“Remontar el pecado de escribir”*: Augusto Monterroso

Monterroso
Augusto MonterrosoFoto: Especial
Por:
  • Miguel Ángel Muñoz

Sin duda una de las características que distinguen a Augusto Monterroso (Tegucigalpa, Honduras, 1921-Ciudad de México, 2003) es su rigurosa y simple forma de abordar la literatura. Cultivador del cuento breve, el cuento largo, la fábula, el diario, el ensayo, Monterroso ha renunciado al pecado de escribir: «Para un latinoamericano que un día será escritor, las tres cosas más importantes del mundo son: las nubes, escribir y, mientras pueda, esconder lo que escribe. Entendemos que escribir es un acto pecaminoso, al principio contra los grandes modelos, enseguida contra nuestros padres, y pronto, indefinidamente, contra las autoridades».

En Tríptico (1996) encontramos la constante del humor, la ironía y la crítica como parte integral de sus textos. Monterroso lanza, de manera calculada, verdades que sacuden al lector, cargadas de una mirada al estilo de Balzac: «En cuanto a mí, trato de ver en lo que he escrito, y apenas, aquí y allá, como a escondidas, he dejado deslizar alguna verdad, un testimonio sincero de tal o cual experiencia vivida o siquiera pensada por mí. Y entonces, ¿a qué tanta palabrería?».

En El concierto y el eclipse (1947), Uno de cada tres y El centenario (1952), Obras completas y otros cuentos (1959), La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1969), Animales y hombres (1971), Antología personal (1975), Lo demás es silencio (1978), Las ilusiones perdidas (1985), Esa fauna (1992) o La vaca (1998) podemos decir que Monterroso reinventa un género literario. En ellos el lector encuentra narraciones pulcras, llenas de paradojas; los personajes que pasean por sus páginas no respetan ni tiempo ni espacio. Tal vez la obra de Augusto Monterroso no tenga clasificación posible. Es un escritor que abre nuevos territorios en la literatura, consciente de los límites y posibilidades de los distintos lenguajes: «El verdadero humor pretende hacer pensar, y a veces hasta reír. Pero no se hace ilusiones y sabe que está perdido si cree que su causa va a triunfar, deja en el acto de ser humorista». Entre sus múltiples premios están: el

Nacional de Cuento Saker-Ti (Guatemala, 1952), el Premio de Literatura Magda Donato (México, 1970), el Xavier Villaurrutia (México, 1975), la Orden del Águila Azteca (México, 1988), el premio literario del Instituto Ítalo-Latinoamericano (México, 1993), el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1997), el Príncipe de Asturias (España, 2000) y el Juan Rulfo (México, 2000), entre otros.

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¿Considera usted, igual que Isaac Asimov, que sus textos «muerden si uno se acerca a ellos sin la debida cautela, y dejan cicatrices y precisamente por eso son provechosos?». De ser así, ¿cuál sería este provecho en el caso de sus textos?

Bueno, supongo que no soy yo quien deba decirlo. Incluso en la introducción general de Tríptico, el poeta y crítico Juan Antonio Masoliver Ródenas se niega a ver en mis libros el peligro de que los lectores se sientan mordidos, manos arriba o decapitados, como sugieren García Márquez y Cardoza y Aragón. En todo caso, habrá lectores a los que les guste verse así. ¿No cree?

¿Considera que sus textos tienen dos caras: una, la mordacidad, y otra, un sentido del humor moralista por momentos?

¿Por qué no? Pero dos caras se me hacen pocas. Me encantaría que tuvieran muchas otras, que dijeran más de lo que aparentemente dicen.

En su libro La palabra mágica señala que «los buenos libros sirven para señalar vicios, las virtudes y los defectos humanos, pero no para cambiarlos». ¿En verdad sus libros no producen un cambio?

Eso supongo. Cuando vemos en serio, sin autoconcesiones, todos queremos cambiar; pero es un querer aparente o sólo momentáneo. Unos minutos después del buen deseo volvemos a ser los mismos y a hacer lo mismo que nos reprochamos en momentos de debilidad.

¿Cómo logra desarrollar en su escritura esta mezcla de sátira y sarcasmo mordaz que fluye en lo obvio?

Si de veras lo logro, la verdad es que me gustaría saberlo. Si supiera qué dosis de esas cosas mezclar, y cómo, ya no tendría ninguna dificultad en mi próximo trabajo, lo que, por otra parte, lo haría muy aburrido. La araña no sabe cómo forma su tela, y si se lo preguntara ella misma se enredaría.

Usted asegura que le aterroriza tener que escribir cualquier texto. ¿Cómo supera esa timidez?

Cuando me aterroriza de veras, sencillamente dejo de hacerlo. Por eso publico poco. Creo que es mejor leer.

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Las primeras críticas que recibió fueron adversas, ya que negaban que su libro Obras completas y otros cuentos tuviera valor literario?

No, no fueron todas negativas; también recibí algunas buenas, de mis amigos escritores de aquel tiempo. Se los agradezco, porque ahora prefieren ignorarme, cosa que también les agradezco, no vaya a ser que sean ellos ahora los que me rechacen. Por supuesto, las críticas positivas o negativas son por lo menos la prueba de que uno existe.

¿Este tipo de críticas influyó en usted para dejar de realizar la crítica literaria?

No. Nunca pretendí escribir crítica de forma regular, aunque sí escribí, y sigo escribiendo de vez en cuando comentarios a ciertos libros, que no es lo mismo.

¿Cuándo llega en usted el momento de autocrítica y autovaloración con respecto al trabajo literario?

Aun antes de emprender cualquier trabajo; una vez emprendido, durante toda su elaboración, en cada párrafo y hasta en cada línea. Supongo que esto se convierte en un mecanismo inconsciente.

¿Por qué tardó más de diez años en publicar su segundo libro La oveja negra y otras fábulas, las críticas al primero le restaron valor para publicarlas?

Tardé en publicarlo porque tardé en escribirlo. Mi problema era de forma, de género. Cuando se me ocurrió el de la fábula, pude expresar en él muchas cosas para las que no encontraba acomodo en el cuento. Así fue.

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¡Podría considerarse cansado de las críticas?

Uno siempre quiere respuestas, a veces cualquier respuesta, con tal de no pasar inadvertido, lo peor que le puede pasar a alguien. No se trata de recibir elogios sino atención.

¿Alguna vez la autocrítica lo ha dejado sin escribir en algún momento de su carrera?

En muchos momentos. Si siempre me hiciera caso, dejaría de escribir. Hay que luchar contra la negatividad excesiva, engañarse un poco, darse un poco de esperanza.

*Esta entrevista pertenece al libro Elogio de la memoria. Ensayos y conversaciones de Miguel Ángel Muñoz, de próxima aparición en Editorial Praxis. “Remontar el pecado de escribir” Entrevista con Augusto Monterroso. Se publicó en el Suplemento La Cultura en México de la Revista Siempre # 2237, 2 de mayo de 1996.