PAISAJISTA
SE IRGUIÓ, ABRIÓ LOS OJOS y con vivaz mirada se puso a planear su nuevo cuadro. Contempló largo rato, a través de las sombras del bosquecillo, el luminoso valle del río que se extendía a lo lejos. Eso era lo que iba a pintar, y para hacerlo, no quería esperar ya al otoño. Tratábase de una tarea en sumo grado delicada; la obra presentaría dificultades esenciales, habría en ella difíciles problemas que resolver; era menester pintar ese maravilloso panorama con amor, era menester pintarlo con mucho amor y mucho estudio, así como lo hubiera hecho un viejo maestro, un Durero o un Altdorfer. En este cuadro, el predominio de la luz y de su ritmo místico no podían constituir el valor único; aquí era preciso que la más insignificante de las formas adquiriera pleno derecho y fuera meditada cuidadosamente, así como su madre reflexionaba sobre la disposición y valor de cada hierbecilla al formar sus maravillosos ramos de flores de los prados. La lejanía fría y clara del valle tenía que retroceder doblemente por obra del cálido torrente de luz del primer plano y por obra de las sombras del bosquecillo, y tenía que destacarse en el fondo del cuadro como una piedra preciosa reluciente, tan fría como dulce, tan extraña al corazón como atrayente.
Hermann Hesse, Rosshalde, trad. del alemán Alberto Luis Bixio, Santiago Rueda Editor, 1960.
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CLAUSTROFOBIA
TEMOR PATOLÓGICO a los espacios cerrados. Quien padece este síntoma neurótico experimenta accesos de pánico o angustia cuando se encuentra, por ejemplo, en un ascensor o en una habitación pequeña y cerrada. […] La palabra —acuñada por el creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, y registrada en castellano desde 1925— está formada por la voz latina claustrum y la griega phobeomai ‘yo temo’. Claustrum ‘tranca’, ‘cerrojo’, ‘cerradura’, es decir, todo aquello que sirve para cerrar un local y, por extensión, denota ‘recinto cerrado’. Derivado del verbo claudere ‘cerrar’, este vocablo está también en el origen de clausurar ‘cerrar en forma definitiva’, de incluir ‘poner dentro de un espacio cerrado’ y de concluir ‘cerrar’ (en el sentido de dar algo por terminado). En inglés, la palabra latina dio lugar a los verbos to close ‘cerrar’ y to disclose ‘revelar’, ‘dar a conocer’, además de originar muchos otros verbos compartidos con nuestra lengua, tales como include ‘incluir’, conclude ‘concluir’.
Ricardo Soca, “La palabra del día”, Etimología-Origen de las palabras, elcastellano.org
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ERMITAÑO
PARA EL JARDÍN Hawstoke (Shropshire) y el parque paisajista de Charles Hamilton en Painshill (Surrey) se buscaron a través de anuncios en la prensa individuos dispuestos a ejercer el oficio de ermitan a cambio de un techo, un plato caliente y unas monedas. Cottin recoge en su ya clásica obra The English Garden, Meditation and Memorial los duros requisitos que debían cumplir los aspirantes
a ermitaño profesional: […] El candidato debería estar de acuerdo en permanecer en la ermita durante siete años, donde estaría provisto de una biblia, algunos vasos, una manta para su cama, un cojín como almohada, un reloj de arena, agua para beber y comida de la casa, aunque no podría intercambiar ni una sola palabra con el servicio. Estaría siempre vestido con una exótica túnica y no se cortaría ni la barba ni las uñas durante todo este tiempo, ni abandonaría bajo ningún concepto el lugar. El cumplimiento efectivo de sus funciones sería gratificado con setecientas guineas. No obstante, ¿el más mínimo fallo en cualquiera de estas condiciones significaría pérdida total de esta suma?
Santiago Beruete, Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines, Turner Noema, 2021.
