y decíamos que parecía
a las cosas de encantamiento
que cuentan en el libro de Amadís. 1

La identidad chicana en el Palacio de Bellas Artes
En 1940, Alfonso Reyes publicó el poema “Polvo”, en el que expresa una dolida queja y enorme desencanto por la destrucción de su “alto valle metafísico”. Se preguntaba y daba una respuesta sobre los posibles responsables:
¿Es ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Por qué se empaña, por qué se amarillece? ¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis como, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro valle mismo desaparece. 2
Se trata de un poema con un tono y una mirada completamente diferente al ensayo que publicó en 1917, Visión del Anáhuac, en cuyo epígrafe se lee el conocido “Viajero: has llegado a la región más transparente del aire”. Es verdad que el propio autor había agregado al título de su escrito la fecha “1519”, dando a entender que su
fascinación principal se refería a una época pretérita, pero no cabe duda que el regiomontano seguía embelesado con la memoria que conservaba, tal vez alimentada por la distancia de su estancia en España, del paisaje del Valle de México:
Lo nuestro, lo de Anáhuac, es cosa mejor y más tónica. Al menos, para los que gusten de tener a toda hora alerta la voluntad y el pensamiento claro. La visión más propia de nuestra naturaleza está en las regiones de la mesa central: allí la vegetación arisca y heráldica, el paisaje organizado, la atmósfera de extremada nitidez, en que los colores mismos se ahogan, compensándolo la armonía general del dibujo; el éter luminoso en que se adelantan las cosas con un resalte individual. 3
¿Qué es lo que había pasado en el transcurso de unas cuantas décadas para alterar radicalmente el ánimo y la mirada de Reyes a su tan querido Valle? Parece increíble, pero en unos cuantos años se acentuó una de las devastaciones ambientales más intensas registradas en la historia del país y del mundo. No es que pudiera fijarse una fecha exacta, pero la inauguración del Desagüe del Valle contribuyó a ese proceso. A partir de entonces y sobre todo entre 1920 y 1970 el agua en todas sus formas —lagos, ríos, humedales y manantiales— comenzó a desaparecer de la geografía del Valle, pero no sólo como resultado de las obras del porfiriato, sino debido a las políticas que se adoptaron a partir de la Revolución Mexicana de poblar indiscriminadamente la tierra que rodeaba a la ciudad, desecar los lagos, entubar los ríos y drenar la Cuenca de México. A esto debe sumarse una política de industrialización y una apuesta rotunda de los gobiernos capitalinos por la movilidad automotriz. Aquello generó una contaminación atmosférica que nos sigue ahogando hasta nuestros días. Todo lo anterior llevaría a perder en poco tiempo algo tal intangible, tan etéreo, tan poderoso como es el paisaje. El legendario Valle de México que tal vez se ha perdido para siempre.
¿En qué consistía y cómo se expresó ese encantamiento por el paisaje que ofrecía el Anáhuac? Sus raíces son tan antiguas y profundas que se remontaban hasta los tiempos de la Conquista y tenemos conocimiento de ellas por los propios testimonios que nos dejaron los cronistas. Cuando descendieron desde la Sierra Nevada hacia el Valle de México lo que presenciaron, una mañana de 1520, los dejó deslumbrados. No lo podían creer. Lo que vieron a su entrada en las poblaciones del oriente y lo que se veía a la distancia era parecido a un sueño. Bernal Díaz del Castillo lo dejó escrito en su célebre Historia verdadera de la conquista de la Nueva España:
