SIGA LAS INSTRUCCIONES

Siga las instrucciones
Siga las instrucciones
Por:
  • Raúl Sales

La fila para entrar a la tienda era abrumadora, entre el cierre de sinnúmero de empresas, el miedo al contagio, o más bien, a enfermar y no encontrar algún “kit de cuidado” más las reglas de urbanidad covitianas que implicaba no tener más de cinco personas dentro de la tienda de conveniencia y guardar metro y medio riguroso entre cada uno de los que hacíamos fila, hacía que la cola fuera similar a una de boda pero sin diversión ni alcohol para mitigar el ridículo.

Avanzábamos lento, demasiado, el letrero rojo que anunciaba 24 hrs era solo una reminiscencia del pasado, un anacronismo de otras normalidades. La cadena de “tienditas” de conveniencia no solo sobrevivió a la debacle del virus sino que medró en medio de la crisis, antes era una opción para evitar el banco, ahora era un Grupo Financiero en forma, no solo cobraba por cada transacción sino que se había dado el lujo de comprar dos bancos quebrados, fusionarlos y dar tratos preferentes que se volvían extraordinariamente atractivos cuando tu tarjeta de débito del banco de la tienda, se convertía por el simple hecho de usarse ahí, en una de crédito, cierto, las tasas eran leoninas pero, a quien le importaba cuando ibas por una docena de huevos, un pan, unas papas y una botella de refresco y el joven de la única caja funcionando preguntaba “¿forma de pago?” y tú, orgullosamente sacabas una tarjeta igual a la decena que colgaban en el mostrador a espera de incautos y... ¡tarán! Tus escasos $20 se transformaban en un crédito revolvente de $20,000 sí y solo sí, compraras ahí, debieras ahí, pagaras ahí y, en pocas palabras, te empeñaras en esa pequeña tienda a la que le pagabas gustoso una comisión fija por salvarte de las enormes filas del banco.

Quedaban apenas unos minutos antes de que cerraran, no importaba que estuvieras adentro, a las 20:00 hrs cerraban y aún teniendo las cosas sobre el mostrador, si daban las ocho, te decían, “lo siento, ya cerramos, haga el favor de salir” y salías obediente pues no querías pelearte con la tienda de tus insumos, de tu gasolina, de tu línea de teléfono, de tu cable, de cada una de tus deudas y en la que seguramente eran tus patrones en alguna de su infinita telaraña de empresas asociadas, es más, si no se asociaban, era probable que terminaran siendo absorbidas, copadas, desaparecidas, en fin, obedecías porque eran, en todo sentido práctico... dueños de tu vida.

Era inútil, podías ajustar tu reloj con el ruido de la llave cerrando la puerta del establecimiento, 20:00 hrs. Ufff, eso me pasaba por dejarlo hasta el último día, mañana pagaría los $75 de recargo y por la cara de los que estábamos en la fila, más de la mitad están igual y es que si bien, los antiguos bancos te cobraban $300 por el retraso, aquí te cobraban $75 y te lo ponían como una de las mil maravillas pero, no te decían que te cobraban 75 diarios mientras los otros bancos te cobraban 300 por el recargo mensual y te llamaban hasta hartar mientras que aquí nadie te llamaba, no les interesaba y terminabas pagando al mes 2,250 aún fuera un peso de crédito y pasando los 2,000... bueno, que Dios te agarre confesado.

La antes bulliciosa avenida estaba desierta, otra de las. “Ventajas” de la tienda de la esquina había sido la aplicación estricta de la ley promovida por sus lobbistas contra el comercio informal, si vendías en la calle y no pagabas impuestos, ibas a la cárcel y tus familiares hasta cuarto grado eran deudores solidarios de la multa de 36,500 Salarios Mínimos y la inhabilitación para ejecutar actos de comercio de ningún tipo, o sea, morirte de hambre por no poder comprar un pan so pena de cárcel para quien cometiera el acto y otros parientes solidarios hasta cuarto grado por otros 36,500 salarios mínimos. Se acabó el comercio informal, las ventas de comida callejera, las fritangas, los vendedores de artículos “made in barrio” y cualquier otro artículo que, por supuesto, podrías encontrar en tu tienda de conveniencia favorita.

Esta vez decidí ir antes de la apertura de las puertas creyendo que sería uno de los primeros y no, soy uno más de las decenas de personas a las que se les ocurrió la misma “genial” idea aunque, no existe prisa, el 60% de los que aún laboramos lo hacemos desde el hogar o mejor dicho, desde nuestros celulares, así que mientras espero bajo el sol ardiente de medio día, empiezo con lo que tengo pendiente, cuando acepté el trabajo en línea creía que sería más divertido pero no, la “reestructuración de las rutas de transporte urbano para generar movilidad sin perder rentabilidad en la ciudad” es solo un título enorme con una diminuta pizca de creatividad, solo tengo que ver un mapa y estadísticas de uso en horarios distintos, o sea, lo que haría un buen software en dos minutos pero, no me quejo, la austeridad me dio empleo y eso es bueno.

Al fin, entro al aire acondicionado, mis pasos se vuelven lentos tratando de disfrutar el cambio de temperatura un poco más de tiempo aunque no puedo mucho tiempo, me voy a los refrigeradores, agarro una cola, una bolsa de cacahuetes y me dirijo a caja, tres de los cinco dentro están haciendo la fila de pago, al igual que yo, solo tienen unas cuantas cosas en las manos, quizá como una forma de honrar lo que alguna vez la tienda de conveniencia fue pero, es probable que solo sea por la vergüenza de entrar a un lugar a hacer otra cosa, algo así como los que iban a las plazas solo a ver y pasar el día.

Mi turno.

-Buen día.- Digo sin esperar respuesta, aún recuerdo cuando al escuchar la puerta abriéndose decían sin siquiera pensar el “buenos días”... otros tiempos, ya sé.

-$55 pesos ¿Forma de pago?-

-Y un depósito.- contesto mientras entrego la tarjeta.

-Primero le cobro... Su tarjeta no pasa.-

-Bueno, entonces primero el depósito y luego me cobras.-

-No se puede “señor”.- Su tono se vuelve gélido de pronto.

-Entonces solo el depósito.- Reviro con rapidez.

-No entendiste.-

Su tono se ha vuelto amenazante y ni rastro del “señor”. Tengo ganas de salir corriendo, saco un arrugado billete de mil y lo pongo encima del cristal del lector, se suponía que solo depositaría doscientos y aguantaría el resto de la quincena con el restante pero, ante el tono del despachador, prefiero pagar lo que pueda.

Arrebata el billete y le pasa un plumón detector, está a punto de pegarle un doble golpe a la pantalla del monitor, cuando ve que el billete tiene una línea morada por donde pasó el plumón, voltea a ver al guardia y yo siento un escalofrío recorriendo mi espina dorsal, balbuceo algo antes de sentir que alguien casi me desprende el brazo por la espalda mientras me aporrean la cabeza contra el mostrador y me levantan del pantalón provocando un ígneo dolor en la entrepierna algún dolor, el de arriba o el de abajo me hacen perder la consciencia.

-Buenas tardes señor. Espero que esté cómodo.-

Miro a ambos lados tratando de despejarme, no logro ubicar el lugar en donde estoy, algo tiene que ver con la penumbra, unas cajas arrugadas, unos huacales y unas chamarras de uniforme colgadas me regresan de golpe a mi situación.

-Le juro que no sabía que era falso.- Dije de forma atrabancada.

-No se preocupe, a todo mundo le ha pasado eso, más en estos tiempos.-

-Le agradezco su comprensión. Por un momento pensé que estaba en problemas.-

-No, para nada, al contrario.-

Su forma de decirlo fue muy peculiar, muy melosa, como si fuera el cebo de miel sobre una muy bien aceitada trampa de oso.

-Me podría decir ¿Qué hago aquí?- Sonaba a la defensiva. No sonaba, estaba a la defensiva.

-Claro, claro. Soy su orientador y estoy aquí para darle la bienvenida a esta gran y feliz familia.-

Algo estaba mal, podía sentir como el cuarto se cerraba sobre mí. Intenté levantarme y una enorme mano me empujó de vuelta al asiento, atrás de mí estaba un enorme tipo de traje y corbata negros y de lentes oscuros a pesar de la penumbra, gritando “guardia de seguridad” y a pesar de la hilaridad provocada por el cliché, la risa se atoraba en la garganta ante el aún más profundo miedo que sentía.

-Quédese sentado y escúcheme que tengo que irme.- Su timbre decía: Se acabó la miel... se cerró la trampa. -Acabemos pronto. Usted ha sido contratado para trabajar con nosotros, de más está decirle que no devengará ningún salario hasta cubrir el adeudo con nosotros.-

-Pero no debo mucho.-

-No es tanto la deuda sino su reincidencia, verá, ayer se venció su cable, su wifi y su fecha de corte, quizá fue una casualidad, la verdad es que no me pagan para esas conjeturas. El caso es que se atrasó en tres pagos lo que genera una cláusula de intervención. Es decir, nosotros intervendremos en su vida hasta que logremos enseñarle una conducta financiera responsable. Así que sin más, bienvenido sea, dormirá, comerá y vivirá aquí hasta que consideremos que su adeudo, que ya quedó claro, no es monetario sino de actitud, sea pagado.-

-...-

-Lo sé, la emoción lo embarga. Bienvenido a esta gran familia donde podrá desarrollar su potencial.- Le estrechó la mano y le puso una pulsera en torno a la muñeca. -Por favor, lea las instrucciones del libro y no, no trate de escapar, ¿ve esa mancha del techo? Es lo que queda de él y lo peor, es que nadie alcanza a limpiarla.-

Se fue dejando un leve olor cítrico de colonia fina, el libro de instrucciones era un enorme tomo, lo abrí por la mitad y las letras eran diminutas, lo cerré y abrí en la primera página, en letras enormes decía: “SIGA LAS INSTRUCCIONES”.

Ahora entendía las largas caras de las personas que atendían, el hosco comportamiento, la amargura, la extrema puntualidad para terminar sus funciones, su eterno “en la siguiente caja le cobran”, ahora entendía tantas cosas, tantas, aunque había cientos de preguntas y planes desesperados de huida, aunque tuviera mil dudas trascendentales y de derechos humanos y legalidad, las más frívolas de todas seguían dando vueltas en mi cabeza opacando a las demás... ¿Cómo supieron mi talla de ropa para el uniforme? ¿Y mi nombre para la placa?