En un texto indigno de George Steiner dedicado a Simone Weil, la describe tres veces, por interpósita persona, como una loca. La primera, de manera más o menos elegante: “Se dice que, refiriéndose a Diógenes el Cínico, Platón comentó: Es la versión enloquecida de Sócrates. Comentario que tiene tanto de homenaje como de burla. ¿Cómo evitar que esta descripción nos venga a la memoria al pensar en Simone Weil?” La segunda, en forma taimada, pues usa al propio hermano de Simone, André, quien observó que su hermana “había sobrepasado los límites de lo normal”; por último, repite un exabrupto de De Gaulle: “esa mujer estaba loca”. Para entonces, el texto no ha alcanzado el tercer párrafo y ya está todo dicho: en modo y juicio.
Entre los temas sobre los que fundamenta el delirio de la filósofa judía, está “su negativa a considerar, en medio de su elocuente pathos del sufrimiento y la injusticia, los horrores, el anatema que recaía sobre su propio pueblo”, se refiere, desde luego, al holocausto durante la segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en un texto sobre Levi-Strauss, Steiner señala que el antropólogo nunca:
[…] se pronunció sobre la cuestión; efectivamente parece evitarla conscientemente. Su misma insistencia en el hecho de que el holocausto no es una situación especial, ni histórica ni metafísicamente, sino solamente parte de la estructura general de la masacre y extinción, muestra un deseo de distanciarse de cualquier particularidad judía.

Diversa Cultural
Con todo, jamás se atreve a dudar de la lucidez ni del equilibro psicológico de Levi-Strauss. Las razones por las que en un caso condene y en el otro absuelva se me escapan.
Sea como fuere, prefiero quedarme con otra de las imputaciones de la supuesta locura de Weil, y consiste en su esfuerzo “por descubrir en la poesía lírica y en los dramas griegos, igual que en la filosofía platónica, prefiguraciones específicas y materiales y analogías con los Evangelios”.
Es una condena de la que ya tuvo que defenderse sor Juana Inés de la Cruz en la carta dirigida a su confesor, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, donde anota:
Porque ¿qué cristiano no se corre de ser iracundo a vista de la paciencia de un Sócrates gentil? ¿Quién podrá ser ambicioso a vista de la modestia de Diógenes cínico? ¿Quién no alaba a Dios en la inteligencia de Aristóteles? Y en fin, ¿qué católico no se confunde si contempla la suma de virtudes morales en todos los filósofos gentiles?
Aquella confusión, al cabo de los años, le costaría la renuncia a escribir, y la incautación de sus libros e instrumentos musicales; siglos después, a Simone Weil no le va mejor. Lo que no se puede creer —porque desde luego no se trata de una falta de saberes, sino de mala leche— es que Steiner no recuerde que la única razón, por ejemplo, de que Virgilio acompañe a Dante en su recorrido infernal y su alma no esté en el limbo junto a otros pensadores paganos como Platón y Sócrates, es porque se creía que Virgilio había anunciado la llegada del niño Jesús en la “Bucólica IV”, al escribir:
La última edad del vaticinio de Cumas es llegada ya; una gran sucesión de siglos nace de nuevo. Vuelve ya también la Virgen (…) sé propicia al niño que ahora nace, con él la raza de hierro dejará de serlo al punto y por todo el mundo surgirá una raza de oro. (…) Recibirá aquel niño la vida de los dioses y con los dioses contemplará a los héroes mezclados y a él mismo lo verán entre ellos y regirá el mundo apaciguado de por las virtudes de su padre.
Y no es posible ni deseable creer que Steiner, el hombre que escribió un bellísimo Prefacio a la Biblia hebrea, finja no recordar el significado y la práctica de la Cábala.
En su Diccionario de música, mitología y religión, Ramón Andrés define Cábala como “la interpretación mística y esotérica de la Sagrada Escritura entre los judíos, y también entre algunos autores cristianos de la Edad Media” (El subrayado es mío). Por su parte, el rabino y doctor en filosofía Marc-Alain Ouaknin, señala que tanto el Talmud como la Cábala “abren sin cesar la Torah a nuevos sentidos”, Dios creó el mundo “mediante el texto” y la interpretación es “un modo de ser responsable ante Dios, e incluso de Dios o del hecho de que Dios esté vivo”. Sin interpretación, no hay Dios vivo.
Asimismo, el rabino Oauknin señala a Pico della Mirandola, por intentar “crear una cábala cristiana” en Florencia durante el siglo XV. Las 900 tesis Della Mirandola están traducidas y publicadas por la UNAM, bajo la dirección de Ernesto Priani Saisó. Estas son un conjunto de saberes a modo de aforismos que reúnen el conocimiento de la época desde autores grecolatinos, pasando por árabes como Averroes y Avicena, y que en conjunto buscan conformar una suerte de abanico donde puedan reflejarse indicios, señales, guiños, de lo que más tarde sería el cristianismo. En la sabiduría de la Cábala, Pico descubre “no tanto la religión de Moisés, cuanto la de Cristo. Allí el misterio de la Trinidad, allí la Encarnación del Verbo, allí la divinidad del Mesías”; el “esfuerzo conciliatorio y ecuménico de Pico” escribe Priano Saisó, “es un camino hacia la verdad. Verdad, sin embargo, que ha sido expresada, para él, por el cristianismo.”
EFECTIVAMENTE, EN EL LIBRO Instituciones precristianas, Simone Weil encuentra en los Himnos homéricos, en el intercambio de razones entre Electra y Orestes, en el coro de Agamenón —ambos de Esquilo—, en el Timeo, el Banquete, y la República de Platón, entre otros textos, iluminaciones —para decirlo con una palabra de Walter Benjamin— de la Pasión y la Resurrección de Cristo; del alma en el camino de la salvación, de la Belleza como atributo de Dios; y sí, ve a Cristo en Prometeo —“La historia de Prometeo es como la refracción en la eternidad de la pasión de Cristo”—, pero más interesante que juzgar esa aproximación de mera locura —lo cual cancela toda posibilidad de diálogo— sería pensar en Simone Weil como nuestra penúltima neoplatónica, tal como lo fueron Proclo, Ficino, y el propio Della Mirandola, al leer alegóricamente los más diversos textos.
Porque la única utopía del hombre y la mujer de letras, si en algún lugar y en algunas personas aún es posible delatar esta ardua designación, ¿no debería ser la hermenéutica sin fin, la glosa perpetua?
WEIL NO HACÍA SINO LO QUE HACEN LOS JUDÍOS MÁS ORTODOXOS: LEER E INTERPRETAR, SÓLO QUE SUS INTERESES NO SE CENTRABAN SÓLO EN LA TORAH.
Weil no hacía sino lo que hacen los judíos más ortodoxos: leer e interpretar, sólo que sus intereses no se centraban sólo en la Torah, sino en toda la tradición literaria del mundo, hay que recordar que traducía del latín, del griego y del sánscrito. Lo suyo era la interpretación esotérica, ¿de qué?, de cualquier texto. “Todo es Cábala”, aseguró Gershom Scholem. El escándalo, si lo hay, es que Weil partía de un supuesto vivo para cualquier persona de fe, y es que la Verdad —aquella de Pico— ya ha sido revelada: el progreso sólo es posible en términos éticos y estrictamente personales, nunca gnoseológicos. No hay avance ni retroceso en la Eternidad del Reino, sólo especulación e insistencia.

