Rubert de Ventós: De la identidad a la independencia

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Por:
  • Miguel Ángel Muñoz

En la mejor tradición del ensayo culto, inteligente y brillante, el escritor filósofo, político y ensayista catalán Xavier Rubert de Ventós (Barcelona, España, 1939), publicó el libro De la identidad a la independencia: la nueva transición (Anagrama); en el volumen el autor utiliza diversos saberes y disciplinas para ilustrar metafóricamente o justificar analógicamente sus tesis: desde los estudios sobre comportamiento animal hasta la ecología, pasando por la historia, las ciencias sociales y la filosofía. Autor de una extensa producción ensayística y filosófica de estética, teoría de la cultura, filosofía práctica (ética y filosofía política) y de filosofía en general, su obra ha adoptado diversas formas: ensayo, recopilaciones de aforismos, dietarios personales o análisis históricos. Su libro El arte ensimismado (1963, Premio Ciudad de Barcelona) es un análisis del arte de vanguardia, una crítica de lo que llamó el fanatismo “de la novedad, y más recientemente, la euforia vanguardista”. En Teoría de la sensibilidad (1968, Premio Lletra d’Or) se apunta a la ruptura con las consecuencias del arte renacentista, patentes todavía en la vanguardia convencional, para llegar a la ampliación del concepto de arte mediante lo que él llama “diseño científico”, una síntesis de arte, ciencia y técnica. Sobre temas de estética ha publicado también Utopías de la sensualidad y métodos del sentido (1973), y La estética y sus herejías (1974, Premio Anagrama de ensayo). En los últimos veinte años ha formado parte de la Comisión por la Dignidad, entidad que reivindicaba la devolución a sus propietarios legítimos de los documentos requisados al final de la Guerra Civil Española, conservados en el Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca hasta el 2005, año en que fueron devueltos a Cataluña.

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En De la identidad a la independencia: la nueva transición, da cumplimiento a otra de las imperativas exigencias del género, las galopadas por el espacio y por el tiempo del autor en torno al nacimiento, el desarrollo y —crisis del Estado— nación alcanzan rotundas conclusiones aligeradas del fárrago demostrativo previa. Al igual que ocurre con los planteamientos orteguianos sobre los visigodos emborrachados de romanticismo, corresponde al lector, la carga de probar las eventuales insuficiencias de la rondada tesis según la cual el Estado-nación tiene la triple estirpe (griega, romana y cristiana), una doble misión (homogenizar dentro y dividir fuera) y una doble legitimación (el monopolio de la violencia y de la violencia legítima).

Tal vez Rubert de Ventós esté más cerca de un estado culturalmente heterogéneo, que de una independencia total. Se diría que los demonios de la polémica le llevan en ocasiones a extremar las diferencias con sus contrincantes o a transformarlos en maniqueos simplemente. Hay que recordar sus grandes y fuertes diferencias con Mario Vargas Llosa, Victoria Camps y desde luego, con Fernando Savater (que de alguna manera busca también un estado heterogéneo en el País Vasco), en torno a los derechos colectivos. Es de sobra conocido que los derechos humanos proclamados por la Declaración Universal de 1948 y garantizados por el Pacto Internacional de 1966 tienen dimensiones colectivas conciliables con su titularidad individual: el derecho a afiliarse a un partido como ciudadano, a elegir representantes como votante y a ser respetado como miembro de una minoría nacional, religiosa, étnica o cultural. El recelo frente a los llamados derechos humanos colectivos no condena al crítico a convertirse en una especie de jinete sin cabeza, sino que descansa sobre el temor a que una vanguardia armada se arrogue el papel de intérprete de la voluntad de una comunidad o a que un grupo nacional imponga sus reivindicaciones irredentistas sobre un territorio ocupado por gente de otra cultura totalmente diferente (hay que recordar en México las estúpidas intervenciones del ejército en Chiapas, la discriminación racial de múltiples mexicanos en la frontera “de la muerte” con Estados Unidos, que parece no terminar; las mal llamadas autodefensas en Morelia, y desde luego, el racismo que se ejerce en México hacia los Centroamericanos que atraviesan la frontera por Chiapas para lograr el “sueño americano”, etcétera). Rubert de Ventós no dice cosas demasiado diferentes cuando subraya que no se trata “de negar o de privilegiar” unos y otros derechos, sino de “reconocer su interdependencia absoluta hasta el punto de que los unos no pueden existir ni consolidarse sin los otros”. Y agrega: “En estas tradiciones políticas se hace patente el origen colectivo de la identidad individual, y nunca sabremos colaborar con ellas si no reconocemos la génesis y la tradición comunitaria de nuestra propia identidad individual”. Rubert de Ventós tiene cierto desdén hacia el patriotismo constitucional de Habermas y la piadosa creencia de Havel que podrían colocarse unas junto con las otras, con muy pocas diferencias de fondo. Tal vez no sea necesario trazar una clara frontera entre las posiciones criticadas por De Ventós y otras conclusiones suyas posteriores: “Vivimos en un mundo de identidades compartidas, de pertenencias múltiples, de dependencias dispersas y, claro está, de soberanías complejas, de perfiles borrosos o difuminados”; y define contundentemente “la necesidad de un marco político y social lo bastante holgado para permitir que las distintas identidades…, interactúen entre sí, y permitan al individuo defenderse de toda tiranía colectiva, incluso la de su misma nación”.

Creo que a Rubert de Ventós tampoco le interesan mucho las fórmulas de democracia consecutiva aplicadas por países donde las facturas lingüísticas, religiosas o culturales hacen inviable —cómo en Bélgica o Holanda principalmente— la democracia de Westminster que concede al partido vencedor por la mitad más uno de los votos el derecho a quedarse con el dinero de las apuestas y la capacidad de decidir sobre todas las cuestiones políticas, étnicas, culturales, etcétera.

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“Habría que encontrar —dice el autor— una manera respetuosa y sutil de asegurar la transición entre esas formas de representación —específicas y diferenciadas— y el sistema parlamentario de las democracias occidentales ¿No es esa en definitiva, lo que define (o debería definir) un modo de obrar democrático? Democrático es hilvanar esta sutura que permita circular al poder desde la asamblea o demos tradicional al legislativo estatal”. De un lado quiere decir Rubert de Ventós va el Estado y del otro, el pueblo:

división simbólica pero real. México vive hoy día un trance de reconversión, es decir, cada vez menos democrático, menos abierto al cambio de poder, y mucho menos multicultural y plural. Es de recordar que en México hay evidencias de la participación activa de las fuerzas policiales y ministeriales de casi todas las jurisdicciones del país —Morelos, Guerrero, Tamaulipas, Morelia, por ejemplo—, y de las fuerzas armadas, que no sólo están involucradas en el crimen organizado, sino que no hay un estricto respeto a los Derechos Humanos. Es necesario dejar atrás el triste y pésimo sexenio de Felipe Calderón, en cuestión de derechos… En este contexto, el relator de la ONU sobre la Tortura, Juan Méndez mostró hace unos días su extrema preocupación por la “inaceptable tragedia de Iguala”, donde “las autoridades municipales en colusión con el crimen organizado hicieron desaparecer forzadamente a 43 estudiantes normalistas, ejecutaron a otros seis, algunos con torturas, e hirieron a más de 20 personas”… Una historia, quizá que nunca sabremos qué pasó en realidad. Hay que dejar pues, que la evolución del cambio, sea real y no una mera ilusión. Sobre todo el futuro de las nuevas generaciones

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