Entre pinturas de Rufino Tamayo, Rodolfo Morales y Francisco Toledo, en la sala de su casa, la coreógrafa y bailarina Gladiola Orozco, de 91 años, mantiene la preocupación por las causas sociales que siempre acompañó a su danza, ya sea en obras, en la labor que hizo en el extinto Ballet Teatro del Espacio, junto a Michel Descombey, o al compartir conocimiento con alumnos.
En cuanto recibe a La Razón externa que le abruma saber de los miles de niños que mueren a causa de la guerra, de los feminicidios en el país y de aquellas infancias hundidas en la drogadicción. Inquietudes que están presentes en obras de su autoría como Ana Frank, Antonieta Rivas Mercado. La antorcha hija del ángel, El gran viaje o Ícaro.
- El Dato: Inició su carrera en el Ballet Nacional de México, bajo la dirección de Guillermina Bravo. Después, fundó el Ballet Teatro del Espacio.
En esos primeros minutos pregunta, casi para sí misma, ¿qué es la humanidad? Y se responde: “Hacer lo mejor posible”.

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Considerada uno de los pilares de la danza en México, está por recibir un homenaje dentro del ciclo Autobiografías Danzadas de Mujeres, el próximo sábado en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, junto a otras artistas que han hecho historia en este arte, Nellie Happee, de 96 años, y de manera póstuma, Amalia Hernández.
Confiesa que lo que más disfruta es “conversar de lo cotidiano, lo que nos importa”. En esta entrevista no sólo habla de lo más inmediato, también del legado del Ballet Teatro del Espacio, desaparecido en 2009, del trabajo comunitario que hizo, de lo que considera que debe hacer un artista, de su arduo trabajo para ordenar el archivo histórico de la compañía que fue un referente para el país y de su necedad para seguir adelante con cualquier proyecto artístico.

