FILO LUMINOSO

Una batalla tras otra. De Paul Thomas Anderson

Leonardo DiCaprio interpreta a "Ghetto" Pat Calhoun / Bob Ferguson, un ex activista político y revolucionario.
Leonardo DiCaprio interpreta a "Ghetto" Pat Calhoun / Bob Ferguson, un ex activista político y revolucionario. Foto: Cortesía del autor

¿Cómo comunicar la desesperanza de estar viviendo en un estado autoritario que está desmantelando la Constitución, participando activamente en un genocidio, borrando las conquistas del movimiento de derechos civiles, enjaulando rutinariamente inmigrantes y solicitantes de asilo, bombardeando lanchas en aguas internacionales, amenazando al mundo con aranceles usureros o misiles? ¿Cómo denunciar a un gobierno que ya ni siquiera se toma la molestia de ocultar su racismo, xenofobia, homofobia, transfobia e intervencionismo ni sus ostentosas maniobras para enriquecerse?

La nueva película escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (PTA) es una sátira del estado policiaco-corporativo-militar que vive bajo el control de una cúpula de billonarios, fanáticos, nacionalistas blancos, cristianos en la vertiginosa y caleidoscópica Una batalla tras otra. La cinta arranca con una lucha utópica y violenta que evoca al idealismo de los años 60. Un grupo revolucionario, The French 75 (el nombre de un coctel con ginebra, champaña, limón y azúcar), libera inmigrantes detenidos, roba bancos, dinamita edificios corporativos, defiende los derechos de las minorías y de la mujer de controlar su cuerpo, mientras sus miembros viven una eufórica y exuberante liberación sexual. Las eras parecen comprimidas con numerosas señales confusas y anacrónicas en esta adaptación muy libre de Vineland (1990), con la que PTA vuelve al intrincado, convulso y conspiratorio universo de Thomas Pynchon (tras la incomprensible Inherent Vice de 2015).

El tono narrativo, con un sabor ligeramente retro y paranoico, que emplea en la primera mitad es ríspido y telegráfico, lo que presenta una sensación de urgencia, vértigo y la inevitabilidad del fracaso. Ahí vemos la revuelta desde los ojos de los activistas y observamos con fascinación a la desafiante lideresa Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) que tiene una relación amorosa con el experto en explosivos Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio). La trama se complica extraordinariamente con un extraño y perverso amorío entre Perfidia y el coronel Steven Lockjaw (Sean Pean, notable en su caricatura de la rigidez racista esquizofrénica militar). Perfidia lo usa para sus fines políticos pero a la vez sucumbe ante el deseo sadomasoquista mutuo, que tiene consecuencias impredecibles para todos los involucrados. La verdadera revolucionaria, al convertirse en madre, termina traicionando sus ideales así como a su familia política y carnal.

EN LAS ACCIONES DE LOCKJAW vemos la brutalidad desatada en el mundo real, tanto con las acciones de ICE en su frenética persecución de inmigrantes como en el despliegue de la Guardia Nacional en varias ciudades “santuario”. La visión liberadora y utópica del filme no se traduce en una obra didáctica ni comprometida ni ilusamente ideológica. El cineasta refleja (sin mencionar a Trump ni MAGA ni Antifa) un pesimismo elemental: un movimiento revolucionario antirracista no tiene ahora la menor posibilidad de derrotar al fascismo de hipervigilancia en un país que ha desmantelado todas las protecciones ciudadanas en un tiempo de escandalosa e ilegal explotación y manipulación de mercados, de extorsión de naciones (desde Vietnam hasta Qatar), de fractura de bufetes de abogados, de aplastamiento de los medios de comunicación tradicionales y de presión al departamento de justicia en venganza por haber osado condenar los crímenes del supremo líder, mientras que parte de la población babea de emoción con la crueldad vociferante de la política de Estado.

La verdadera historia radica en la decisión de Bob de criar solo a su hija de incierta paternidad, Willa (Chase Infinity). Bob debe resignarse a vivir sin la mujer que ama (que lo deja por seguir en la lucha), hundido en la amargura de la derrota, habiendo perdido la fe en la revolución (observa en desconsolado trance La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo), escondido, sin ideales ni objetivos, entregado al alcohol y la hierba. Sin embargo, no deja de educar y proteger a su hija, quien finalmente es la verdadera protagonista. Su fracaso refleja el colapso de una visión de tolerancia y apertura, pero PTA no lo condena, sino que muestra su lento despertar de la pasividad, con elementos que evocan al Dude de The Big Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998). PTA propone que la revolución es luchar, por cualquier medio, por la familia que uno ha elegido, especialmente cuando esta es diversa y está en peligro constante de ser destruida. El triunfo es mantener viva la esperanza aun bajo la amenaza armada y el odio racista, xenofóbico, psicópata y nacionalista de los líderes cristianos enfundados en camisas Lacoste o chamarras Patagonia, obsesionados por la pureza racial.

EN LA SEGUNDA PARTE, LA CINTA (que dura dos horas cuarenta minutos) PTA va insertando elementos de humor brillantes, en particular cuando Bob trata de reconectar con la organización dieciséis años después y es incapaz de recordar las claves para identificarse, así como tampoco entiende por qué su camarada interlocutor del otro lado de la línea utiliza la terminología woke actual. Al revolucionario, el lenguaje incluyente le parece ridículo y se niega a emplear los pronombres de los amigos de Willa. Poco después lo vemos correr por su vida y por una conexión para cargar su celular. A esto se suma la actuación estoica y memorable de Benicio del Toro, en el papel de un sensei de artes marciales que ayuda a los inmigrantes y tiene simpatía por las causas de Bob. Esto pone en evidencia una red subterránea (equivalente al Underground railroad de Harriet Tubman, que ayudaba a los esclavos a escapar) de generosidad temeraria que retrata acertadamente lo mejor de la supervivencia moral de este país bajo el autoritarismo rabioso y ciego.

La cinta política se vuelve un drama familiar que da lugar a un thriller con una de las persecuciones automovilísticas más brillantes desde Bullit.

EL TÍTULO INVOCA LA ÚNICA CERTEZA DE LAS REVUELTAS SOCIALES, CULTURALES Y POLÍTICAS: SU NATURALEZA CÍCLICA E INESTABLE

PTA ha hecho una cinematografía en esencia nostálgica que por primera vez parece mirar al presente con angustia. Es elemental el uso de una fotografía (en VistaVision) técnicamente virtuosa y deliberadamente deslucida, precipitada de Michael Bauman y el propio PTA, así como la música jazzística y concreta que inyecta vitalidad a la acción de Jonny Greenwood. El título invoca la única certeza de las revueltas sociales, culturales y políticas: su naturaleza cíclica e inestable. Un triunfo tan sólo da lugar a una nueva batalla. PTA aborda este eterno retorno con igual medida de furia, humor y seriedad, así como la visión honesta de un hombre que defiende a su propia familia interracial y se atreve a manifestarlo públicamente en un tiempo de creciente cobardía, autocensura, represión y miedo. Al final de cuentas la desolación y angustia tienen su respuesta en el optimismo activo de Willa. Nunca ganaremos la batalla de manera definitiva, pero no queda más que seguir peleando.