Cuando era niño, el escritor mexicano Enrique Serna quedó fascinado por “las maravillas y los errores del Imperio mexica”. Siempre tuvo la idea de trasladarse a ese reino que considera “fabuloso y macabro”, pero es hasta ahora, con El dios hambriento (Alfaguara, 2026), su regreso a la novela histórica, que se introduce en ese mundo a través de dos personajes: Tlacaélel, considerado un valiente guerrero y quien después fue casi olvidado en la historia novohispana; y Nezahualcóyotl, poeta, estratega militar y filósofo que se convirtió en gobernante de Texcoco.
Esta obra también responde a una deuda que considera que había en la literatura con el pasado prehispánico. “Mi libro busca contribuir a enmendar esa grave omisión”, afirma en entrevista con La Razón.
- El Dato: El autor ganó por unanimidad el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2019 por su novela histórica El vendedor de silencio.
En la novela, el lector se introduce en el año 3 Conejo, cuando los mexicas comienzan a gestar su Imperio, al tiempo que existen dos cosmovisiones antagónicas para lograr su poderío: la teocracia militarista y la utopía civilizadora. Enrique Serna retrata desde la vida en un mercado de Tlatelolco hasta las pugnas, las rivalidades, las intrigas, los excesos de aquellos nobles y los abusos contra las mujeres, hasta el juego de pelota, las jerarquías, la vestimenta y la guerra.

Galería Noyola Fernández juega sus propias reglas
¿Qué motivó situar su regreso a la novela histórica en la época prehispánica? Desde la primera vez que mi madre me llevó al Museo de Antropología cuando era niño, las maravillas y los errores del Imperio mexica me atrajeron poderosamente con una mezcla de fascinación y morbo. Luego mi vocación literaria me llevó por otros caminos. Pero siempre tuve guardada en el inconsciente, la idea de transportarme a ese reino fabuloso y macabro. En 2018 escribí el argumento de una teleserie sobre la Conquista para Televisa. Mi asesora histórica, Andrea Martínez Baracs, me recomendó una serie de lecturas que hicieron que se reavivara esa ilusión infantil que tenía.
- El Tip: El autor realizó una investigación durante cinco años para concebir este libro, que es su regreso a la novela histórica.
Me di cuenta de que nuestra literatura está en deuda con su pasado remoto, porque las novelas más leídas sobre el Imperio mexica las escribieron dos extranjeros, Corazón de piedra verde, del español Salvador de Madariaga, y Azteca, del estadounidense Gary Jennings. Ocurren en tiempos de la Conquista, como si ese fuera el único episodio novenable del mundo prehispánico. Mi libro busca contribuir a enmendar esa grave omisión. Esto no les resta mérito, pero creo que sí les falta sensibilidad para conocer los vasos comunicantes que hay entre el México antiguo y el México contemporáneo.

¿Cuál fue su búsqueda en este libro?
Actualizar el pasado, pero narrándolo con un lenguaje en el que trato de mostrar cómo ha sido la fusión entre el español mexicano y el náhuatl. Siempre trato de caracterizar a los personajes por medio del habla; mis novelas son hasta cierto punto coloquiales. Y quise hacer esto ahora, a pesar de que es la primera vez que escribo una novela, en la que los personajes hablan un idioma distinto al mío. Quise lograr ese lenguaje híbrido, que es una experimentación y en la que no tenía ningún referente que me sirviera como guía. Cuando hablo de experimentación, no me refiero a que quiera crearle dificultades al lector. Más bien, la narrativa más difícil es en la que el escritor se echa encima todas las complejidades para ahorrárselas a quien lee. Fue, en lugar de oscurecer el significado, transparentarlo.
Hay dos protagonistas, Tlacaélel y Nezahualcóyotl. ¿Qué le interesó de estas figuras para hacerlas parte de la historia? Cuando estaba leyendo La historia de las Indias de Nueva España, de Fray Diego Durán, me llamó mucho la atención un episodio en el que cuenta que cuando el ejército de Nezahualcóyotl y el de Moctezuma vencieron a los usurpadores del reino del poeta, Tlacaélel, quien era el consejero supremo de los mexicas, una especie de primer ministro, tuvo la idea de que libraran entre los acolhuas y los mexicas, los dos bandos vencedores, una guerra ficticia sin derramamiento de sangre en la que finalmente resultaran ganadores los mexicas y quemaran el altar del Templo Mayor de Texcoco, es decir, que le infligieran una derrota aparente a sus aliados.
Todos los historiadores están de acuerdo en que esto no debió ser del agrado de Nezahualcóyotl, porque prácticamente lo humillaba ante el resto de los pueblos del Valle de Anáhuac. Lo hacía mostrar como una
especie de subordinado y no como un aliado de la misma importancia que los mexicas. Fue un ajuste de cuentas; los mexicas querían cobrarse algún agravio que les hizo él. Ahí fue como empecé a imaginarme una intriga palaciega, que es la que finalmente desencadena todo esto.

