Bendita Iglesia católica. Qué sería del rock sin ella. Las devotas de la rodilla ensangrentada armaron tal escándalo por el concierto de Marilyn Manson en San Luis Potoyes, que lo hicieron lucir peor que a Godzilla destruyendo Osaka. Y con toda esa publicidad a cuestas, arribó a Ciudad Godínez para cerrar el festival Knotfest. Y ahí voy yo, de metichón, a ver si era cierto que Manson seguía siendo tan malote como presume la beatiza potosina.
La última vez que estuve en un festival las cosas se salieron de control, así que para esta ocasión tracé un programa que me disponía a ejecutar con precisión quirúrgica. Llegaría cuarenta minutos antes del show de Manson y me internaría a empujones entre la muchedumbre hasta donde la mesa me lo permitiera, antes de asfixiarme, claro. Pero, oh, destino traidor, si quieres hacer reír al editor, cuéntale tus planes. A veces, con todo y que en los conciertos me ha pasado cada accidente, peco de ingenuo.
LOS LECTORES DE ESTE ESPACIO saben que no necesito ayuda para complicarme la existencia, sin embargo, la suerte del cronista me persigue. Cuando quiero llevármela tranqui, nunca falta la aparición triunfal de un extra dispuesto a robarme el aburrimiento. En este episodio de la temporada diez de esta columna, el honor recayó en la humanidad de Miseñor. Para poder realizar el plan como lo había concedido, requería moverme en metro. Pero me dejé convencer por la Contadora del Rock de subirme a la nave de Miseñor. Fue así que comenzó la charlyaventura.
Con NIN a todo volumen salimos disparados hacia nuestro encuentro con Brian Hugh Warner. Nos detuvimos en un Oxxo para cargar chelas. Me lamí el dedo y lo metí en mi bolsita de tix tix sabor acetona. Unos segundos después nos internamos en el viaducto. Pero qué chingados, me dije. Sin embargo, no me pronuncié. Qué va a saber el cuate de la provincia de los atajos de Ciudad Godínez. Era sábado por la noche, había que dejarse llevar. Pero no tanto, convine cuando en lugar de girar hacia la derecha tomamos hacia la izquierda. Ah cabrón, me dije. Esta ruta no me la sabía. Por lo que me atreví a preguntar.
En efecto, había una confusión. Miseñor pensaba que el concierto era en el Palacio de los Deportes. Así que como waze apenado, tuvo que recalcular la ruta hacia el Estadio Fray Nano. Adiós a mi intención de llegar 40 minutos antes. Habíamos perdido minutos valiosos. De los que sólo les importan a unos villamelones como nosotros. Eso nos pasaba por no llegar temprano como metaleros guadalupanos. En ese momento me percaté de que Miseñor estaba pedísimo. Tuve que darle una ración de tix tix sabor acetona para que despertara. Y sanos y en una pieza nos depositara en nuestro destino.
LA SUERTE DEL ADICTO EL SOBRIO LA DESEA. PESE A LOS CONTRATIEMPOS CONSEGUIMOS ENTRAR AL FRAY NANO MINUTOS ANTES DE QUE MANSON ASALTARA EL ESCENARIO
JUSTO EN LA ENTRADA AL RECINTO había unos vieneviene que pedían quinientos varos por dejarnos parquear la nave. Chale, les batié, ni que fuera el Corona Capital. Así que para no darles ni un peso a esos pinches manchados, avanzamos otros doscientos metros y ahí, brillando como la última caguama del expendio, había un lugar para estacionarnos. La suerte del adicto el sobrio la desea. Pese a los contratiempos conseguimos entrar al Fray Nano minutos antes de que Manson asaltara el escenario.
Nos ubicamos en un buen sitio, delante de la consola. Y apenas pedimos nuestra primer chela, Miseñor comenzó a cantarle sus verdades a la concurrencia. Me cagan los metaleros, comenzó a gritar. Lo bastante fuerte para que todos lo escucharan. Me cagan los metaleros, repitió. Pero nadie respondía. Volteé hacia atrás y vi clavados en mí decenas de ojos que me miraban con odio. Me cagan los metaleros, continuó Miseñor. Se creen muy malditos, pero todos tienen un osito de peluche por corazón. Me incliné hacia Miseñor y le susurré al oído: eh, cámara, que estos güeyes nos van a agarrar a madrazos. Me cagan los metaleros, berreaba. Vi que un hueco se abría delante de nosotros y lo jalé junto a la Contadora del Rock para dizque camuflajearnos entre la muchedumbre. Qué idiota soy. Pero resaltábamos, nuestro simple olor nos delataba. Apestábamos a carne humana. A trofeo para los orcos que nos rodeaban.
SEGUNDOS DESPUÉS UNA CRUZ en el escenario empezó a relampaguear. No éramos los 200 mil de la feria de San Luigi, pero sí los suficientes para hacer encabronar a las cabecitas de algodón chilangas que seguro en esos mismos momentos se encontraban en sus casas rezando por el bien de nuestras putrefactas almas. Cuando comenzó a sonar “Angel With The Scabbed Wings” sentí el primero. Justo en la nuca. Un vaso completo de chela me pegó de lleno. En “The Dope Show” me cayó otra. Luego en “mOBSENE”. Luego en “Sweet Dreams”. Volteé a ver quién era el cabrón que me estaba bañando. Y descubrí que eran todos. Pero si yo no había gritado que me cagaban los metaleros. Al parecer no iban dirigidas a mí. Sino a Miseñor. Pero a él no le atinaron una sola vez.
En cualquier otra circunstancia habría acabado a madrazos con alguno de esos cabrones. Pero no esta vez. Los metaleros estaban más que sedientos de partirnos la madre. Así que me aventé casi todo el show de Manson empapado. Y maldiciendo a toda esa maldita bola de mayamis. Veía sus caras descompuestas que no habían asistido para disfrutar el concierto. La verdad es que estaban esperando el momento propicio para descargar su frustración sobre alguna víctima. Y no, no sería yo el que esa noche mordiera bota negra. Seguiría haciéndome güey, al cabo los que pagaban las chelas a 200 varos eran ellos.
El punto de quiebre llegó en “The Beautiful People”. Ningún metalero estaba saltando. Entonces Miseñor puso el desorden. Arrancó a estrellarse con toda la gente alrededor que no le seguía la corriente. Están muertos, están todos muertos, gritaba. Ya valió madre, pensé, ahora sí nos van a romper la madre. Pero la música, la eterna salvadora, hizo lo suyo y nos volvimos uno con los metaleros. Saltando y coreando “hey, hey, hey, hey, hey, hey, hey, hey”. Eso evitó una desgracia.
Una rola después el toquín terminó y logré salir ileso del Fran Nano. No había mejor forma de celebrar el haberme escapado de una madriza que con una costra gigante de arrachera en La Chula. Y así fue como cerré el capítulo de esa noche.


