El liberalismo según Alain Touraine

Alain Touraine
Alain TouraineFoto: Especial
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El sociólogo francés Alain Touraine (Hermanville-sur-Mer, Calvados, 1925) publicó hace unos años el libro ¿Cómo salir del liberalismo? (Editorial Paidós, Barcelona), en el cual descubre el significado del liberalismo y las posibles salidas al neoliberalismo – palabra hoy tan de moda en México-. El autor fue uno de los primeros científicos sociales que definió la actual situación como de salida a un liberalismo que había sido hegemónico en la década de los ochenta y parte de los noventa. Habló en múltiples artículos, y después en forma de libro, con mucho más detenimiento y certeza. Touraine entiende que no se debe dedicar más tiempo a denunciar el neoliberalismo y sus secuelas, suficientemente conocidas, sino que la prioridad intelectual consiste en presentar las salidas a esta ideología. Caído el muro de Berlín, excepto en territorios clásico, como las cátedras universitarias y en los servicios de estudio, nadie se reclama del neoliberalismo; los partidos que aspiran a gobernar se disfrazan con mixturas y de terceras vías para no aparecer como lo que se pretender ser.

¿Por qué hacer la transición liberal? Porque en principio, los neoliberales aconsejan a los ciudadanos que renuncien a la construcción de su futuro y se dejen dirigir por el mercado. La idea o concepto de una economía al margen de cualquier control social y político es absurda; la economía consiste en un sistema de medios que se han de poner al servicio de determinados fines políticos. Dice el autor: “existe una inmensa distancia entre decir es necesario liberar a la economía de la ruinosa intervención del Estado y de los modos de gestión social ahora demostrados ineficientes, y proclamar que es necesario que los mercados se regulen por sí mismos, sin la menor intervención exterior”.

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Alain Touraine propone que hay algunos caminos para salir del neoliberalismo que conducirían a coyunturas aún peores. El sociólogo distingue cuatro salidas diferentes. La primera supone una marcha atrás, es decir, atrincherarse en la identidad, en la historia, en la lengua, apelar al Estado para subordinar los problemas económicos, sociales y culturales de cierta lógica estatal. La segunda entiende que la salvación llegará de la rebelión de los dominantes; pero los poderes nacidos de la forma violenta del poder en nombre del pueblo – dominado, explotado, alineado- se han ido convirtiendo en totalitarismos: el Estado que conquistaron algún día se condenó al silencio.

La tercera defiende la creencia de que las innovaciones técnicas y la aceleración de los caminos económicos generarán, por sí mismos, múltiples formas de democracia. La hagiografía de la globalización es una de las enfermedades infantiles de la nueva sociedad en la que acabamos de entrar. Este mundialismo acrítico está al servicio de las fuerzas económicas dominantes. Por último – y quizá sea ésta la más interesante- es una salida que consiste en la formación de nuevos agentes sociales. Se trata de la búsqueda de algo parecido a nuevos sujetos revolucionarios, que recuerda los trabajos de Marcuse en los años setenta; en este sentido, está influenciado por la experiencia de las movilizaciones francesas, difíciles de trasladar a otros lugares del mundo.

Alain Touraine

Mientras predomine la idea de que hay una contradicción insalvable entre los costos económicos y los objetivos sociales, se avanzará sin sentido crítico alguno. A finales del siglo XIX y principios del XX, las naciones que perdían el control de la economía se tiraban de cabeza hacia el llamado nacionalismo; si hoy nos sometemos a los intereses del capitalismo financiero, estaremos preparando un siglo XXI – que ya lo estamos viviendo- todavía más violento y militarista de lo que haya podido ser y que tengamos memoria del siglo pasado. Progreso social y realismo económico no sólo son incompatibles, sino que pueden y deben ir en un mismo camino: lograr la estabilidad de su pueblo.

Touraine “ajusta” en este libro ciertas cuentas pendientes con la extrema izquierda francesa, que le ha combatido constantemente: ha sido extra izquierda feroz la que ha extendido una idea todopoderosa de la globalización que intenta justificar el mantenimiento de las formas tradicionales de la economía dirigida, en nombre de la imposibilidad de configurar nuevos medios de control social.

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Hoy podríamos decir que en Europa la derecha se ha hecho conservadora; si la izquierda practica la denuncia como único análisis, lo que propone cierto enfoque hacia la inacción y la impotencia; y si el centro se muestra ahora como conformista, ¿queda algo por hacer?, se pregunta el sociólogo francés. Esta irracionalidad de los movimientos políticos es producto de muchas inconsistencias culturales, y al mismo tiempo, un desconocimiento total de sus propios desarrollos históricos. “Los ciudadanos – dice Touraine- deben rechazar cualquier discurso que intente convencerlos de su impotencia política, económica y cultural”. Y es cierto, hoy en este siglo XXI tan confuso, revuelto y convulso, la sociedad – es decir, nosotros como ciudadanos – somos los responsables de cambiar y revolucionar a los políticos. La culpa es nuestra también, pues el desafió de saber votar y tomar conciencia es complicado. Necesitamos nuevos gobernantes, pero también, se necesita una sociedad más consciente de que toma va cambiando constantemente, incluso, nuestro rol social y cultural. Esta es quizá una de las grandes lecciones de Alain Touraine: necesitamos cambiar…