Rafael Pérez Gay explora las posibilidades de la memoria y el azar

5ed627538e7fe.jpeg
Foto: larazondemexico

En Farabeuf, Salvador Elizondo señalaba que lo único más tenaz que la memoria era el olvido. 52 años después en Arde, memoria (Tusquets, 2017) el escritor Rafael Pérez Gay hace una precisión: “cada quien recuerda de una forma diferente”.

“Para los que somos ateos nuestro dios es la memoria, ésta es una forma de volver a esos momentos que ya no están, a las vidas que no ocurrieron, al tiempo que ya pasó. La memoria contiene aquello que fuimos y que no podremos volver a ser. Es una forma definitiva del recuerdo. Cada uno de estos textos tienen ese común denominador”, dijo a La Razón el autor de Me perderé contigo (1988).

Y es que en este escrito de 283 páginas el escritor recopila una serie de cuentos y relatos súbitos que nos remiten a la nostalgia necesaria que provoca la imposibilidad del hubiera. Textos que no se preocupan ni obedecen a las fronteras del periodismo. Que se alimentan de lecturas imparables y referencias personales para explicar, desde el humilde yo  que ofrece la literatura, un personal modo de ver el mundo, la muerte, la fantasía e incluso la sexualidad.

“Realizar esta antología personal, que revela algunos de los aspectos que referí en Llamadas nocturnas o Paraísos duros de roer, es agarrar la memoria como un asunto que pueda ser el hilo que conduzca al lector entre uno y otro texto. Arde, memoria se propone mostrar los caminos que un escritor ha seguido para hacer cuentos, relatos únicos o crónicas literarias como si fueran cuentos.

“El uso de la primera persona es un recurso muy humilde de la literatura porque no le cargas a nadie más que a ti, tus emociones, tus modos de ver el mundo, de explicar el amor, el sexo, la muerte y la fantasía. No hay literatura sin autobiografía”, precisó.

“El arte de la noche”, “No me iré sin ti”, “Venimos de la tierra de los muertos” o “La Burbuja y otras noticias del futuro” dan cuenta de la madurez de un narrador que mirando atrás suele pensar en que la vida, tal y como mencionara alguna vez el italiano Antonio Tabucci, es una cita de la cual desconocemos el dónde, el cómo o el cuándo.

“El pasado, decía Michael de Montaigne, no existe. Es ese punto al que uno vuelve, pero que ya no podemos tener delante de nosotros, el presente tampoco existe porque es una combinación del pasado y el futuro, así que volver con la memoria es una forma de recordar cómo fuimos. Es abrir un archivo cerrado que sólo con la memoria se puede destapar”, comentó.

La memoria, el tiempo, el azar, la vida son las marcas de esta serie de relatos que hace referencia a un mundo dividido en: Mundos paralelos, sueños rotos; abismos; relatos súbitos y del corazón a mis asuntos. Narraciones que dejan tras de sí la certeza de saber que por más triste que parezca, las personas no podemos quedar congeladas en los momentos que nos hicieron felices y que por el contrario son esas desgracias tan inherentes a la vida las que no permiten encontrarnos.

“La memoria es lo primero que vamos a crear en nuestra vida, es fundamental para crear una identidad

“Los momentos de desdicha, de melancolía y los episodios oscuros son necesarios para entendernos, de lo contrario seríamos unos autómatas increíblemente felices. En los cuentos de Burbuja 1 y Burbuja 2 trato el cómo sería si en el algún momento quisiéramos quedarnos congelados en un lugar en el que vivimos, en el que fuimos felices y jóvenes. Quedarnos con ese amor que más tarde perderemos o con nuestros padres, pero no es así. Tenemos que salir de esa burbuja, salir a la vida y vivir la pérdida de seres queridos [...] En la felicidad uno se ve menos a sí mismo, algunos fracasos permiten que te veas tal y como eres”, señaló el también periodista.

Como última acotación Pérez Gay mencionó que desde la narración y lo personal podría decirle a esos seres: “¡Hola vengo del futuro y tengo noticias, unas son buenas y otras malas!”.

Pero  frente a eso el autor tiene el remedio de la memoria.

El arte de la noche

La intersección tiene sus defectos. Intersectarse con un político es una monserga. Siempre tienen el mismo sueño. ¿Adivina? En efecto —me dijo, como si yo hubiera dicho algo —, se sueñan presidentes. Emiten decretos, dan órdenes, nunca descansan, van de gira, despiden al pueblo desde oníricas escalerillas de avión, saludan muchedumbres. ¿Y qué ocurre? Ocurre que el sueño propio se vuelve intolerable. Una de las veces que me intersecté con políticos tuve una agria discusión; más bien tuvimos, me refiero a mi padre, el político soñador y a mí mismo. Le dije con toda claridad que yo no creía en las ilusiones de la libertad política ni, tampoco, que la democracia conllevaba necesariamente unidad, coherencia, felicidad, buen gobierno, justicia, paz. Le dije que la calidad de su gobierno  —de su gobierno de sueños — era más bien baja. Le dije además que no soñara, que ser presidente no era eso que ocurría en esa ilusión porque como todo mundo sabe, Calderón se equivocó: la vida no es sueño.

-¿Y qué hizo el político?  —le pregunté.

—Lo que hace todo político cuando tiene que contestar: me dijo que mi crítica era destructiva y se fue dando certificados de tierra a oníricos campesinos pobres. Iba apresuradísimo a inaugurar una colonia que llevaría su nombre. Esta clase de intersecciones son muy tristes porque demuestran que los sueños son deseos incumplidos, promesas que la vida nunca cumplirá. Unos días después de la intersección de la que te cuento, leí en los periódicos que el político renunció a su cargo. No se volvió a saber de él.

FRAGMENTO

Temas:

Google Reviews