LA CANCIÓN #6

AC/DC 30 años después

AC/DC 30 años después
AC/DC 30 años después Foto: Cortesía del autor

AC/DC TOCARÁ tres noches de abril en la Ciudad de México por su gira Power Up. Pero me falta Rayovac para ir ante la insistencia de los amigos. Por dos razones: una es que Angus Young ya se desarma en vivo y da pena verlo así. La otra es la deformación sin Malcolm Young, Phil Rudd ni Cliff Williams, se ha convertido en el grupo huesero de Angus, a quien admiro demasiado para hacerme esto. Basta con ver los videos de la gira y las quejas porque a Brian Johnson se le extinguió la voz o porque Angus se mueve con tanta dificultad que ya no se sabe si toca o no. De Chabelo en ácido se transformó en un venerable hombre de paja blanca que se fugó de la secundaria. Haciendo cuentas, creo que el único rockstar que ha envejecido chingón es Iggy Pop.

A AC/DC los he visto cuatro veces desde hace 30 años y prefiero conservar esas impresiones legendarias antes que el trancazo de realidad. Conservo el boleto de su primer concierto en el Palacio de los Deportes el 16 de febrero de 1996.

ERAN OTROS TIEMPOS, SIN INTERNET, sin celulares, sin aplicaciones. Comprar tu boleto era sencillo y accesible. El rock todavía mordía y AC/DC siempre ha sido un grupo de poder, un perro negro que fue domesticado. Aquella fue una noche inolvidable con el Oracles. Inició con un performance en el Museo del Chopo, cortesía de la vestuarista María Molina, y unos ajos rusos. Eran unos Sputniks que nos lanzaron al espacio sideral mientras viajábamos en el Metro. En el concierto no cabía un diablo más, estábamos frente a un castillo asediado por una enorme bola de demolición que colgaba de una grúa.

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Era la gira de Ballbreaker, se los produjo Rick Rubin y venía la formación clásica, con Malcolm, Williams en el bajo y Rudd en la batería. La grúa se movió, la bola se estrelló contra el muro y al caer estaba AC/DC tocando “Back in Black” sobre las ruinas. En aquel estado de conciencia eso era un exorcismo eléctrico.

Forjaban la energía con su motor de rock pesado.

Angus tocaba como demonio su Gibson SG, despojado del uniforme y bañado en sudor, un guitarrista espectacular, agitándose como torbellino de un lado a otro con sus pasitos de pato. Recuerdo a Malcolm ciego de alcohol, era el genio de la guitarra rítmica, que imponía desde atrás empujando el boogie metálico con su Gretsch The Beast. A Brian Johnson, colgado en la bola, con la garganta flamígera y maligna, la lengua gandalla y filosa. Y los ritmos macizos, infernales, de Williams y Rudd, tras un año en arresto domiciliario. Un grupo de rock censurado con frecuencia, sacudiéndonos con su arsenal hasta la cima del ritual: “Whole Lotta Rosie”, ese momento en sus conciertos cuando coreamos ¡AN-GUS! contra el ataque instrumental. Eso es precisamente lo que no pueden dejar de hacer y recibir. No siguen de gira por la marmaja que les sobra, sino por el fix de tener cada noche a 100 mil seguidores adorándote, coreando tu nombre cual mantra liberador. Cerraron con los cañones de “For Those About to Rock”. Alucinamos como Linda Blair en El Exorcista y salimos ensordecidos por el zumbido.