Sábado 5.12.2020 - 05:09

Charo Pradas: El paisaje interior

Charo Pradas: El paisaje interior
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“Pintar es algo muy físico, algo de dejarse guiar por el instinto y por las sensaciones que te produce lo que estás haciendo, yo no tengo ideas preconcebidas, solo reacciones…”

Charo Pradas

El arte es aventura, pasión, descubrimiento constante. La pincelada, el uso del color, el trazo, son un paso siempre desconocido, un territorio incierto. Paso imborrable y mágico de un largo camino lleno de silencio. Crear es poblar ese sentido, dar luz a ese espacio que se encarna en un cuadro. Charo Pradas (Teruel, España, 1960), inició su trayectoria en los años ochenta, bajo la inspiración y factura surrealista, aunque con el tiempo, dejó la factura, pero no su sentido poético. El concepto del cuadro obedecía a una exigencia más que estética: poética e imaginaria. Un ámbito pictórico lleno de animales ficticios, de dimensiones indeterminadas que la llevaron a crear mundos inéditos. Aunque el tema es secundario en la obra de Pradas, es necesario preguntar, como decía Octavio Paz: “¿realmente la figuración es la línea divisoria entre el surrealismo y la pintura abstracta? “. No hay huellas de una influencia concreta, pero sí hay poesía que abrió ventanas para su trabajo posterior. En cierto modo, la artista pertenece a una generación de artistas españoles importante, que vivieron de cerca el mismo proceso: Juan Uslé, Dario Urzay, José M. Sicilia, Victoria Civera, Ángeles San José, y en cierta forma a la de Xavier Grau y Miquel Barceló.

En el umbral de madurez de los años noventa, puede decirse que Pradas no pretende evocar el mundo, sino ir más allá, zigzagueando libremente, evocando en dos series de pinturas decisivas en su trayectoria, todo lo que en su lenguaje pictórico llevó a los extremos: Paradiso (1999-2000) y Macarina (2000). En la primera, continúa investigando la superposición de círculos en trazos rojos que atraviesan un ocre, en los verdes esmeraldas de la alquimia que se pierden en amarillos difuminados, el rojo con el que Delacroix ensangrentaba el ideal; habrá quien decida que, no hay, sobre esta serie de lienzos, una ruptura total con su pintura anterior. Más que un sistema de signos, formas y alusiones, la pintura de Pradas es un juego de correspondencias. La forma que ve el ojo apunta a secretos distintos, a otras realidades inciertas. Un juego que está detrás del cuadro, así logra por medio de trazos rápidos reforzar una intensidad, para asegurar el equilibrio de los colores puros, más allá, cerca del horizonte donde el círculo significa signo y acierta a nombrar el mar mediterráneo que la rodea. En las obras de la segunda serie, de colores más pobres o difuminados, pero que nos llevan a una significación que sorprende, a una sed del espacio. No al espacio de Mondrian, sino a un espacio-tiempo que se funde íntimamente con el otro, que percibimos todavía dúctil e indefinible; ahí donde la representación del juego de formas circulares parece ser un simple pretexto, se advierte una sutileza que indica una práctica de la gestualidad, por cuanto cada cuadro es también una mirada, por la que transita también un sueño. ¿Es acaso un signo?

En sus diversas exposiciones individuales en las galerías españolas: Ciento de Barcelona, 1991, Miguel Marcos, Barcelona, 1999, en Luis Adelantada, Valencia, 1999, en Masha Prieto, Madrid, 2000; su itinerante por varias ciudades españolas en 2001; Albarracín, Sala Juana Francés, Zaragoza; Galería Miguel Marcos, Barcelona, ambas en 2008 y La casa del alma, Galería Carolina Rojo, Zaragoza, 2014, donde se atrevió y sigue descubriendo miradas salvajes, afines a una necesidad interior. Malévich afirmaba que la pintura se reduce a ciertos elementos concretos: triángulo, cruz, círculo. En ello encontramos ecos sorprendentes en Mondrian, Miró, Arp, Tàpies, y desde luego, en los círculos abstractos de Pradas. Para esta, la pintura abstracta es un modelo interior que se convierte en un arquetipo inédito para su discurso estético. Es decir, los círculos obsesivos de Pradas son producto de la inspiración y del azar, la memoria está al servicio de la imagen, el gesto divaga en función de provocar la aparición de la forma. En la obra de esta artista española lo que vemos son formas básicas, arquetipos poéticos, situaciones ocultas, que no buscan un sentido determinado, sino que con ello ha logrado borrar toda su imaginería anterior, para comenzar de nuevo. Es posible que Charo Pradas todavía de múltiples sorpresas en su trayectoria, pues ha sabido, evolucionar para obtener de su pintura los medios que le permitan acceder a una conciencia de sí misma, antes de volver a emprender el camino, que, de hecho, ha sido emprendido hace más de dos décadas, y que hoy goza de un reconocimiento internacional.