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EL BRÍO DEL VIENTO
ES LA TEMPORADA en que las familias traen a los niños para que vuelen sus papalotes. Hay muchos en el cielo. Allí está el de Mario. Es de papel de china azul, verde y rojo. Tiene una larguísima cauda. Allí está, arriba, sonando como a punto de rasgarse, más gallardo y aventurero que ninguno. Con mucho cordel para que suba y se balancee y ningún otro lo alcance.
[…] Los niños corren, arrastrados por sus papalotes que buscan la corriente más propicia. […] ¡Qué alrededor tan inmenso! Una llanura sin rebaños donde el único animal que trisca es el viento. Y cómo se encabrita a veces y derriba los pájaros que han venido a posarse tímidamente en su grupa. Y cómo relincha. ¡Con qué libertad! ¡Con qué brío!
Ahora me doy cuenta de que la voz que he estado escuchando desde que nací es ésta. Y ésta la compañía de todas mis horas. Lo había visto ya, en invierno, venir armado de largos y agudos cuchillos y traspasar nuestra carne acongojada de frío. Lo he sentido en verano, perezoso, amarillo de polen, acercarse con gusto de miel silvestre entre los labios. Y anochece dando alaridos de furia. Y se remansa al mediodía, cuando el reloj del Cabildo da las doce. Y toca las puertas y derriba los floreros y revuelve los papeles del escritorio y hace travesuras con los vestidos de las muchachas. Pero nunca, hasta hoy, había yo venido a la casa de su albedrío. Y me quedo aquí, con los ojos bajos porque es así como el respeto mira a lo que es grande.
Rosario Castellanos, Balún-Canán, FCE, 1973.
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NARIZ Y AMISTAD
[EN LA AMISTAD] EL OLFATO también desempeña su papel. La gran mayoría de la gente, al presentarse a otra persona estrechando la mano, se la lleva después a la cara y pinza con sus dedos la nariz repetidas veces. Este gesto es muy rápido e inconsciente, hasta el punto de que casi nadie tiene registro de él; además la mayoría niega rotundamente haberlo hecho. Pero la evidencia es contundente: en cuanto la cámara apunta a dos personas que se dan la mano, la probabilidad de que cada una de ellas se lleve luego la mano a la nariz por una fracción de segundo es altísima. Este gesto no es nimio; por el contrario, en ese instante se dirime justamente lo inexplicable de la química del carbono. Es una forma de escanear el código de barras ajeno, una radiografía molecular que establece una carta de presentación que condiciona sus vínculos. Así se explica que la comparación del genoma de dos compañeros de clase revele más similitudes si son amigos que si no lo son. Al revés que con las feromonas y las parejas, la química de la amistad no busca complementariedad, sino similitud genética.
Mariano Sigman y Jacobo Bergareche “Flechazos y rupturas”, Amistad. Un ensayo compartido, Libros del Asteroide, 2025.
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EL CIEN CABEZAS
EL CIEN CABEZAS ES UN PEZ creado por el karma de unas palabras, por su póstuma repercusión en el tiempo. Una de las biografías chinas del Buddha refiere que éste se encontró con unos pescadores, que tironeaban de una red. Al cabo de infinitos esfuerzos, sacaron a la orilla un enorme pez, con una cabeza de mono, otra de perro, otra de caballo, otra de zorro, otra de cerdo, otra de tigre, y así hasta el número cien. El Buddha le preguntó:
—¿No eres Kapila?
—Soy Kapila —respondieron las cien cabezas antes de morir.
El Buddha explicó a los discípulos que en una encarnación anterior, Kapila era un brahmán que se había hecho monje y que a todos había superado en la inteligencia de los textos sagrados. A veces, los compañeros se equivocaban y Kapila les decía cabeza de mono, cabeza de perro, etc. Cuando murió, el karma de esas invectivas acumuladas lo hizo renacer monstruo acuático, agobiado por todas las cabezas que había dado a sus compañeros.
Jorge Luis Borges, Manual de zoología fantástica, FCE, 1999.
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