Entender la realidad desde mundos análogos —donde conviven metáforas, estéticas extravagantes y fantasía— es el objetivo de Leche de gato, una de las tres puestas en escena que inician temporada en los recintos del Sistema de Teatros de la Ciudad de México.
En el texto de Lucila Castillo, Obdulia Carranza es una mujer que dejó de creer en sus padres después de descubrir la inexistencia de Santa Claus, trauma que la lleva, años después, a aislarse del mundo junto con su hija. Una repentina visita la obliga a emprender un viaje casi fantástico, en el que tiene la misión de encontrar a un gato persa que le devuelva la esperanza.
“Los elementos de la obra que nos colocan ante mundos y personajes inexistentes hacen más sencilla la posibilidad de acercarnos a nuestra realidad, así en este caso podemos decir que la gente de mi generación no encuentra su propio gato. No hallamos la esperanza”, expresó Estefanía Ahumada, protagonista de la puesta en escena que se presenta en el Teatro Sergio Magaña, a partir del 18 de marzo.
La falta de fe —agregó la actriz recién egresada de la Universidad Veracruzana— “es algo que sufre esta generación, por eso lo retomamos en esta obra, es una problemática que nos mueve, junto con la lejanía en las relaciones humanas, la evasión; creemos que tenemos que tocar esos temas porque nos hace sentir una especie de abandono, por eso aquí tratamos de verlo desde otra perspectiva, en la que cabe el optimismo y reírnos”.
Con un tratamiento estético que recuerda las películas de Tim Burton, Leche de gato es una farsa cómica que encara el tema de la muerte, a través de escenas estrafalarias y situaciones que llevan a sus cuatro solitarios personajes a tomar conciencia sobre la importancia de estar en el presente.
En ese mismo recinto se presenta La deconstrucción de Paula, una obra unipersonal que reúne al video, la música, la danza, las máscaras y los títeres, para hablar de las mujeres y los roles impuestos.
A Paula le han dicho que pronto perderá todos sus poderes quedándose inmóvil de manos y piernas cruzadas platicando con otras niñas sobre la colección de Barbies, sus diferentes nacionalidades y sus tonos de piel. Está negada a hacerlo y emprende un plan para lograrlo, en él confluyen distintos elementos y uno de ellos son las caretas.
“Usamos las máscaras como una metáfora escénica para asumir las personalidades que muchas veces nos cuesta trabajo aceptar”, comentó la directora Ireli Vázquez.
Para la dramaturga y actriz de esta puesta, Fátima Arias, “estar detrás de una máscara me exige acercarme más a mí para llegar a un estado espiritual, cada función es aproximarme a un ser que juega y desea ser libre”.
Curva peligrosa se presenta a partir de este sábado en el Teatro Benito Juárez, dirigida por Sandra Félix. En el anfiteatro, Adrián intenta reconocer los cuerpos de Carlos y Corina, dos amigos que cobran vida en los recuerdos del protagonista, quien realiza un recorrido sobre la travesía de su amistad, hasta el momento en el que se volcaron en la curva peligrosa, la de sus quince años.
La obra explora “un tema muy importante que es la aceptación de la diversidad sexual de los jóvenes. En ella hablan por sí mismos de las cosas que les pasan y hay una crítica hacia los adultos, en el momento en el que estos últimos quieren cortarles las alas”, indicó Félix.
Patricio Pron ve una crisis de la imaginación
