En 1975, el doctor Oliver Sacks visita un hospital en Nueva York y entra en contacto con Jimmie, un hombre de 49 años, envejecido prematuramente, descrito como “desvalido, demente, confuso, desorientado”. Jimmie se aterroriza cuando el doctor le muestra un espejo. El paciente pregunta si se trata de una pesadilla, de una broma, si se ha vuelto loco. No puede creer que el espejo le muestre las canas de un hombre maduro sobre un rostro arrugado. Jimmie cree sinceramente que tiene 19 años. El doctor lo tranquiliza, le dice que no se preocupe; le miente compasivamente diciendo que todo es un error. Lo lleva a la ventana, para distraerlo. A lo lejos unos muchachos juegan béisbol en un día soleado: se trata, dice el médico, de un maravilloso día de primavera. El paciente recupera el color y empieza a sonreír, lo que permite a Oliver Sacks salir de la habitación llevando consigo “aquel espejo odioso”.
Unos minutos después, cuando el médico regresa, el paciente lo saluda tranquilo, mirando por la ventana, pero no recuerda haber visto al doctor. No recuerda su estado de pánico o el rostro arrugado y las canas en el espejo. Se comporta como si nada hubiera pasado, como si fuera un muchacho despreocupado de 19 años. Con tristeza, el doctor Sacks descubre que la extraordinaria patología de Jimmie tiene como origen el más ordinario de los problemas: el alcoholismo.
EN DICIEMBRE DEL AÑO 2025, la periodista Rachel Aviv dio a conocer en el The New Yorker los resultados de una inmersión en los diarios y las cartas privadas del doctor Sacks, quien confiesa en esos documentos que exageró y distorsionó algunos casos con fines estéticos. Fue un pequeño escándalo entre la comunidad científica. En los documentos, el doctor Sacks reconocía que más de una vez había dado a sus personajes “poderes (empezando por el poder del habla) que no tenían”. Algunos personajes clásicos, como el hombre que confundió a su mujer con un sombrero, o los gemelos autistas capaces de generar de manera espontánea números primos de varios dígitos, al parecer fueron modificados en detalles clínicos relevantes para darle más impacto a las historias. En sus propios términos, algunos de estos detalles eran “invenciones” o “falsificaciones”.
Al igual que Woody Allen, el doctor Sacks pasó muchas décadas en el diván del psicoanalista, y en ese espacio confesó sus sentimientos de culpa por haber creado “cuentos de hadas”. Sus trabajos, decía, eran algo así como una autobiografía simbólica. “Estas viejas narrativas —mitad informe, mitad imaginación, mitad ciencia, mitad fábula, pero con una fidelidad propia— son lo que hago, básicamente, para mantener a raya mis demonios”.
Muchos lectores sólo han tenido acceso al campo de la neurología y la psiquiatría a través de la obra de Sacks, y varios me han dicho ya que ahora queda claro que todo es mentira y no se puede creer en nada. En mal momento apareció la crisis del médico querido: justo cuando el relativismo posmoderno hace un ménage à trois con las fabricaciones manipuladoras de los políticos autoritarios y con las simulaciones de la así llamada inteligencia artificial generativa. ¿Éste era el mejor momento para una crisis de legitimidad de las humanidades médicas? No hay otro momento, ésa es la cuestión. En justicia, sigo creyendo que la obra del doctor Sacks tiene méritos incontables. Pero hay una doble ironía: por una parte, los escenarios clínicos de la neurología son fascinantes; cualquiera que visite la literatura clásica o contemporánea de este campo se daría cuenta de la exuberancia de los relatos clínicos resguardados en los textos médicos de los siglos XIX y XX. ¿Por qué cayó el doctor Sacks en la tentación de fabricar detalles para embellecer el territorio humano? ¿Lo hizo para preservar el sentido de esperanza, aunque eso implicara sacrificar el estricto compromiso con los hechos que caracteriza a las ciencias factuales? Quizá el don de la fabulación es tan poderoso que incluso sus analistas son hechizados por el deseo de producir variantes creativas del recuerdo. ¿El doctor forma parte, entonces, de su colección clínica de personas con distorsiones fabulatorias de la memoria?
El personaje inadvertido de esta historia es el problema de lo real. El principio de realidad nos mira a través de un espejo abominable, y puede ser tan angustiante que tarde o temprano sentimos la urgencia de refugiarnos en la fantasía, y de convencer a los demás de que nuestra fantasía es —o podría ser— algo esencialmente real. Uno de los momentos más difíciles en la relación con mi padre sucedió tras el accidente que le causó una hemorragia cerebral. El cuadro de amnesia y el recurso de la fabulación se presentaron cuando recuperó el estado de alerta en la Unidad de Cuidados Intensivos. “Vámonos de este restaurante, Jesús,” me decía. “¡Pedí una cerveza desde hace más de una hora y no me han traído nada!” Luego miraba al enfermero de guardia y me decía: “¡le pedí la copa a ese mesero y se hace como que la Virgen le habla!”
EL PRINCIPIO DE REALIDAD NOS MIRA A TRAVÉS DE UN ESPEJO ABOMINABLE, Y PUEDE SER TAN ANGUSTIANTE QUE TARDE O TEMPRANO SENTIMOS LA URGENCIA DE REFUGIARNOS EN LA FANTASÍA.
MI PADRE FUE UN HUMORISTA a lo largo de la vida, y también lo fue durante su traumatismo de cráneo. Fue muy difícil convertirme en el representante de lo real. Cuando salió de la terapia intensiva y recibía atenciones en el área de hospitalización, una fractura de la columna vertebral le impedía caminar, pero no tenía consciencia del defecto. Técnicamente, padecía un estado de anosognosia, amnesia y fabulación, como los pacientes de Sergei Korsakoff. “¡Jesús, ya vámonos de este restaurante!”, me insistía. Traté de mantener la calma, pero cuando lo vi a punto de entrar en una crisis de ira, me vi obligado a decirle: “¡Está bien! Vámonos de aquí. Te estoy esperando. Levántate y vámonos.” Me miró con un gesto incrédulo al darse cuenta de que estaba en una silla de ruedas; por alguna razón no se podía levantar. “¡Vámonos ya!”, le dije.
Mi padre no volvió a ordenarme que saliéramos del restaurante. Me convertí en el siniestro representante de la realidad y sus principios. Como médico, nunca he disfrutado esa función. Pero no me atormento por ello. Siguiendo la filosofía mitológica de Ricoeur, diría que los médicos somos asistentes de Ananké, la deidad griega que representa a lo real y la necesidad. No es un trabajo fácil. Y es importante recordar que, médicos o pacientes —o ambas cosas, como el doctor Oliver Sacks— tarde o temprano todos podemos convertirnos en abogados de la fantasía, o en los incómodos representantes de lo real.