SILENCIO INCRIMNATORIO

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Silencio incriminatorio
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Hay veces en las que no hay nada que decir y todos están esperando que abras la boca para decir la primera barrabasada que cruce tus neuronas. Si algo he de decir en mi favor es que no lo hice, ante toda la presión, ante las miradas acusadoras, ante el gesto de decepción de mis seres queridos, no lo hice. No había nada que decir y en el silencio, cada quien escuchó lo que quería que dijera… curiosamente, nadie “escuchó” nada favorable.

Han pasado diez años de esa decisión, una que me costó todo y que cada vez que creo que la dejé atrás alguien la saca del cajón de los recuerdos y me señala con un flamígero dedo, dicen que el que calla otorga así que mi silencio parecería ser incriminatorio pero, no era nada de eso, ni siquiera sería un silencio cómplice, era un silencio temeroso de lo sucedido. No me juzgues muy duro, aunque, si lo haces, tampoco te preocupes mucho, ningún juicio, por duro que pueda ser, llegará a la dureza de diamante con el que todos me acusaron y en el que yo, me dejé paralizar por el miedo y ese, ese es mi peor pecado.

Hace diez años, un 23 de enero, mi vida, gris y monótona, tuvo un giro de opuesto, del escepticismo a la credulidad en una prueba, en un sujeto, en un visto y no visto de un agujero que aparece de la nada, donde un conejo blanco andando en dos patas y vistiendo un chaleco de lana hilada, sale y sin más, agarra a la rubia niña de lazo azul que corría por el parque y desaparecen… Por supuesto que la policía, ni los transeúntes y por supuesto, tampoco los padres, creyeron ni por un momento lo que vi y uno insinuó burlonamente que yo estaba “volando” en el país de las maravillas y si no se carcajearon fue por el llanto de la desconsolada madre y el grito del padre enfurecido que me amenazaba para que le devolviera a su nena.

De ahí todo fue en picada y el ¿quién teme al lobo feroz? Será muy distinto cuando conozcan a la bestia, un tipo violento, cubierto de pelo, con una protuberante y extensa frente, un tipo que se camina tan silencioso que no lo escuchas y que por alguna inexplicable razón, parece asqueroso y no obstante, no desprende ningún efluvio. El lobo, así apodaron al caníbal que devoró a una anciana en el bosque, lo sé porque él fue el enviado a narrarme la verdad de un mundo que entra en contacto con nosotros y del cual se nutre, que ha sido contado en nuestros libros haciéndonos creer que son la fantasía delirante o tierna de una fructífera mente, una maravillosa forma de quitarnos el miedo a lo real de su existir y al odio profundo, arraigado, violento que nos profesan.

No fui yo en ninguna de las imputaciones pero, en todas “estuve solo” en todas aparecían los sonrientes rostros de quienes creías no existían, de luminosos personajes que resultaron existir y ser más oscuros que la noche sin estrellas.

Se llevan a nuestros niños para hacerlos crecer bajo el yugo te terror, para ver a los seres humanos ser humillados, sobajados, quebrados… y aquí vienen a convertirnos en realidad nuestras pesadillas. No, no puedo hablar, no hay nada que decir, no es porque sea imposible de creer en un conejo secuestrador, un hombre velludo sin olor y con un ansia antropófaga, de princesas sanguinarias que cumplen cabalmente todo el catálogo de perversiones.

No fui yo pero nadie lo creerá y tampoco hay nada que decir, a menos de que quiera que vengan por mis pequeños sobrinos, lo peor es que sé que así están torturándome y lo disfrutan y mientras, cuando creo que todo pasó, alguno de ellos le susurra a alguien “asesino”, “pederasta”, “violador” y no importa que no sea cierto, las pruebas dicen que yo fui el último en ver a cada uno de los niños y no, no hay nada que decir pues, mientras se ocupen de mi continuo tormento, significará que no lo hacen con nadie más y eso es lo único que puedo hacer por ustedes, disculpen que no pueda hacer más pero, si una noche despiertan con un ligero aroma a sal en el cuarto, y una sirena con su repugnante y resbaladiza cola acosando tu pierna, sus afiladas uñas, recorren tu espina dorsal y su perfecta voz te insulta, te sobaja y te humilla mientras describe a tu sobrina y como tiene ganas de calvarle sus afilados dientes en su tierna y suave carne, sabrán el terror real pues nadie creerá eso y entonces recordarás que cuando la única vez que llamaste para contarlo y cuidarlos, la policía llegó de inmediato para encontrar en perfecta descripción al infante que yacía en un charco de sangre. El niño que solo tú sabías donde estaba y que pasaba y claro, tus huellas aparecen en lugares que nunca visitaste y que ya, nunca lo harás.

Estoy por morir así que, querido lector, no creas sus mentiras, ningún “clásico” de la literatura es “bueno” y sus historias, como las conocemos son luminosas. Si, el niño vio el palacio en el mar antes de perecer ahogado, el lobo les ponía una capucha roja para encontrarlos a lo lejos y los tés del sombrerero son la excusa perfecta para su burla. Tengan cuidado con las lecturas antes de dormir, son llamadas para

No había nada que decir y cada uno me juzgo e interpretó a su antojo mi silencio, cuando, en realidad… callé por ustedes… y por miedo.

Tengan cuidado con los cuentos para dormir si no quieren pesadillas y no duerman donde hay juguetes… esos suelen ser aún más viscerales al verte descansar. Tengan cuidado pues si van por sus seres queridos… nadie les creerá lo que sucede… de verdad, así que, guarden silencio y traten de vivir… en silencio… créanme… será lo mejor.