Una sensación gemela

Malacría (Sexto Piso, 2025), primera novela de la poeta Elisa Díaz Castelo, nos sumerge en una historia de misterio protagonizada por tres mujeres de distintas generaciones. A través de sus experiencias vitales, la autora las lleva a explorar mundos posibles y a viajar al pasado. Alonso Tolsá resalta cómo la narración se construye de forma fragmentaria, mezclando géneros literarios en las voces de este linaje femenino

Una sensación gemela
Una sensación gemela Foto: Imagen: Especial

Elisa Díaz Castelo (CDMX, 1986) ha sabido recrear artísticamente conceptos derivados de materias como la física y la astronomía (refracción, gravedad, entropía, tiempo y espacio, etcétera). Considerablemente explorados por la filosofía y la ciencia, estos temas y su tradición están presentes en la poesía de la escritora: por ejemplo, Principia (Tierra Adentro, 2018) y El reino de lo no lineal (FCE, 2020) tratan las imposibilidades de la materia suplidas por el decir poético, y la transformación y el menoscabo inevitable de las cosas.

Malacría no es la excepción. En ella, Díaz Castelo desarrolla el concepto de Twin Earth, propuesto por Hilary Putman en 1975, con el que el filósofo pretendía mostrar que los significados lingüísticos no están en la mente sino en el exterior. En la novela, convencida de la verdadera existencia de esa Tierra-otra, Perla convierte esta demostración especulativa en una obsesión. Así, el terreno semántico de Malacría está vinculado al de gemelidad y refracción, expresado en el mundo material con luces sobre cuerpos de agua, fotografías, espejos y demás superficies destinadas a duplicar la realidad. Esta idea da cuenta del trabajo estructural de la obra y su consistencia argumental.

EL UNIVERSO DE DÍAZ CASTELO, lo mismo lo habitan las órbitas de los planetas que los aromas, la orografía que forman los cuerpos bajo las sábanas, el embelesamiento provocado por las ruinas, la perfección de las figuras geométricas o el color rojo. Bajo este último, la autora compuso doce cuentos que publicó con el título de El libro de las costumbres rojas (Elefanta, 2023). Ya que “no nos basta el rojo para decir el rojo”, en Malacría, uñas, labios, zapatos, alfombras y sillones se revisten de esta coloración; aquí, el rojo no sólo es indicio de vida y muerte sino también de enfermedad y cicatrices físicas y emocionales. Díaz Castelo destaca la singularidad psicológica de sus protagonistas: Ele sufre de despersonalización, Perla de “episodios” de bipolaridad, Cecilia de asaltos epilépticos y Silvia de una incomprensible obcecación por Marcelo y el I Ching.

A la par de exponer la genealogía de Elena, Malacría es la historia del descubrimiento de un traumático secreto familiar que, aún sin que ellas lo sepan, fractura a los personajes. Estos experimentan las consecuencias de una herida oculta, de la que se emancipan parcialmente a través de los cuidados mutuos y la conquista de la autosuficiencia. La narración avanza gracias a la intrincada búsqueda de Perla, que emprenden Ele y Jeni, por la Ciudad de México y Tequesquitengo, pueblo morelense cuyos habitantes en su día se vieron forzados a desplazarse a raíz de una inundación deliberada, que alude metafóricamente a las lesiones sumergidas en la piel. La fascinación de Díaz Castelo por las ruinas y sus significados se cifra previamente en unos versos del “Poema en presente indicativo” incluido en Planetas habitables (Almadía, 2022).

Tal vez las cosas llegan a sí mismas sólo cuando están rotas, no existen [de veras, más que a la mitad de su propia [destrucción.

LA FASCINACIÓN DE DÍAZ CASTELO POR LAS RUINAS Y SUS SIGNIFICADOS SE CIFRA PREVIAMENTE EN UNOS VERSOS DEL ‘POEMA EN PRESENTE INDICATIVO’ INCLUIDO EN PLANETAS HABITABLES

Contada en fragmentos, Malacría evidencia el talento lírico y las preocupaciones formales de Díaz Castelo, quien otorga variedad de registros vocales, por ejemplo, mediante el uso de un “cuaderno contable” que hace de diario y libreta de estudio de alemán, de cuadrados dedicados a la memoria, o de apartados que enlistan objetos que Cecilia guarda bajo llave o perros visados en el trayecto a la casa de Silvia. Es inmejorable la imitación de la dicción castellana de la argentina Silvia así como la de la estadunidense Jeni; igualmente, el cuidadoso simbolismo que permea los apelativos de fármacos de salud mental de los perros Valeriana y Aldol. La novela se inscribe, sobre todo, en el camino trazado por Tarantela de Abril Castillo y Restauración de Ave Barrera; difícil no ver en esta última obra una influencia por el nexo elizondeano con los objetos (las fotografías y el coleccionismo), así como la presencia del I Ching y un exhaustivo manual médico.

Malacría madura sin prisa. Se muestra en atisbos que llegan a generar tedio durante la primera mitad, un rodeo acerca de los presupuestos de los personajes: profesiones, enfermedades, relación con los perros y las ruinas, en la que no termina de hacerse notar el conflicto. A pesar de la clara adscripción feminista de Malacría, Díaz Castelo decide concluir con un mensaje político (¿Qué piensan hacer ahora? / queremos / nosotras queremos / vivir / sobrevivir) que le da un carácter panfletario. Sin duda, al ser una autora que ha escrito libros en casi todos los géneros literarios —además de la poesía, el cuento y la traducción, con Proyecto Manhattan (Antílope, 2021) cultivó las convenciones teatrales—, las expectativas que generó su primera novela resultan demasiado elevadas y, por lo mismo, perniciosas.

Temas: