La diferencia entre un hogar y una casa radica en la interpretación del objeto. Lo primero es una apropiación íntima y distinta para cada quien; transgeneracional, atemporal e intangible. El hogar no se toca, se evoca. Una casa es concreto, madera, paredes, acabados… arquitectura carente de emotividad que usualmente funciona bajo una lógica materialista y utilitaria. Hay quienes se mudan de casa con la mínima carga de memoria o sin que influya en quienes son; mientras que para otros un hogar puede no salir nunca del corazón del individuo, llega a influir en su presente y el porvenir.
UN HOGAR PUEDE SER UNA CASA, pero una casa no necesariamente es un hogar. Cuando se retrata un espacio arquitectónico diseñado para habitar con un carácter intimista dentro de una obra artística, se vuelve parte fundamental de la trama, incluso uno de sus personajes. Ha ocurrido en historias como “Casa tomada” de Julio Cortázar (Es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene porque yo no tengo importancia) o A ghost history de David Lowery (la película narra la historia de una pareja, cuya muerte de uno de los dos es retratada en el vacío que deja en la casa, el cómo la vida avanza y el espacio va transformándose junto con ese luto que va quedando atrás). En ellas los espacios influyen, participan o como es el caso de la película Valor sentimental, son el punto de inicio y definen el destino de los involucrados.
UNA CASA, CUANDO SE RETRATA COMO UN ESPACIO ARQUITECTÓNICO DISEÑADO PARA HABITAR CON UN CARÁCTER INTIMISTA DENTRO DE UNA OBRA ARTÍSTICA, SE VUELVE PARTE FUNDAMENTAL DE LA TRAMA.
El director noruego Joachim Trier tuvo claro el rol de la casa de la familia Borg dentro de la historia. La premisa del conflicto paterno filial entre el director de cine Gustav Borg y su hija, la actriz de teatro Nora, no puede comprenderse a plenitud no sólo sin el espacio donde se desarrolla, sino sin el simbolismo que hay detrás. La película plantea en las primeras escenas un despliegue histórico de quienes habitaron la casa hasta llegar al tiempo presente, donde se desarrollan los sucesos principales. Ese antecedente dota de fuerza a lo que ocurrirá, pues muchos de los personajes están sujetos a ese pasado e incluso su identidad se ha desarrollado gracias a ella, como la historia de la madre de Gustav, quien perteneció a la Resistencia durante la segunda Guerra Mundial y que fue descubierta y apresada. Esa experiencia influye no sólo en la personalidad de su hijo, también en la génesis de una obra cinematográfica que funciona como conflicto en la trama. Sólida la relevancia que tendrá, el despliegue de sucesos es una maravilla narrativa y psicológica.

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Nora y su hermana Agnes están distanciadas de su padre Gustav (Stellan Skarsgård), quien dejó la casa cuando eran niñas tras divorciarse de su esposa. De las dos, Nora es quien ve transformada esa ausencia en rencor y en una personalidad esquiva. El reencuentro tras la muerte de la madre sirve para que Gustav regrese a la casa con la intención de rodar allí su obra maestra, y de integrar a Nora. Tras el rechazo de su hija, decide ofrecerle el papel a una joven estrella norteamericana protagonizada por una Elle Fanning, que sorprende por la capacidad sensitiva y profundidad histriónica, no sólo del personaje que representa en la película, sino también del rol interior: la madre que se quita la vida.
LAS LÍNEAS CONDUCTORAS NOS LLEVAN por una narración que aturde y conmueve; a la vez que llega a generar reflexiones y sentido de contemplación propio de una buena fotografía y un guion que confía en los silencios y las atmósferas. Por ejemplo: una de las primeras escenas en las que Nora está por salir a escena en una obra de teatro. La vemos padecer un ataque de ansiedad que le impide hacerlo, entonces se rasga el vestido, huye, jadea, pide que la abofeteen… todo para que al final, como si se tratase de un ejercicio actoral, súbitamente pueda canalizar y lograr una actuación exitosa. O aquella en la que Gustav explica a Rachel (Fanning) la secuencia final de la película en la
que su personaje se suicida. Los espectadores avanzamos junto con ellos por la casa, en lo que será una sola toma donde la madre despide al hijo de siete años que sale a un paseo escolar, para después sentarse unos segundos en la sala, ponerse de pie y colgarse en la habitación contraria. La expresión de Rachel, el sonido de los pasos en ese tránsito, el silencio del fantasma del personaje que habrá de arrebatarse la vida, generan tensión e intriga.
Podrían citarse más casos, porque la película tiene un ritmo ágil sin perder la estética visual, alejada de la paja compleja y abstracta de muchas obras catalogadas como “cine de arte”. Trier mantiene la calidad durante las dos horas y quince minutos de su duración, apelando a distintos elementos narrativos, como la conexión del drama intra e interfamiliar, la psique de los personajes y los conflictos que de ellos deviene, todo sin dejar a un lado el hilo conductor: la casa que es el hogar.

