EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

Siendo estúpido otra vez

Siendo estúpido otra vez
Siendo estúpido otra vez Foto: Especial

Me quería organizar una despedida. Calmada, mija, le dije. Ni me largo del país ni esto es la Hora 25: no me van a meter a la cárcel (todavía).

Se vestía con ropa guandajona, pero yo sabía que debajo de esas garras de pitonisa se escondía el cuerpo de alguien que cursa un diplomado en danza contemporánea. Estaba seguro que no pasaría nada entre nosotros. Tenía novio. Era nuestro segundo encuentro. Y seguro que me aceptó la salida nada más que para embarrarme en la jeta que amigos o nadota.

Resignado, la cité en un bar de lenchas a dos calles de mi depa. Es un lugar en el que me puedo camuflajear. Me pongo unos lentes, me relamo el pelo con gel hacia atrás y listo: mi look de lesbiana intelectual. No fuera a ser que alguien la reconociera y le fueran con el chisme al novio. Así, si algún conocido nos guachaba, no pasaba nada. Eh, vimos a tu morrita con un tomboy. Ella podría argüir que era una de tantas que le tiran el cachetero y a las que nunca pela.

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HORAS ANTES HABÍA LLEVADO EL MAZDA a bañar. Con mi lavacoches de confianza. Lo cual fue una tontería. Me largaba al día siguiente. Pero sobre el cofre las palomas habían dibujado un Jackson Pollock con su caca. Mi viene viene lava carros precisamente afuera del bar de lenchas. Así que tenía todo planchado. Me presentaría, sería bateado por la bailarina, recogería mi nave y me acostaría a dormir para volar a las siete de la foquin madrugada. Qué podría salir mal. Total, si me daba güeva, podría dejar el bestiamóvil dormir a la intemperie y pasar por él al amanecer antes de pegarle al aeropuerto.

Entonces yo era una joven promesa que había publicado un par de libros en una editorial indie. Al día siguiente partía a la Feria del Libro de Guadalajara. Sin embargo, para la bailarina era como si me fuera a la luna. Apenas nos sentamos en el bar, pidió un cubetazo. Ah, nada más romántico en una cita como una tina de cervezas hasta la madre de yelos en el centro de la mesa. Y entonces ocurrió lo que pasa siempre en un puto rancho como Towers, donde todo mundo se conoce, donde todo mundo se ha pedaleado a la bici de otro, donde todo mundo se da con todo mundo, un güey la reconoció.

Se saludaron como los viejos rumis que habían sido hacía años en Berlín. A mí ni me peló. Era por completo inofensivo. Pero no se las olía que debajo de mi aspecto era Philip Seymour Hoffman en Happiness. Nada como pasar inadvertido al momento de salir con una casada, no recuerdo quién me regaló esa perla filosófica, pero la adopté ipso facto. La bailarina no estaba casada, pero vivía con su bato, lo que más o menos es lo mismo. Su amigo se despidió y nuestro segundo cubetazo aterrizó justo en el momento en que había comenzado el karaoqui.

El bar, que hasta entonces había estado muerto, agarró un ambientazo. No, no me paré a berrear “Breaking the Law”. Pero mientras un gay se recetaba una de Rocío Durcal nos comenzamos a besuquear. No me hice ilusiones. Cuántos besos no ocurren a diario en bares de lenchas que no llegan a nada. Nos abrazamos con una intensidad que no había sentido yo desde mi último matrimonio. Sin embargo, aunque ella también me traía un apetito feroz, se quedaría en su lado de la acera por respeto al novio. No soy de los que se conforman, pero como bien dice Franco de Vita: claro que sé perder, no será la primera vez.

MIENTRAS UN GAY SE RECETABA UNA DE ROCÍO DURCAL NOS COMENZAMOS A BESUQUEAR. NO ME HICE ILUSIONES

PAGAMOS Y SALIMOS DEL BAR. No me sentía briago, esas chelas no me habían servido ni de calentamiento. Entonces decidí llevarme de una vez el carruaje. Ella se ofreció a acompañarme hasta el depa. Ahí pediría su uber. La calle estaba desierta, era la una de la madrugada. Volteé a todos lados. Nara. Zero. Arranqué y apenas di vuelta me detuvo una patrulla. Me estaban venadeando. Golpeé el volante encabronado. Eres un estúpido, un estúpido, un estúpido. Por qué no vine por el puto Mazda en la mañana. A ver, joven sópleme, me pidió el oficial. Cuántas se tomó. Dos. Jajajaja, no mames, se burló. A ver, desciende y camina derecho.

Al bajarme me fui directo a la patrulla y le dije al copiloto, que siempre es el jefe, una mentira. Sabía que de nada me serviría decirle que al día siguiente tenía que estar en Guadalajara para presentar un libro. Que se habían hecho un montón de cosas para eso que involucraban a mucha gente. Se había pagado un vuelo, una habitación varias noches y una ronda de entrevistas. Y que si no llegaba, defraudaría a mucha gente y que dirían que soy un irresponsable. Opté por inventarles que la danzarina se acostaría conmigo aquella noche.

Poli, tírame el paro, esta rorra quiere darme mi despedida porque mañana viajo y si no es hoy, nunca se me hará. El galán no la deja ni cinco minutos sola. Desde hacía tiempo que los sobornos eran cosa del pasado. Con la maldita tolerancia cero, era más rentable llevarte al bote. A ver cuánto traes. Abrí la cartera y saqué mil varos. Es todo le dije, temblando porque no me fueran a llevar al cajero. Se carcajeó. ¿Sabes en lo que están las multas? Le rogué que me la condonara, que no lo hiciera por mí ni por la literatura, que lo hiciera por las ganas que nos traíamos la bailarina y yo.

No sé si fui convincente o me vio tan hambreado de pasión que me dejó ir. Y, es más, me escoltó las dos calles hasta mi departamento. La adrenalina era tal que la bailarina en lugar de pedir el uber me pidió subir al departamento. Qué le dijiste a los polis para que te dejaran ir, no lo sé, me soltó, pero ahora vas a tener tu recompensa. Y nos tiramos sobre la cama. Al desnudarnos me cayó el veinte y comencé a hiperventilar. Si me hubieran llevado al bote, que es lo que ocurre siempre que te agarran con aliento alcohólico, no habría llegado a Guadalajara, se atravesaba el fin de semana y saldría hasta el lunes.

Y pasó que no se me paró. Qué pinche impotencia. Ella se me embarraba con un ardor que no obtuvo respuesta. Avergonzado, me quedé dormido. Y ella también.

Dos horas después, pasado el susto, cogimos. Con una furia que el apareamiento salvaje de dos dragones de komodo en toloache se queda corto. Después yo me largué al aeropuerto y ella a su casa a inventarle una excusa al novio por no haber llegado esa noche.

Es la ocasión que más barato me ha salido librarme de ir al bote. Pero de lo que de verdad me escapé fue de defraudar a mis editores. Imaginen el oso: se canceló la presentación porque metieron a Boston al autor porque al estúpido se le ocurrió manejar con aliento su coche dos míseras cuadras.

La bailarina y yo nunca nos volvimos a ver. Pero todavía me acuerdo de ese bailongo.