ESPEJO

Espejo
Espejo
Por:
  • Raúl Sales

No soy un genio, mi inteligencia es alta pero, dentro del rango promedio. No, lo mío ha sido una profunda inseguridad y una falta de amor propio rayano en la autoflagelación, en otras palabras, me aislé de tal forma que aprendí a vivir en mi propio mundo, uno donde no tenían cabida las risas a mi espalda, el rubor de mi torpeza, el lunar de mi brazo, mi cuerpo no muy agraciado y el sinfín de defectos que podrían ser tolerables sino fueran parte del arsenal diario de burlas de los sádicos seres que se autodenominaban compañeros de clase.

Huí desde los 7 años, huí de todo y no obstante, por mucho que corría, por mucho que me alejaba, ahí estaba yo, siempre ahí... no podía huir de mí.

Dentro de mis aislamientos leía todo lo que cayera en mis manos, era preferible tener la cabeza gacha y los ojos ocupados antes que cruzar miradas con alguien para ser cuestionado, leía libros, revistas, periódicos, panfletos, volantes y hasta las letras pequeñas de los dentríficos o los shampoos, leer era la mejor manera de evadirme, no solo por la manera de transportarme a los mundos descritos por los autores sino también por esa extraña cualidad del tiempo que suele acortarse ante el entretenimiento.

Así como supones, sucedió, como te dije, no soy un genio, mi inteligencia es alta pero nada extraordinario y bueno, además de mi muy buena memoria, solo nos diferencian las miles de horas de lectura y pues algo había de quedarse. Verás, el conocimiento es muy sencillo de adquirir cuando tienes a millones de cabezas pensando por ti, es solo cuestión de contrastar, de saber preguntar, del clásico “lo leí en algún lado” y, ahora, con los buscadores, el saber preguntar adquiere un nuevo significado, es más, me atrevería a decir, que en unos años, las clases se reducirán a “Formulación y evaluación de preguntas a buscador: Alcances y resultados efectivos”.

Aislarme no me molesta, aunque, de vez en vez, la soledad es una pesada losa de silencios incomprendidos. Esa soledad me llevó a buscar el amor... No rías por favor... de por sí es difícil abrirme así con otro ser humano.

A estas alturas ya sabemos que el amor es solo la feniletilamina que activa la secreción de dopamina y por supuesto, la oxitocina, bendito y químico amor, que mezclas las sustancias con las feromonas y aturdes el juicio social, que elevas el olfato a sentido determinante mientras ves si eres hombre y escuchas si eres mujer...

Yo sé que el amor es solo la coincidencia circunstancial de la búsqueda de perpetuidad de la especie y, sin embargo, hay una cantidad infinita de ritos y constructos alrededor del mismo, en el amor es más sencillo perder la cordura que encontrar la locura, es un dejar de ser para ser y reinventarnos en función de lo que desean o, creemos que desean. Pero, si bien el amor entre seres tiene los componentes de un mal viaje, hay, no obstante un punto extraño en el proceso y es el cambio en el amor propio, desde la aceptación de uno a través de los ojos del otro y la elevación sublime de la realización hasta la caída estrepitosa del roto músculo cardiaco.

Es en esa complejidad donde estaba atrapado, el amor en tiempos digitales suele ser extraño, falso exclamarían los ancianos, adaptable dirían los milenials. La brecha generacional se tragó a la generación X que no es ni de un lado ni del otro aunque se esfuercen o se resistan.

Y si bien hay muchos contras, hay un gran pro, el mundo es un pañuelo y encontrar lo que se busca está al alcance de un dedo sobre la pantalla.

Supongo que ya te aburrí. Perdón, seré conciso. ¿Supongo que leíste o, probablemente viste el perfume? ¿No? Bueno, el genial Süskind nos regala a Grenouille y todo un mundo de increíbles aromas. Ah, lo conoces, no, yo no soy así, con trabajo huelo pero, no es el caso, traigo a colación a Grenouille pues crea el perfume que lo hace ser amado, en este caso no es el asesinato serial o nada por el estilo, es solo que no estaba muy errado Patrick en eso del aroma aunque, bien podía ahorrarse todo el trabajo mezclando unos cuantos químicos y rociándolos sobre uno para que el olor de nuestro sistema inmune que atrae a nuestras parejas ideales, se magnifique y vuelva al otro ser, ciego de amor... te he de ser franco, la primera vez que lo usé, tuve miedo de ser devorado, eso pasa por leer tanto.

Perdona, dije que sería conciso, el amor corporal actual está sobrevalorado, ya no hay arte, ni romanticismo, ni juego, es solo un intercambio y si bien estaba asustado en mi debut, salí francamente decepcionado. El amor no es como se lee.

Seguí con los experimentos, los encuentros casuales, las miradas, el suspiro no soltado, si bien hay un poco de soberbia en saberte amado y deseado, hay algo que no hace click en tu cerebro, pues eres amado artificialmente y lo sabes, no importa que la otra persona no lo sepa y crea que es por propia decisión que se levantó hoy y dijo “que buen día para enamorarme del primer adefesio que se embadurne un cóctel químico en la piel”. No lo saben pero, tu sí y eso cambia todo, ciertamente, como dije, caes en la soberbia pero eso no alimenta el amor propio y si he llegado a una conclusión, es que no hay amor, solo deseo hasta que hace su entrada triunfal “Ego” de la mano de “Súper yo”.

A eso se reduce todo, a amarse antes que amar, a eso se reduce mi vida, jamás seré aceptado si yo no lo hago, jamás seré amado, si yo no lo hago y en ese maelstrom vicioso, la ironía es que uno no puede hacerlo a menos de que sea a través de los ojos de alguien más, así que...

Aquí estoy espejito, espejito... dime la verdad.

La imagen del amargado y vilipendiado ser, de uno destrozado en toda sanidad, desde atrás del cristal, lo miró, lo midió y con un bufido de desprecio... lo juzgó.

No hay químico que funcione... del otro lado del espejo.