Miércoles 23.09.2020 - 23:32

Bob Dylan

Bob Dylan
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La noticia de que Bob Dylan ganó el premio Nobel me causó al principio una gran alegría. Pensé que se trataba de otra travesura de la Academia Sueca para decirnos que no son, como suelen ser muchas academias, un grupo de ancianos que dictan el canon, en este caso de las letras, sino que están más allá de todos aquellos que cada año apuestan por sus candidatos eternos y a quienes pocas veces escuchan (Roth, Adonis, Murakami, DeLillo, Kundera y otros cuantos más). Es un premio que ellos dan y no tienen por qué atender los gustos literarios que prevalecen fuera de Estocolmo. Han tenido aciertos que muy pocos pondrían en duda (de Rudyard Kipling y William Faulkner a Samuel Beckett y García Márquez). Otros han sido muy sorpresivos e inesperados (Fo, Jelinek, Le Clézio, Munro, Modiano, por mencionar algunos recientes). Entre ellos, como lector, agradezco a la Academia Sueca que me descubriera a autores como Svetlana Aleksiévich, cuyas Voces de Chernóbil, un periodismo sin duda de extraordinaria calidad literaria, me dejó muy impresionado. Quizás sin esa decisión, no la hubiera leído. Han tenido también muchos desatinos: ¿quién lee ahora a Henrik Pontoppidan,

Roger Martin du Gard o Harry Martinson? Y muchas más omisiones: de Kafka y Proust a Joyce y Borges. En cambio, lo han obtenido siete suecos, tres noruegos, dos daneses, un finlandés y un islandés: catorce escritores poco o nada leídos fuera del mundo nórdico. El problema es de quienes pensamos que se trata del máximo reconocimiento mundial en materia literaria y que por lo tanto debe ser inobjetable. Pero aquí no opera la justicia.

Soy fan de Bob Dylan desde hace casi cincuenta años. No creo que haya habido uno de ellos en el que no lo hubiera escuchado y cantado. Pero después de varias conversaciones al respecto, quedé convencido de que esa decisión, disfrazada de travesura, es cuestionable porque el reconocimiento, tanto económico como de prestigio internacional, no lo necesitaba, ya lo tenía.

Leo los argumentos en pro y en contra. Es un poeta, ciertamente. Alguien lo defendió diciendo que usa métrica, rimas y encabalgamientos (como sucede a menudo en cualquier concurso de poesía floral). Tache. El uso de esos recursos no hace a un poeta, y menos cuando otros premios no lo presumen como sus principales atributos. Pensemos en Eliot, Yeats, Perse, Seferis, Neruda, Paz, Elytis, Brodsky, Walcott, Szymborska y Heaney. La poesía de Dylan (Bob, y no Thomas, que bien lo hubiera merecido) es pequeña a su lado. ¿Se traducirá a otras lenguas? ¿O se le oirá más? ¿Será más (re)conocido con el Nobel que sin él?

Bob Dylan son tres en uno solo: el letrista (poeta), el compositor y el que graba discos y sale al escenario. Hace algunos años (2007) aceptó el premio Príncipe de Asturias de las Artes, que poco después (2011), en el ramo de las letras, obtuvo Leonard Cohen, sin que nadie levantara la voz para reclamar ambos merecimientos. Sucede ahora que quien más está en desacuerdo con la designación de este Nobel 2016 es el propio galardonado, a quien por supuesto no le interesa la polémica que ha desatado. No contestó a las llamadas de la Academia ni se ha pronunciado al respecto. En su momento, hace más de cincuenta años, Jean-Paul Sartre se rehusó a recibirlo incluso antes de que se le otorgara. Como su nombre sonaba como fuerte candidato, una semana antes del pronunciamiento escribió a la Academia diciendo que no lo quería. Aun así, en otra travesura, los académicos suecos se inclinaron por él. Diferente el caso de Boris Pasternak, que fue obligado por el gobierno soviético a rechazarlo. Y lo hizo, como Sartre, a través de una carta dirigida a quienes habían tomado la decisión. Dylan, hasta ahora que escribo estas líneas, ha declinado aceptarlo por la vía de ignorarlos. Algo similar sucede en sus conciertos: el público le puede pedir que cante alguna canción y él no escucha. Su respuesta “is blowing in the wind”.