OJOS DE PERRA AZUL

Estilo libre

ESTILO LIBRE
ESTILO LIBRE Foto: Cortesía de la autora

LLUEVE DENTRO del sueño. Veo la alberca en la que nadé en la infancia, profunda y conocida, jamás llegué a tocar el suelo de mosaico veneciano azul o si lo hice, fue apenas con las puntas de los pies. El agua, antes amistosa, se presenta como enemiga, amenazante. La niña está ahogándose. La miro desde lejos. Hay otras personas en segundo plano, no importan, ni siquiera la ven. Es el punto negro que se mueve entre burbujas y un remolino que ella misma forma. No grita, el líquido le tapa la boca, le ocupa el aliento, le roba el llamado de auxilio. Quiero ir hacia ella, no puedo. El lugar donde estoy es arena movediza, mis piernas y brazos no logran avanzar. Me retuerzo, algo me jala hacia atrás como si quisiera quedarse conmigo, como si también tuviera miedo.

El horror, mi verdadera pesadilla, no es un tsunami, es ver a alguien ahogarse desde mi propia impotencia e inmovilidad.

El tiempo se interrumpe; no recuerdo el instante exacto en que logro sacarla. No hay escena heroica, tampoco aplausos ni palmadas en la espalda. Solo sé que ella ya está afuera, conmigo, a salvo. La sostengo y me abrazo, la niña era yo, la que se ahogaba. Tiemblo, no de frío, sino de lo que pudo haberme sucedido. Y entonces lloro. Lloro como si no me hubiera rescatado.

El chaparrón sigue cayendo como una tristeza antigua, no se calma con el hecho de que he sobrevivido. Mi madre me da las gracias, pero ese gesto no me alcanza porque es su hija quien me duele, la que casi muere.

Soy yo.

SOY ESA PEQUEÑA que me he resucitado yo misma una y otra vez, atrapada en la hondura emocional cuando la existencia hunde, cuando no tengo fuerzas y todo carece de sentido y me arrastra la corriente. La que aprendió sola y tarde a bracear y patalear, a moverse hacia la orilla, a levantar la cara, a inhalar y exhalar. Me he lanzado y zambullido en piscinas y mares peligrosos, al mismo tiempo he logrado salirme de ese abismo con los pulmones lastimados, de ese lugar donde se está sola, incluso rodeada de otros que chapotean sin darse cuenta de lo que me pasa, de que me estoy asfixiando en un foso inmenso. Ya en la superficie, sin aire, tiritando y con el trauma en la memoria, los músculos duelen, el corazón late fuerte, el pecho se expande como si lo hiciera por primera vez. Una bocanada me devuelve a la realidad.

Arriba, afuera, no hay amenaza de caída y el oxígeno parece suficiente. Sin embargo, no hallo terreno firme que asegure la supervivencia. Porque siempre insisto en caminar al borde de la alberca tratando de mantener el equilibrio, sé que en cualquier momento voy a resbalar y, aun así, me empeño en enfrentar la amenaza de caer. Vivo aprendiendo a nadar, en gerundio, en riesgo, en proceso, libre y con el cuerpo todo.

Si me vuelvo a sumergir no me extiendas la mano, te hundirás conmigo hasta el fondo turbio. Tú no eres flotador ni ancla que impida la caída ni ofrezca solución a mis desastres. Nadie salva a nadie con respiración de boca a boca. En este mundo de marejadas y tormentas cada quien naufraga a su manera.

Flotemos pues.

*Tócame una pompa, aunque sea fúnebre.