidores—. La estructura triádica y la clave numérica del siete es un componente esencial en su visión esotérica (son siete también las potencias de la luz espiritual manifestadas en el paraíso, como siete son los planetas que rigen la obra en su totalidad).
Aunque ese esoterismo de Dante coexiste con su rechazo explícito a la magia y la hechicería, sustentado en negar el caos mediante su concepto del orden universal. Hasta su infierno está medido y tiene una coherencia, un sentido medieval en la armonía astrológica. Su escatología es semejante a la musulmana, según el célebre y controvertido estudio de Miguel Asín Palacios quien lo relaciona con la cultura y la astrología islámicas, porque en su tiempo los cruces entre el cristianismo, el judaísmo y el Islam son más evidentes.
En la literatura el relato del infierno —o de lo infernal— es siempre más sencillo —más humano— para ser narrado que otros estadios vivenciales o míticos. Y en esto Dante no está excluido, pues el infierno le costó menos trabajo expresarlo en su poema que el purgatorio —el cual es de los ángeles— o el paraíso —el espacio donde impera la Divinidad.
Y esto sucede en todos los grandes autores clásicos o románticos, Por ejemplo, para Dostoyevski como representante de esto último tratar sobre el mal era más fácil que escribir las partes dedicadas al bien, como él mismo confiesa y es palpable en Los poseídos o Los Hermanos Karamazov, a pesar de sus profundas convicciones religiosas. Los pasajes demoniacos de Iván Karamazov son más logrados literariamente que los de su hermano Aliosha, con quien el escritor ruso se identificaba en la santidad de su cristianismo. Del mismo modo un clásico como El paraíso perdido del puritano John Milton tiene mayor calidad en los cantos de Satán, el ángel caído y su majestad en el infierno que aquellos dedicados a la redención celeste.
El genio dantiano navegaba mejor en las aguas procelosas de lo maligno y sus horribles portentos, que en las aguas dulces y serenas de la bondad. Y aunque todo su poema está centrado en la tierra y el cielo, o en lo bajo y lo alto, sorprende más la belleza atroz de la caída, que el ascenso mismo con Beatriz hacia la belleza excelsa del paraíso, cuya escritura al final de su exilio representó más dificultad a su espíritu, quizás porque la condición humana entiende mejor del mal que del bien.
En la culminación de la Edad Media y su cosmología hay dos narraciones de viajes metafísicos, uno ya olvidado, el de San Buenaventura, Intinerarium mentis in Deum, centrado en contar, ni más ni menos, un viaje de la mente hacia Dios. Y como dice Edy Minguzzi en El enigma fuerte. El código oculto de la Divina Comedia: “la ficción narrativa de Dante —no por casualidad definido como el otro viaje en contraste con el del santo Buenaventura— se produce en vida y con el cuerpo, y al final del mismo el viandante, mientras conoce por visión directa la ley del universo y su aplicación, se deifica.”
Y es que, como dice Papini, aun siendo Dante el mayor poeta de los muertos, la muerte física, su putrefacción, no se encuentra en su poema como sí aparece en las visiones de sus contemporáneos marcados por la guerra y la peste, en los esqueletos de Holbein o en el realismo aterrador de John Donne. Quizás el fundamento astrológico de Dante, sin el cual él mismo dice que no puede ser comprendido, contribuye a que sus personajes revivan venciendo a la muerte en el ámbito mismo del mal y del infierno, como parte de ese destino establecido por los astros, tal como ellos definen la virtud y el ascenso:
¡Oh gloriosas estrellas! ¡Oh luz llena/ de gran virtud a la que reconozco/ todo, sea cual sea, mi ingenio!/ con vosotros nacía y se escondía/ aquel que es padre de la mortal vida/ cuando sentí primera vez el aire;/ y luego, al concedérseme la gracia/ de entrar en la alta rueda que os remueve,/ vuestra región se apareció a mi vista./Devotamente ahora el alma mía/ a vosotros suspira la virtud/ para alcanzar el sitio que la atrae.(XXII, 112-23).
Trató del destino, del mal y de la belleza; de un orden cósmico. En su habitación de Rávena escribía a la luz de una vela que enseñó a su gato —al cual amaba como aman a los gatos los artistas—, a sostener con sus patas para que no lo interrumpiera. Al culminar sus versos se asomaba a la ventana y podía contemplar así la bóveda celeste donde los arquetipos neoplatónicos, los planetas y el brillo de las estrellas nutrían su inspiración. Dante Alighieri, el astrólogo y esotérico, es inmortal.
Hasta su infierno está medido y tiene una coherencia, un sentido medieval en la armonía astrológica. El genio dantiano navegaba mejor en las aguas procelosas de lo maligno y sus horribles portentos, que en las aguas dulces y serenas de la bondad.
SUS OBRAS
» Convivio, 1307 » De Vuldari Eloquentia: En torno a la lengua común, 1304 » La Divina Comedia, 1321