LA CARTOGRAFÍA COLONIAL DEL SIGLO XVII OFRECE UNA IDEA APROXIMADA DE LO QUE UN VISITANTE HUBIERA VISTO AL ENCONTRARSE CON EL HORIZONTE DE LA MAGNÍFICA CAPITAL DE LA NUEVA ESPAÑA, EMPOTRADA EN EL MEDIO NATURAL LACUSTRE DEL VALLE
Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras poblazones y aquella calzada tan y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, cómo veíamos. 4
Aunque menos efusivo para expresar sus emociones, Hernán Cortés tampoco logró sustraerse al deslumbramiento que le producían los nuevos descubrimientos y en la Segunda Carta de Relación, dirigida al emperador Carlos v, se refirió a lo que contempló en la ciudad de Iztapalapa así:
Tendrá esta ciudad de Iztapalapa doce o quince mil vecinos, la cual está en la costa de una laguna salada, grande, la mitad dentro del agua y la otra mitad en la tierra firme. Tiene el señor de ellas unas casas nuevas que aún no están acabadas, que son tan buenas como las mejores de España, digo de grandes y bien labradas… tiene muchos cuartos altos y bajos, jardines muy frescos de muchos árboles y rosas olorosas; así mismo albercas de agua dulce muy bien labradas, con escaleras hasta lo hondo. 5

En décadas posteriores a la Conquista, durante la era colonial, la Ciudad de México y su entorno natural envolvente siguieron ejerciendo su fascinación. En la obra de Francisco de Cervantes de Salazar, México en 1554. Tres Diálogos Latinos, publicada en 1554 por el impresor Juan Pablos, el oriundo de Toledo y avecindado en la Nueva España desde 1551, rector de la Real y Pontificia Universidad de México, recrea en el tercer diálogo una visita imaginaria a los alrededores de la ciudad y en voces de tres amigos, Zamora, Suazo y Alfaro, recorre diversos puntos de los alrededores hasta llegar al cerro de Chapultepec y desde ahí contemplan la vista maravillosa que se les ofrece, lo que mueve a Alfaro a decirle a sus interlocutores:
¡Dios mío! qué espectáculo descubro desde aquí; tan grato a los ojos y al ánimo, y tan hermosamente variado, que con toda razón me atrevo a afirmar que ambos mundos aquí reducidos y comprendidos, y que puede decirse de México lo que los griegos dicen del hombre, llamándole microcosmos o mundo pequeño. Esta ciudad toda asentada en un lugar plano y amplísimo, sin que nada la oculte a la vista por ningún lado… Desde las lomas hasta la ciudad (cosa que realza su mérito) hay por cualquier lado diez leguas, y aún más, de campos de regadío, bañados por las aguas de acequias, ríos y manantiales. 6
En 1604 el poeta Bernardo de Balbuena, nacido en Valdepeñas, España, publicó su himno de alabanza a la ciudad de México titulado Grandeza Mexicana, y que es una ampulosa loa a una ciudad que aún no perdía su carácter lacustre:
¡Oh inmenso mar donde, por más
[que crecen
las olas y avenidas de las cosas,
ni las echan de ver ni se parecen!
Cruzan sus anchas calles mil hermosas
acequias que, cual sierpes cristalinas,
dan vueltas y revueltas deleitosas
llenas de estrechos barcos: ricas minas
de provisión, sustento y materiales
a sus fábricas y obras peregrinas. 7
La cartografía colonial del siglo xvii ofrece una idea aproximada de lo que un visitante hubiera visto al encontrarse con el horizonte de la magnífica capital de la Nueva España, empotrada en el medio natural lacustre del Valle. El plano atribuido al talentoso ingeniero-arquitecto Juan Gómez de Trasmonte fue realizado en 1628, poco antes de la catastrófica inundación que cubrió de agua a la capital de 1629 a 1635. Esta obra cartográfica brinda una maravillosa vista de la ciudad española rodeada por las aguas en gran parte de su extensión, el Acueducto de Santa Fe y diversas acequias, entre ellas, la llamada Acequia Real adherida a un costado del Palacio Virreinal y de la Plaza Mayor.
