¿Cómo es posible sentir gusto por la vida y gozo en las relaciones afectivas si la base de la convivencia es someter, castigar e imponer? ¿Cómo experimentar plenitud o satisfacción por el trabajo sabiendo que otros fueron sacrificados, que sobreviví gracias a mi silencio, y que mi propia supervivencia dejó atrás destrucción y muerte? Asimilar situaciones donde los acontecimientos nos rebasan, vivir en paz, no es un simple acto de voluntad.
Temprano mediodía (fragmento)
Donde el cielo de Alemania ennegrece

Decálogo de Memphis
la tierra,
busca su ángel decapitado una tumba
para el odio
y te entrega el cuenco del corazón.
Un puñado de dolor se pierde sobre
la colina.
La experiencia de la Segunda Guerra Mundial, sus secuelas, son el sustrato de la obra poética y narrativa de Ingeborg Bachmann. La escritora hace evidente por qué es un acto de violencia obligarnos a acallar el dolor, la impotencia y el duelo. Puede ser insoportable ignorar vivencias aún latentes, con el fin de dejarlas atrás. La anestesia no sana las heridas, posterga el dolor. Bachmann se atreve a hablar de la dificultad de vivir y amar en un mundo marcado por el trauma. Acudir a su obra nos hace conscientes de cómo, con facilidad, se nos olvida: en las guerras íntimas, con otros, o entre países, todos perdemos, nadie queda ileso.
Exilio (fragmento)
Un muerto soy que deambula
no inscrito ya en parte alguna
desconocido en el reino del prefecto
que sobra en las ciudades de oro
y en el campo y su verdor.
Ingeborg Bachmann nació en 1926 en Austria. En 1938, cuando Alemania anexionó a Austria a su territorio, ella tenía 12 años. Bachmann sentía rechazo a los cantos nazis y se vio obligada a enseñarlos a otros niños. La asfixia y ansiedad dentro los bunkers, la necesidad de pensar sólo en la supervivencia, la marcó con la sensación de un tiempo suspendido, dolor y miedo sin fin:
Tiempo postergado (fragmento)
Vienen días más duros.
El tiempo postergado hasta nuevo aviso
asoma en el horizonte.
Al terminar la guerra, Ingeborg Bachmann decidió estudiar en Viena, se doctoró en filosofía y formó parte del Grupo 47, donde también militaron Ilse Aichinger, Paul Celan, Heinrich Böll y Günter Grass, por mencionar sólo algunos. Con el Grupo 47 compartió un proyecto de gran trascendencia para sus miembros: cambiar al mundo es cambiar el lenguaje. La intención fue limpiar las palabras, usar el significado más literal, para reconocer así su poder de construir la realidad y, al mismo tiempo, mostrar sus limitaciones si queremos comprender.
Recibió múltiples premios por su trabajo literario y guiones radiofónicos, publicó poesía, novela y cuento. En vida disfrutó de ser una escritora relevante. Se han traducido al español su poesía completa, las colecciones de relatos Ansia y otros cuentos, Tres senderos hacia el lago y su única novela Malina. En su poesía y narrativa Bachmann devela la insuficiencia de las palabras para expresar la totalidad de la experiencia humana. Habla de algo común a todos: a veces nos resulta imposible nombrar con claridad qué pensamos y sentimos. El lenguaje es una frontera: permite el encuentro, pero también provoca desencuentros; facilita el entendimiento, pero también nos enfrenta a la incomprensión. Las palabras pueden tener múltiples significados, el sentido está en el contexto y, a veces, se nos escapa. La verdad íntima, de cada cual, es inalcanzable. Esa conclusión llevó a Ingeborg Bachmann a renunciar a escribir poesía, así lo expresó en su poema:
EL LENGUAJE ES UNA FRONTERA: PERMITE EL ENCUENTRO, PERO TAMBIÉN PROVOCA DESENCUENTROS; FACILITA EL ENTENDIMIENTO, PERO TAMBIÉN NOS ENFRENTA A LA INCOMPRENSIÓN.
Nada de Delikatessen (fragmento)
¿Debo aprisionar un pensamiento
llevarlo a la iluminada celda de una frase?
¿Alimentar oídos y ojos
con bocados de palabras de primera?
¿Investigar la libido de una vocal,
averiguar el valor de amateur de nuestras consonantes?
¿Tengo que, con la cabeza apedreada,
con el espasmo de escribir en esta mano,
bajo la presión de trescientas noches
romper el papel, barrer las urdidas óperas
de palabras,
destruyendo así: yo tú y él ella lo nosotros vosotros?
(Que sea. Que sean los otros).
Mi parte, que se pierda.
El silencio es parte del lenguaje: no hablar también es demostrar desacuerdo, una forma de protegerse. Cómo usamos las palabras es un acto de resistencia si lo hacemos de forma consciente. Ingeborg Bachmann usó la palabra para enfrentar el trauma, denunciar la violencia, la opresión, hacer evidentes las mentiras, la manipulación en los discursos de poder, no sólo por parte del Estado, también entre las personas. Para ella el fascismo, el germen de los regímenes totalitarios, dejar de reconocer nuestra humanidad, se gesta en lo cotidiano, en la lucha por el poder entre hombre y mujer, en cualquier relación donde prevalece el afán de dominar a otro.

Sueños de trenes, de Clint Bentley