El otro punto de origen es un comentario de Miguel León-Portilla en La filosofía nahuátl estudiada en sus fuentes, el cual dice que en el Imperio mexica coexistieron dos cosmovisiones: una, la teocracia militarista, la cual buscaba que, para mantener al sol vivo, había que capturar prisioneros para sacrificarlos a Huitzilopochtli. La otra era una visión más humanista, que no buscaba una situación tan cruenta.
Se me ocurrió personificar ambas visiones del mundo. No con el ánimo de escribir una novela de tesis, sino una fisiología de las pasiones que pudieron desencadenar esta pugna. Los personajes que las personifican son Nezahualcóyotl y Tlacaélel. No tuve que inventar nada, sólo contraponer esta teología militarista de Tlacaélel con la poesía de Nezahualcóyotl, quien era un impugnador blasfemo de los dioses, que los culpaba de su indiferencia ante el destino de los hombres. Su biógrafo, José Luis Martínez, dice que es un precursor de Muerte sin fin, del escritor José Gorostiza.
En El dios hambriento, ¿vuelve ese interés que ha tenido para desentrañar las implicaciones del poder? Sí, desde luego. En cierta forma, lo que cuenta esta novela es cómo se puede pasar del idealismo al pragmatismo más crudo, que es la evolución de Nezahualcóyotl. ¿Cuál es el proceso de sentimiento que puede tener un personaje que aspira al poder a toda costa? Es algo que creo que puede ocurrir en todas las épocas de la historia.
Quise crear personajes que tuvieran la misma complejidad que uno contemporáneo y creo que en eso es donde la novela histórica puede aportar lo que no hacen los biógrafos y los historiadores, que tienen que limitarse a los hechos documentados. Mientras que un novelista histórico se puede meter en la mente de los personajes y calar más hondo en sus motivaciones.
Esta lucha por el poder, ¿puede encontrar paralelismos con lo que ocurre ahora? La lucha por el poder no ha variado en las diferentes épocas de la historia y por eso se pueden hacer hasta analogías entre el mundo prehispánico y la época contemporánea. Tlacaélel personifica en mi novela al resentido que transforma su sentimiento en voluntad de poder.
Refleja los abusos que cometían los mexicas… En ese momento de la gestación del Imperio hay una lucha también entre diferentes posturas: una es la de que el Imperio mexica, después de haberse liberado del yugo de los tepanecas de Azcapotzalco, fuera un reino que tuviera una convivencia pacífica con los reinos de sus alrededores, pero más bien lo que se impone es la vocación imperialista de ese naciente poder que, después de su triunfo, se siente que puede arrollar, para empezar, a todos los pueblos del Valle del Anáhuac. Me importaba mostrar cómo se va poniendo una imposición sobre otra.
¿Por qué era importante introducir a personajes femeninos al centro? Me importaba mucho que hubiera un punto de vista femenino, porque las mujeres son la mitad del género humano. Me parecía que si me limitaba únicamente a narrar esa sórdida lucha por el poder y por ganarse el favor del Tlatoani, que hay entre Nezahualcóyotl y Tlacaélel, no me iba a divertir al escribir esta novela.
Quería introducir ese punto de vista femenino. Quería explorar cuál era su idea del amor y cómo podían sobrevivir las mujeres. También quería mostrar cómo influían en la política mediante diversas argucias. Todo esto me llevó a desarrollar esos dos personajes que son completamente imaginarios, tanto Quilaztli como Chimalma. La primera representa a la marginalidad, porque es una esclava que, al conquistar su libertad, incursiona primero en la prostitución y luego en la brujería. Es lesbiana, además. De modo que es marginal por muchos sentidos. Y Chimalma, aunque pertenece a una familia noble, porque es media hermana de Nezahualcóyotl, padece esa marginación después de que es sometida a una violación tumultuaria.
Chimalma es poeta, es tlacuila, que tuvo una muy buena educación en Texcoco, donde estaba la mejor biblioteca de aquella época, tuvo los mejores maestros que había en el mundo prehispánico y quise mostrar esa otra personalidad. En el caso de Quilaztli, tiene una enorme valentía para sobreponerse a las adversidades de su existencia. Es un personaje que no tenía contemplado al principio de la novela cuando hice mi primer borrador, pero que luego me fue gustando.
¿Estas mujeres construyen su destino? Son personajes que me interesaban porque era una sociedad en la que había un control muy fuerte, en donde la mayoría de la gente no podía elegir su propio destino. Por ejemplo, los macehuales, que eran los plebeyos, los mayeques, que eran los jornaleros o los esclavos, tenían que aceptar ese destino que les impuso la vida desde su nacimiento y no podían salir de ahí, y lo mismo pasaba con los comerciantes, con los sacerdotes. Había un determinismo que impedía que los seres humanos fueran libres.
En una novela es fundamental que los personajes tomen sus propias decisiones, por eso, los dos personajes protagónicos son miembros de la alta nobleza, porque sí podían tomar decisiones propias. Las dos mujeres, en este caso también.
OTROS LIBROS
El autor ha destacado en el género.
- El seductor de la patria: Año: 1999
- Ángeles del abismo: Año: 2004
- El vendedor de silencio: Año: 2019

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