- 44 años estuvo el Ballet Teatro del Espacio
Le van a rendir un homenaje en Bellas Artes junto a la maestra Nellie Happee y, de manera póstuma, también a Amalia Hernández. Las tres, referentes de la danza en México. ¿Qué le significa? Mi homenaje siempre será para las grandes figuras en el arte, en la ciencia, en la literatura. Amalia Hernández fue una mujer bella, emprendedora, activa, enamoradiza, amada, libre, abierta, cariñosa y muy directa. Siempre dispuesta a ayudar. Me acuerdo que fuimos a bailar a Papantla, Veracruz, una vez con el Ballet Nacional. Nos reunimos con la población y ella inmediatamente llevó una cantidad de cajas de Tehuacán y agua para toda la gente. Eso es para mí, Amalia. Tenía esa sensibilidad, esa inteligencia, esa apertura siempre. Nos hermanamos; siempre le tuve cariño y respeto. Ella igual para mí y para el Ballet Teatro del Espacio. Fue y sigue siendo la gloria de este país.
Hablando de proyectos de danza en el país, uno de ésos fue el que usted encabezó con el maestro Michel Descombey, el Ballet Teatro del Espacio. ¿Cuáles considera que fueron los aportes de la compañía? Yo lo llamaría fuentes de progreso, una fuente de alimento fundamental. La existencia del Ballet Teatro del Espacio era primordial para el público, nos comunicamos para decir. “Nos identificamos. ¿Qué es lo que le falta a usted?”. La gente que entraba era joven y se quedó 10, 20, 25, 30 años. Fue creciendo a través del desarrollo del arte, del desarrollo del ballet y la presencia permanente en las escuelas. Hubo un director en la Secretaría de Educación a quien le fascinaba la idea de que fuéramos cada semana, más o menos, a una escuela primaria o secundaria. Nos tocaban lugares lejísimos donde el camión se hundía. Establecimos una manera de hacer un piso (de danza) en el patio de las escuelas, tapizándolo de periódico y luego de linóleo.
- El Tip: En 2016, Gladiola Orozco publicó tres tomos titulados Memoria, Ballet Teatro del Espacio y sus antecedentes, en los que reúne la labor ininterrumpida de más de cuatro décadas.
Antes de cada función gritaba: “¡Niños, bajen de sus aulas!”. En broma decía: “¡Bajen de sus jaulas!”. Los integrantes de la compañía bailaban como si estuviéramos en el mejor teatro del mundo. Aportábamos a aquel universo en el que los niños bajaban como enjaulados. Con la plática y la función, nos convertíamos en otro ser: humanidad, cultura, educación. Ésa era mi tarea frente a la sociedad.
En nuestro currículum, en nuestra memoria están las escuelas a las que fuimos. Terminábamos con la satisfacción y el gusto de saber que servimos para algo fundamental, que es el crecimiento educativo. También conquistamos contratos en teatros importantes de Europa.
¿Cuál considera que es el principal papel del artista? Yo criticaría al artista que no mueve un dedo. Acá era un trabajador al servicio del arte. Pienso que el arte no es este privilegio de estar como la reina de la primavera, no, es el trabajo creativo, cultural, al servicio de nuestros semejantes.
Este interés por lo social también se reflejó en obras de su autoría, como Ana Frank o Antonieta Rivas Mercado. La antorcha hija del ángel. Claro. Todo nuestro arte dentro del Ballet Teatro del Espacio, tanto la obra del maestro Michel Descombey como la mía o de algún otro coreógrafo, siempre era fuertemente nacido del mundo en el que vivíamos. Era el motivo de la existencia de la compañía. Hice Ana Frank, porque decía: “La sociedad tiene que saber, a través de lo que puedo crear, lo que es un instante de la guerra”. Me aboqué más de un año en esa pieza con una genial joven, Jessica Sandoval. Qué adorable, qué Ana Frank, qué Antonieta.
También usted tuvo un papel relevante como maestra. ¿Qué les compartía a los bailarines? En el Ballet Teatro del Espacio había un sumo respeto y, al mismo tiempo, una camaradería única. Se podía platicar, pero la disciplina era autodisciplina; la gente sabía lo que le tocaba hacer a la hora que le tocaba. La escuela empezaba a las 7:30 horas. Cuando terminaban las clases, había algo que le llamábamos desayuno. Y cada día le tocaba organizarlo a un bailarín diferente. La administradora le daba el dinero para las compras. Había una disciplina y, yo diría, una familia. Nunca hubo un grito ni una imposición. Había organización, fundamental, porque así se caminaba mucho mejor. Todo era disciplinado, el maestro en la cabina trabajando como el mejor de los obreros, con la integridad, la disciplina, el amor, el respeto.
Me siguen escribiendo, me hablan alumnos, Yolanda, Solange. La familia sigue. Cada uno está en lo que le tocó seguir, pero aquí a diario hay la llamada o vienen. Quedó huella.
Me he involucrado, me interesé en la educación de un país. Era evitar lo negativo e impulsar el desarrollo de la comunidad, pero hacia adelante.
Está trabajando con el archivo del Ballet Teatro del Espacio, ¿qué historia cuenta este acervo? La conexión oficial con el arte, todo eso guarda el archivo, pero también está básicamente, desde el primer programa donde se bailó, con quién se bailó. Está puntualísimo desde el primer día hasta el último que estuvimos. ¿Qué se bailó? ¿Por qué? ¿Quién bailó? ¿En qué teatro? Hay una parte de cartas sobre qué me dijeron, qué escribí, cómo solicité, cómo lo logré. Son el archivo en acción. También está la parte de prensa, que es bellísima. Siempre había la crítica, la visita para preguntarnos: ¿Qué están haciendo? ¿Cómo lo están haciendo? ¿Qué van a hacer?
Ha habido archivos como el de Alberto Dallal o el de Raúl Flores Canelo que se han donado, por ejemplo, a la UNAM. ¿Le gustaría que en algún momento el acervo del Ballet Teatro del Espacio llegue a una institución? Lo voy a seguir trabajando y tratar de terminarlo. Cuando esté listo, ya se verá. No puedo contestar algo que creo que va a pasar cuando ya no esté. Me falta un añito más de investigación y trabajo. Está bien organizado, bien encaminado. Y habrá bailarines, Jessica, Yolanda, que se encargarán del buen lugar donde debe estar. Y si no, yo hice mi tarea. Está un archivo, están los nombres, las fechas, los lugares, las razones por qué sí o por qué no.
¿Cuál considera que fue la constante en su trabajo? Si yo tuviera que tener un premio, es no darme por vencida. Y cuando no se logró, seguramente mi persona cojeaba, porque debí lograr. Hasta esta altura me hago autocrítica: ¿Qué debí hacer? No sé, salir con un sombrero, decir que es futbol y que pongan pesos. Yo diría que también me movió el amor a la vida, el amor al arte.
Enfrentaron dificultades económicas. ¿Qué opina acerca de que seguimos viendo compañías independientes que sortean la precarización? Las compañías, los directores tienen que buscar financiamiento. Con nosotros hubo un multimillonario que nos apoyó, pero no es tan fácil lograrlo. Las agrupaciones que se mantienen es porque tienen patrocinadores, directores, representantes jóvenes activos. Eso es una tarea de día a día. Quiebran muchos lugares, porque no hay cómo comer.
Ahora, ¿cuál es el motor que le permite seguir admirándose de la vida y disfrutarla? Mi motor es tratar, con mucho esfuerzo, de no dejarme y decir: “Aunque sea tantito, avanzo en el archivo”. En el fondo, si soy honesta, estoy cansada. Trabajé mucho con mucho amor y recibí amor. Sigo siendo amorosa, me sigue preocupando la guerra, el mundo, la felicidad de muchos días. Me preocupo por si nuestra población come, si está educada, si las escuelas tienen lo mínimo para el estudio. Hay una tarea inmensa y preguntas. Hice lo que pude, hasta donde pude. Hasta lograr la admiración y el cariño de personas contra las que yo peleé para que pudieran ayudarnos.

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