Terrenos delineados con cal, ajenos a la simetría perfecta, se convierten en espacios de sana rivalidad. Ni el polvo, ni las piedras, ni la lluvia detienen el balón; ahí, la pasión se transforma en sudor y en un orgullo colectivo por la camiseta del barrio.

Al realizar estas imágenes me fue imposible no hacer una analogía con nuestra realidad. Encontré en la cancha la metáfora perfecta de lo que vivimos día a día como sociedad. En la calle, como en el juego, convivimos bajo normas y códigos que determinan nuestra conducta. Para que todo funcione, se exige honor y respeto mutuo. Si analizamos a fondo este paralelismo, comprenderemos que el deporte y la vida civil comparten exactamente la misma esencia: la necesidad absoluta de reglas claras.

Al cerrar este paralelo entre la cancha y la sociedad, los invito a recordar que construir un mejor país es un trabajo en equipo. El Mundial es cada cuatro años y el partido de barrio cada fin de semana, pero en la cancha social jugamos a diario. Hagamos que sea funcional, justa y agradable, sin que nadie quede fuera de lugar.












España gana primera eliminatoria en 16 años

