“Me he preparado para morir desde que entré al convento hace más de cincuenta años, ese fue mi primer pensamiento al despertar. Moriré y estoy preparada. Después, dejé de pensar en mí, recé por el mundo. Recé para ser una fuerza de bien. Si fuera a morir hoy, Señor, apiádate de mí.”
Así arranca Somos misterio (Dharma Books, 2025), la nueva novela de Lorea Canales. El viaje de una monja por los entresijos de su vocación. Quien de manera constante reflexiona sobre el misterio más grande que nos atañe: la muerte. “Es extraño que la gente alrededor tuyo se empieza a morir. No porque tuvieron un accidente o les sucedió algo terrible, sino simplemente porque les llega la hora. Aún más extraño es cuando te enteras que tu hora ha llegado.”
Somos misterio desafía las convenciones del mercado. Alejada de las modas de la literatura imperante escrita por mujeres, Canales se aproxima a un personaje de alcances místicos. A través de la cual revisita la espiritualidad y adopta el papel de reportera de la fe, para traernos a los lectores el reporte de un mundo apenas vislumbrado.

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Ajeno a la agenda pública, pero contrastante y no exento de hazañas. Frente a los sacerdotes, que son las estrellas de rock de la Iglesia, las monjas siempre han estado en el patio trasero haciendo una labor que pocas veces se reconoce o se premia. Es por ello que, para su nueva novela, Canales decidió tomar a una monja ejemplar como persona principal.
Charlé con Lorea sobre algunas cuestiones que alientan la trama.
Cómo se siente regresar a la novela cierto tiempo después.
Es muy emocionante, porque es una novela que realmente me desafió. En cierta manera no regreso a la novela sino que me quedé resolviendo una encrucijada más compleja, no sabía el camino y tardé en encontrarlo. Hubo mucho desandar, parar, buscar, divagar, volver, persistir, fue una lucha.
Coincide la aparición de Somos misterio con la serie sobre el padre Maciel y con la película Cónclave, esto es fortuito, sin embargo, pareciera que es menester del presente revisar los asuntos relativos a la Iglesia católica.
Escribí el grueso de la novela en el 2013, que es el año en el que sucede la trama y conforme se daban los sucesos, que entonces fueron muchos. Quién iba a pensar que Benedicto dimitiera, imaginar las bombas en el maratón de Boston, el comienzo del papado de Francisco. El año empezó de una manera y ya a mitad estábamos en otra cosa completamente. (Siento que este año se figura de esa misma manera, cambian las batallas, los campos de batalla, pero por otro lado las luchas siguen).
El libro lo terminé y se publica doce / trece años después, y parece casi un documento histórico, hay cosas de ese entonces que ya cambiaron por completo, pero lo esencial sigue intacto.
A propósito de esto, con el final queer que le dieron a Cónclave, ¿consideras que la Iglesia católica está desesperada por ganar nuevos adeptos dentro de la generación woke?
La Iglesia tiene un grave problema tanto con los homosexuales como con las mujeres y quizás hasta con los hombres. No ha sabido trascender la moralidad sexual que hacía sentido (más o menos) antes de la píldora y los anticonceptivos. Dicen que la Iglesia piensa en términos de siglos y no de años, y quizás se van a tardar un siglo en entender, reaccionar a lo que está pasando desde el 68.
DICEN QUE LA IGLESIA PIENSA EN TÉRMINOS DE SIGLOS Y NO DE AÑOS.
Por otro lado, me parece bien que alguien esté defendiendo la vida —no en cuestión de prohibir el aborto, que indudablemente es un derecho de la mujer— sino en cuestión de lo que está pasando con los embriones, la ingeniería genética, la eugenesia. Hay valores cristianos muy importantes.
Respecto a lo escabroso que resulta la vida de Maciel o la dislocación del final de Cónclave, tu personaje se mueve en el lado opuesto, lleva una vida virtuosa. ¿Esto te dio algún tipo de esperanza?
Mas allá del tema eclesiástico sentí que en la literatura faltaban mujeres virtuosas, heroicas. Tenemos muchos personajes víctimas, trastornados, inestables. Sin embargo, la mayoría de las mujeres que veo se despiertan cada mañana, hacen su cama, el desayuno, arreglan su casa, se cuidan ellas mismas, toman buenas decisiones financieras y de todo tipo, son en realidad el pilar de la sociedad. Quería rescatar a todas las maestras, enfermeras, madres, tías, cocineras, personas valiosísimas e invisibilizadas.
¿La investigación que emprendió Benedicto contra las monjas en Estados Unidos sirvió de aliciente para escribir esta novela?
Sí. En ese momento había una verdadera guerra entre las diferentes facciones de la Iglesia. Luego entró el Papa Francisco, pero la guerra sigue. Ahora por ejemplo, los obispos católicos se enfrentan a la administración de Trump defendiendo a los migrantes.
Los abusos de la Iglesia católica propician todo el tiempo exámenes de la fe por parte de los creyentes. Por otro lado, existen figuras que jamás dudan de ella, pero en literatura el no dudar robotiza a los personajes.
En la literatura y en la vida es importante complejizar, todo está en los grises. Non in extremis veritas est. La verdad no se encuentra en los extremos, cita que atribuyen a San Agustín.
Qué trabajo de investigación existió detrás de la creación de un personaje como la Hermana Clara.
Fueron años de trabajo, muchas lecturas, incontables entrevistas, visité a muchas monjas, conventos, tuve que aprender derecho eclesiástico, en fin, era muy importante para mí que se ajustara todo periodísticamente hablando, aunque es un trabajo de ficción.
Mencionaste que las monjas al renunciar al sexo, recurren a la comida como una fuente para encontrar placer. No dista mucho de la concepción que tienen los foodies sobre el acto de comer como una comunión divina.
Son placeres.
¿Consideras que ésta es tu mejor novela?
Esa es una pregunta para el lector.
Mencionaste también que llevabas mucho tiempo tratando de concluir este libro y que hubo un periodo largo de inactividad en sus páginas. Ahora que la has concluido, ¿sentiste cierta tristeza al despedirte de un personaje tan luminoso?
Todavía no me despido. La Hermana Clara es eterna.