Ya avanzado el siglo xviii persistía el asombro y la admiración ante el espectáculo, como puede leerse en las elaboradas palabras del presbítero y bachiller Juan de Viera, nacido en Puebla alrededor de 1720, administrador de El Colegio de San Ildefonso en las décadas de 1770 y 1780, quien escribió entre 1777 y 1778 una descripción que no escatima elogio alguno en su Breve y compendiosa narración de la Ciudad de México:

No blasonen los argivos las grandezas de la antigua Menfis ni de la noble Tebas, ni los romanos las opulencias de la celebrada Roma; pues si cada una de estas hermosísimas ciudades fue asombro en su riqueza y hermosura, la noble imperial ciudad de México hace competencia a todas en su clima, en su situación, grandeza y edificios, en su fertilidad y abundancia; pues es su plan el más hermoso que se pueda discurrir ni imaginar. Está situada en un hermosísimo valle cuya circunferencia es un abreviado diseño del paraíso, porque la circundan tres hermosísimas lagunas bastante grandes y capaces, que pudieran navegar por ellas muchos bergantines, como de facto navegaron cuando su conquista. 8
Una de las evocaciones más intensas fue la que nos legó el gran sabio alemán Alexander von Humboldt en su obra magna, el Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, publicado en 1811, muy cercano el final de la era colonial. Llegó a México en 1803, donde pasaría casi un año. Además de hacer excursiones por Chapultepec, el Tepeyac y las obras del desagüe en Huehuetoca, incursionó en los archivos del cabildo para conocer la historia de la Ciudad de México desde la época de Tenochtitlan y se interesó por entender y dilucidar la problemática hidráulica, especialmente lo concerniente a la construcción de las obras del desagüe. La sección dedicada a la Intendencia de México del
libro tercero, contiene una de las investigaciones más acuciosas sobre la historia hídrica de la Cuenca de México, que sigue asombrando hasta nuestros días a los escritores y académicos por su precisión, profundidad y entendimiento. El geógrafo y naturalista alemán quedo embelesado por la belleza del paisaje del Valle:
Ciertamente no puede darse espectáculo más rico y variado que el que presenta el Valle, cuando en una hermosa mañana de verano, estando el cielo claro y con aquel azul turquí propio del aire seco y enrarecido de las altas montañas, se asoma uno por cualquiera de las torres de la catedral o por lo alto de la colina de Chapultepec… La ciudad se presenta al espectador bañada por las aguas del lago de Texcoco, que rodeado por los pueblos y lugarcillos, le recuerda los más hermosos lagos de las montañas de la Suiza. 9
Al mismo tiempo que se dejaba deslumbrar por el espectáculo, no dejó de observar
puntualmente que las condiciones que permitían tanta belleza natural se estaban erosionando. La profundidad y extensión de los lagos venía menguando y los bosques circundantes se estaban agotando.
Otros viajeros han dejado descripciones de sus visitas a paseos lacustres, como fue el caso de Frances Erskine Inglis, mejor conocida como la marquesa Calderón de la Barca. Nació en Escocia, pero vivió en Estados Unidos y ahí conoció y se casó con el diplomático español Ángel Calderón de la Barca. Residió en México de 1838 hasta 1842. Al año siguiente, publicó Life in Mexico, obra que se tradujo al español por primera vez en 1920. Viajó extensamente por el país y en particular por la Ciudad de México y sus alrededores, haciendo agudas observaciones sobre la sociedad mexicana, su vida política, costumbres y paisajes.
En sus múltiples paseos por todo el Valle de México, nunca dejó de admirar y maravillarse de los paisajes con los que se encontraba. Se paseó por Tacubaya, la Villa de Guadalupe, por San Agustín de las Cuevas (Tlalpan), el pueblo de Santa Anita, el Paseo de Bucareli. Uno de sus lugares favoritos fue el Paseo del Canal de la Viga, cuyas descripciones son en verdad elocuentes y de gran belleza expresiva:
Vamos a veces a la Viga, a las seis de la mañana, para ver a los indios cuando traen por el canal las flores y las legumbres. La profusión de guisantes de olor, de amapolas dobles, agapandos, alelíes y rosas no la he visto en ninguna otra parte. Tal parece que cada india, en su canoa, va sentada en un flotante jardín de flores. 10
