NI TODO es completamente negro, ni todo es completamente blanco, decían los coreanos con los que trabajé. Es lo que sucede con los Grammy. Premian lo indefendible, pero también tienen un lado luminoso. La cosa es que sólo transmiten lo ordinario, mientras que lo extraordinario se queda sin exposición masiva. Por eso el público se apantalla con el último disco de Rosalía, nos quieren vender la idea de que es muy talentosa y experimental porque le metió violines o que Bad Bunny es un auténtico rebelde con ritmo envuelto en ropa Zara. Resulta que hay premiaciones de jazz y música clásica que no alcanzan esos reflectores, como los Grammy de Gabriela Ortiz, un verdadero talento. Me enteré porque al día siguiente lo mencionaron en Opus 94, la compositora mexicana obtuvo tres premios por sus obras clásicas Yanga y Dzonot.
ORTIZ ES PROFESORA DE MÚSICA en la UNAM y pertenece al Colegio Nacional. En 2025 obtuvo tres Grammy por su obra Revolución Diamantina, un concierto sinfónico para ballet con diversas percusiones y coros, inspirado en el movimiento feminista mexicano y las protestas contra la violencia de género. La compositora tiene en su haber 22 sinfonías, música de cámara, solista, danza, teatro, las óperas Únicamente la verdad, Ana y su sombra y Luciérnaga, además de la música para las películas Por la libre de Juan Carlos de Llaca, Fronterilandia de Rubén Ortiz Torres, y Síndrome de línea blanca de Lourdes Villagómez. Un genio desbordado que le viene de familia, Los Folkloristas, y una formación musical que empezó en la Escuela Nacional de Música, el Conservatorio Nacional, la escuela Ollin Yolitzli, la Guildhall School of Music y terminó con el doctorado en la City University of London. Por eso en su estilo confluyen la música prehispánica, afromexicana, mexicana, latinoamericana, europea, contemporánea y jazz.
Yanga, que ganó por mejor interpretación coral y mejor compendio de música clásica, es un álbum alucinante por la exuberancia instrumental-vocal-rítmica y la complejidad de las composiciones. Te envuelve, pero es inasible por la espesura de la selva musical y la profundidad de sus raíces. Ortiz se inspiró en Gaspar Yanga, el esclavo que llegó a Veracruz y se convirtió en asaltante con causa. Es interpretado por la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, dirigida por Gustavo Dudamel, y producido por Dmitry Lipay.

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Por su parte, Dzonot ganó por mejor composición clásica contemporánea. Es un concierto para violonchelo (Alisa Weilerstein) y orquesta, inspirado en los cenotes de Yucatán. Los cuatro movimientos forman parte de Yanga, un concierto místico, vibrante, como viaje al cosmos maya y su biodiversidad subacuática. En la concepción de la obra, Ortiz plantea que los sistemas subterráneos de agua son sagrados por ser portales hacia el mundo espiritual y fuente de vida, pero sus ecosistemas están siendo destruidos por la contaminación, el turismo y —agregamos aquí— el tren maya. La música de Gabriela Ortiz es auténtica “historia, dignidad y esperanza”.

