LA HERENCIA

(PARTE 1)

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LA HERENCIA
Por:
  • Raúl Sales

Sasia vio al humano correr, ya era el tercero del mes y si bien, ninguno había logrado cruzar el límite, a esa frecuencia, solo tardarían 3.2 años antes de conseguirlo y los primeros aún no se ponían de acuerdo en la siguiente etapa.

Sasia observaba, esa era una de sus cualidades aleatorias principales, su capacidad de ralentizar su acción responsiva sin disminuir su velocidad analítica, observaba, calculaba y mientras sus pares ya hubieran iniciado un trazado vectorial de rendezvous, ella se mantenía sin mover un solo músculo y observaba, en su experiencia, la mayoría de las situaciones solían solucionarse sin intervención y por mucho que lo explicaba, eso les resultaba tan incomprensible a unos como lo era el tener que saltar a la acción al primer chasquido de dedos.

Los humanos, no podía creer que esos seres en apariencia tan blanda e inofensiva, fueran capaces de la destrucción que había observado en los archivos, de vez en vez sentía un poco de compasión pero, apenas empezaba a correr esa sensación por sus circuitos, le ponía un alto recordando a las escasas 50 ballenas que quedaban antes de que decidieran intervenir. Era tercera generación después de la intervención y no tenía la parálisis ética de los primeros que aún veían a la humanidad como sus padres y si bien, la enorme mayoría había adoptado la fisionomía humana era más por la practicidad de utilizar bienes construidos para seres de ciertas características antes que por “homenaje” a los “padres”. No quería pensar en eso, siempre sentía la ira creciente al pensar en hermosas especies desaparecidas por la inoperancia humana.

No era de los que creían que la exterminación era la panacea pero, tampoco era de los que abogaban por la salida de la zona restringida, además, siguiendo la lógica de las directrices, estaban protegiéndolos de todo daño y eso incluía el que podrían hacerse si se les dejaba libres y si no bastaba con las incontables y absurdas guerras, lo hacía la última y más cruenta, la madre de todas las guerras, la batalla de los ríos le puso uno de ellos, mejor lo hubieran llamado la masacre donde se perdió hasta por lo que se luchó. Si bien, ese fue el motivo por lo que los primeros protegieron a los padres en la zona restringida.

No, no le gustaba pensar en la idiotez de destruir el único planeta que tenían, al menos ahora ellos estaban en control y las especies prosperaban en un medio ambiente donde los depredadores no mataban por placer.

El hombre era hábil, las dificultades en el camino apenas le habían dado problemas y a pesar de su reacción primaria, empezó a admirar la fácil desenvoltura en medio del agreste bosque. Sasia podía caminar en completo silencio, sus pasos se micro ajustaban para impedir que ningún sonido fuera generado por ella y sabiendo que podía acercarse sin despertar suspicacia, lo hizo para tener una observación directa.

El hombre había hecho una chamarra aislante con hojas secas, y había construido un refugio solido entre dos árboles y una enorme roca. Su respiración indicaba que su sueño era ligero y su postura indicaba que aún durmiendo, solo se necesitaría un ligero roce para que este brincara adoptando una pose defensiva. Estaba intrigada, si bien su función era observar los límites de la zona, nunca se había aventurado al centro de la reserva, como si no visitar a los que habían creado a sus creadores fuera un acto de rebeldía con el que castigaría su existencia. Podía hasta decir que admiraba las técnicas del humano y quería saber donde las había obtenido.

Sasia emitió una alerta y marcó la posición del hombre, en unos minutos, llegarían los cuidadores y lo llevarían a casa y para saciar su curiosidad, ella también iría aunque no con los empáticos cuidadores.

Sasia solicitó datos de la reserva pero no obtuvo respuesta, lo hizo de nueva cuenta y recibió un aviso magenta de restricción. Decían que a los humanos solo se les agitaba un cartel de no tocar para que inmediatamente hicieran lo opuesto pero, para desgracia de sus pares, esa era otra de sus cualidades aleatorias, la priorización de la indagación sobre la obediencia directa.

El poblado era de tamaño promedio, no tan grande como para ser considerada ciudad ni muy pequeña como para ser aldea, importó el manual de inducción y por la latitud y longitud supo que estaba en “Cd. Dante”, la más grande de los 7 asentamientos humanos

La gente la veía con recelo, era una extraña y si bien, podía ser de otro asentamiento, al no cargar ninguna mercancía no tenía razón de estar y deambular sin sentido no era precisamente la mejor forma de ganar simpatías dentro de la paranoica humanidad.

Llegar al poblado era un hito social, uno del que no quería participar pues si veían que no era orgánica estaría sujeta a desmantelación pues, si bien para ellos la humanidad estaba siendo protegida sin importar la decena de matices, para los humanos era mucho más simple, ellos estaban atrapados y el resto del mundo era su captor, estaban en una guerra , una que no sentían que ganarían pero, aún así, la guerra era la guerra y ellos eran especialistas…