LA COMPUTADORA sabe demasiado de mí, conoce mi historial emocional, mis traumas, mis repeticiones. Apenas me puse a escribir, las palabras aparecieron pegadas unas a otras. El teclado se atoró. No por completo, solamente no servía la pieza rectangular, la de hasta abajo, la barra espaciadora, la que uno no mira porque siempre está ahí. Las oraciones emergieron como un torrente compacto, sin pausas. ¿Por qué se averió esa tecla y no las que uso menos, el signo de pesos, el asterisco, el %, #, la diéresis? Falló la encargada de la separación. La presioné otra vez. Todo salía en una sola línea interminable, sin divisiones, párrafos atropellados. Intenté solucionarlo con esa lógica inútil que uso para casi todo, apretar más fuerte. Nada. No pude seguir. La pieza estaba dura, inmóvil, ni siquiera se hundía. Me desesperé, la aporreé con la rabia que se siente hacia los objetos que no obedecen. La violencia no pudo forzarla. El derrame no pudo evitarse.
El lenguaje se hizo bolas, faltaban los intervalos, aquello que distancia un vocablo de otro para no volverse una masa sin significado.
No estaba teniendo un problema técnico. Era una metáfora demasiado exacta para dar cuenta de algo más profundo y mío. Vivo saturada. Y luego quiero que todo haga sentido. Pienso en cadena. Una emoción encima de otra. Una preocupación adherida a la siguiente, sentimientos que no he podido procesar porque están montados en los posteriores. Acumulo recuerdos que enseguida conviven con el próximo, una escena del pasado se empalma y se repite con fidelidad monstruosa.

El Cultural No. 540
LA MÁQUINA ME MOSTRÓ lo que hago con mi propia existencia, voy sin detenerme, sin cortes, sin tregua. Sin respiros. Y lo mismo me ocurre en el amor, no dejo agujeros porque los fantasmas ocupan su lugar. Me defiendo de las cesuras como si fueran enemigos reales. Mi mente funciona igual, en sucesión infinita. Todojuntoconpegado.
Lo que en mi pantalla parecía un delirio tipográfico fue, durante muchos años, la forma de escritura. Scriptio continua. Antes, los manuscritos eran bloques sin interrupciones, filas largas de letras aglutinadas. Como si el escribano tuviera horror al vacío, a la falta. Leer no era un acto inmediato, sino una especie de interpretación fatigante. No existía el descanso visual y oral del blanco.
Ese mismo día, qué oportuno eres, me pediste un tiempo. Dame espacio. Asentí, como si entendiera tu demanda, tu para qué, pero comprendí otra cosa: no tolero las separaciones. Ni las comas, ni los puntos suspensivos que prometen las incógnitas. Me enloquecen los silencios entre frases. No soporto esa pequeña ausencia que aparece entre una cosa y otra, entre el sí, el no y el todavía, el intersticio, porque yo tengo un vínculo con la nada. La conozco demasiado bien, tanto que la evito. Sé lo que hace cuando se instala dentro. Yo misma, como un texto sin sosiego, me vuelvo ilegible.
Preferí mandar a reparar mi teclado antes que arreglar mi íntima relación con el abismo. Esto último es más caro y no tiene garantías. Escribo en el breve espacio en que no estás.
*Todo sin moderación.

