Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno

Juan Rulfo, 40 años sin el autor de Pedro Páramo

Cuarenta años del fallecimiento del fabulador que mejor ha explorado las tierras duras y desoladas del México rural

El escritor en imagen de archivo.
El escritor en imagen de archivo. Foto: Especial.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, conocido como Juan Rulfo (San Gabriel, Distrito de Sayula, Jalisco, 16 de mayo de 1917 - Ciudad de México, 7 de enero de 1986): escritor, guionista y fotógrafo mexicano. Célebre por ser el autor de dos emblemáticas obras narrativas: El llano en llamas, compuesto de diecisiete relatos dados a conocer en 1953; y la novela Pedro Páramo, publicada en 1955. Considerado por la crítica especializada como uno de los grandes relatores del siglo XX.

Cuarenta años del fallecimiento del fabulador que mejor ha explorado las tierras duras y desoladas del México rural: comunidades que se van desmoronando y sus habitantes son espectros condenados a la miseria. Supersticiones, odios, crímenes, venganzas, violencias, soledad y muerte en El llano en llamas; un cosmos onírico y fantasmagórico en Pedro Páramo: novela de culto donde la muerte es el reverso de la existencia vacía escoltada por el dolor, la búsqueda del padre y los espejismos alucinados.

Realismo desnudo de implacable proporción a través de una prosa árida y concisa que recrea los giros del habla popular; pero, desde matices poéticos de belleza quebrantada por la fragilidad de los sueños. No me canso de leer mi cuento preferido “Es que somos muy pobres”. Me detengo en “La Cuesta de las Comadres”; y lloro, siempre lloro, con “Luvina” (“Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo”).

La narrativa de Juan Rulfo accede a un rumor que el lector retiene en la cabeza para siempre: pleamar lingüística. Sonoridad de una prosodia singular. El habla de personajes solitarios sumidos en el desamparo (“Fue cosa de un repente”; “Bramó como sólo Dios sabe cómo”; “Me mataron los murmullos”; “Todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo”; “La otra que era retealta y que tenía los ojos zarcos” ...) / Acudo a sus libros, soy testigo de mis subrayados juveniles y de otros recientes. Son mis Rulfianas: aquí van algunas.

De Pedro Páramo: “Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiro”. / “En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde traslucía un horizonte gris”. / “Conoce usted a Pedro páramo—le pregunté. Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza. ¿Quién es? —volví a preguntar. Un rencor vivo – me contestó él”. / “Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día”. / “Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer”. / “Tu madre era tan bonita, tan, digamos tan tierna, que daba gusto quererla”. / “El siseo de la lluvia como un murmullo de grillos”. / “Llegando hasta el lugar donde anidan los sobresaltos”. / “No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire”. / “Déjenme, aunque sea el derecho de pataleo que tienen los ahorcados”. / “¿La ilusión? Eso cuesta caro”. / “El agua apretó su lluvia”. / “Sólo unida por el hilo del sollozo”. / “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.

De Luvina: “Ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas”; “Ya no hay quien le ladre al silencio”; “El silencio que hay en todas las soledades”; “Allá el tiempo es muy largo”; “Figuras negras sobre el negro fondo de la noche”.

De La Cuesta de las Comadres: “Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto”.

De Es que somos muy pobres: “Los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición”. De La noche que lo dejaron solo: “Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche”; “Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche”. De Acuérdate: “Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas”.

De No oyes ladrar los perros: “La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda”. De La herencia de Matilde Arcángel: “Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Por puro gusto. Por platicar con uno mismo, mientas se anda en los caminos”. De Anacleto Morones: “¡Viejas carambas! Ni una siquiera pasadera. Todas caídas por los cincuenta. Marchitas como floripondios engarruñados y secos”.

Cuarenta años sin la presencia física de Juan Rulfo, autor de un manojo de cuentos y de una novela-poema que siguen resonando en el ánima, adentro, en los desfiladeros del corazón de los lectores por sus acompasados armónicos: rondó, scherzo, adagio, allegro...Liturgia: partitas bachianas. “Dicen que los pensamientos de los sueños van derechitos al cielo. Ojalá que los míos alcancen esa altura”: Juan Rulfo. Entro en la cadencia inicial de Pedro Páramo: un cántico perdurable me arropa: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Portada de libro.
Portada de libro. ı Foto: Especial.

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