Por supuesto no dejó de visitar el cerro y el castillo de Chapultepec desde donde pudo admirar todo el Valle:
Y desde la misma roca donde se yergue el castillo, pudo dominar con la vista el valle fértil y la gran ciudad, con las canoas cubriendo los lagos; la extensión de pueblos y templos, los floridos vergeles y un futuro sin recelo ¡como si nunca pudiera empañarse una visión tan esplendente! 11
No deja de llamar la atención que, careciendo de una formación científica, la marquesa lograra detectar puntualmente que el marco natural de esa belleza se estaba deteriorando. Lectora asidua de Humboldt, observó que el nivel de los lagos estaba bajando y que las partes elevadas del Valle se estaban desforestando con efectos muy nocivos:
Más tarde, los españoles, como lo hacen siempre los nuevos colonos, cortaron los grandes árboles de este hermoso Valle, lo mismo en la llanura que en las montañas, dejando suelo desnudo expuesto a los implacables rayos del sol… los límites de los dos lagos, el de Zumpango y el de San Cristóbal, al norte del Valle, se habían reducido, y el lago de Texcoco, el más hermoso de los cinco, dejó de recibir sus derrames. De este modo ha disminuido el peligro de las inundaciones, pero también ha disminuido el agua y la vegetación, y los suburbios de la ciudad cubiertos una vez por el hermoso verdor de sus jardines, no presentan en el día sino una costra de sales eflorescente. Especialmente cerca de San Lázaro, que con su estéril blancura parecen el adecuado marco a las infortunadas víctimas de la lepra, encerradas detrás de las paredes de ese hospital. 12
OTRO EJEMPLO DE UN ESCRITOR FASCINADO POR EL PAISAJE DEL VALLE DE MÉXICO FUE JOSÉ ZORRILLA, AUTOR DE DON JUAN TENORIO (1844), QUIEN VIVIÓ EN MÉXICO DE 1855 A 1866
Otro ejemplo de un escritor fascinado por el paisaje del Valle de México fue el hispano José Zorrilla, autor del célebre Don Juan Tenorio (1844), quien vivió once años en México de 1855 a 1866. Hizo descripciones de la vida en las haciendas situadas en San Ángel, Tacubaya, Chalma, Otumba. Durante sus últimos años en México, en pleno imperio, conoció al emperador Maximiliano y éste lo nombró director del Teatro Nacional. Trató al infortunado austriaco y describió una comida que hicieron juntos en el Castillo de Chapultepec:
Quien no ha visto México desde Chapultepec, no ha visto la tierra desde un balcón del paraíso: Maximiliano se extasiaba contemplando aquel fragante y gigantesco canastillo de flores, puesto al pie de los nevados picos de la Sierra Madre, que le devuelve por el aroma fresco de sus jardines de Iztapalapa, el cedríneo perfume de sus alerces cimbradores y de sus retorcidos enebros. Allí, en aquella galería, exclamó una tarde el infeliz príncipe austriaco, respirando a pleno pulmón aquel aire salubre, y dilatando sus pupilas azules a aquella luz tibia y transparente: Así deseo yo que me dé Dios luz y aire, para morir bendiciéndole. ¡Y Dios le Oyó! 13
NOTAS
- Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Editorial Porrúa, 2002, p. 159.
- Alfonso Reyes, Palinodia del Polvo, 1951. De acuerdo con Javier Garciadiego, el poema lo escribió Reyes en 1940 y apareció publicado en 1951 en el libro Ancorajes. Javier Garciadiego, Orígenes de la popularidad de Visión de Anáhuac, boletín editorial 180 de El Colegio de México, “Alfonso Reyes a 130 años de su nacimiento y 60 de su fallecimiento”, octubre-diciembre, 2019.
- Alfonso Reyes, “Visión de Anáhuac”, Alfonso Reyes. Antología, FCE, 2016.
- Bernal Díaz de Castillo, op. cit.
- Hernán Cortés, Cartas de Relación. Segunda Carta de Relación de Hernán Cortés al Emperador, Carlos V, Editorial Porrúa, 2007, pp. 61-62.
- Francisco de Cervantes de Salazar, México en 1554, Tres Diálogos Latinos, Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, pp. 70-71.
- Bernardo de Balbuena, Grandeza Mexicana, Academia Mexicana de la Lengua, México, 2014, pp. 175-176.
- Juan de Viera, Breve y compendiosa narración de la Ciudad de México, op. cit. 1992, p. 1.
- Alejandro von Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, op. cit., pp. 119-120.
- Madame Calderón de la Barca, La vida en México, Porrúa, p. 138.
- Ibid., p. 82.
- Ibid., pp. 142-143.
- José Zorrilla, Memorias del tiempo mexicano, conaculta, México, 1998, p. 19.

